No había en su aspecto ninguna señal de su antigua condición. No había en las imágenes esquivas que aparecían en el caldero, entre los crujidos de la madera, nada que permitiese adivinar que había en él un hombre santo, un monje que se había atrevido a seducir a una mujer noble no por amor o por aventura, por venganza. En ello meditó durante aquellas semanas en que se movieron lentamente por los caminos del sur de España y siguió meditándolo cuando caminaron por Francia, en estos lugares en que su fundador, Santo Domingo, había encontrado la belleza del demonio. Y había luchado con ella. En la tierra de Florencia, pensaba, se había inventado el amor cortés. Y era evidente en su idioma y en sus historias. Las historias que tanto a él como a Fabricio les habían devorado el seso. ¿Acaso habían sido aquellas historias lo que lo habían llevado a romper la frontera natural entre el monje y la princesa? Había algo real. Los cátaros seguían vivos. Vivían en él y vivían en la Casa de Dante. Eran los enemigos de la Iglesia que ahora, esperaba, volvería a acogerlo. Como un hermano al que había que reprender. Pero él, Fabricio no creía ya en esa Iglesia y tal vez nunca hubiese creído. Le resultaba mucho más lógica la cosmogonía del Trismegisto o la de la piedra de Lucifer. La próxima noche de San Juan el Gral brillará iluminando a los mortales que fuesen capaces de verlo. En ello pensaba durante aquellas noches en que se ganó la fama de engreído. El cabello había crecido y tenía los pies llenos de polvo y cuando se encontraron en Provenza sus guardias italianos relajaron la vigilancia y el ambiente en general se volvió mucho más amable y las noches más frescas. Lo volverá a hacer. Para que un día, tal vez se cantaran sus canciones de amor. La historia del monje que había perdido el alma para ganar el amor de una mujer. Cuando finalmente atravesaron la frontera con las tierras de Milán, los condotieros decidieron hospedarse en una taberna. Descansaron un par de dás y Jorge tuvo la oportunidad de sentir otra vez que se había enamorado de una muchachita que resultó ser hija de la posadera.
Era una muchacha que le daba nostalgia no sabía exactamente de qué. Lo pensó una tarde en que se emorrachó de cerveza y la encontró dormida de cansancio sobre una de las mesas de la taberna. Se dio cuenta de que el afecto que le producía aquella fragilidad era de muy distinta naturaleza a la que le había producido la señora del Carpio. No sabía ahora mismo si la deseaba más o menos. Sólo sabía que el afecto y el deseo que estaba sintiendo no eran exactamente lo mismo. ¿Le daba ternura? También Farid le había dado ternura y no era suficientemente inocente como para pensar que el deseo que lo había inundado cuando escuchó su historia del encantador de serpientes no hubiese tenido algo de lujurioso, algo de inmoral. Tal vez, se dijo, fue esa primera infracción, la de haberse encontrado desnudo con un eunuco, un muchacho en la frontera entre el hombre y la mujer lo que lo había desviado. Porque a pesar de que no se arrepentía, Jorge sentía que algo lo había desviado del camino que debió haber tomado. Pensaba mucho en su madre. Pensaba en una ternura que también había sentido muchos años atrás. Había recordado (y no sabía exactamente dónde había quedado almacenado el recuerdo) que de niño, una tarde en que comían aceitunas mirando el mar, él Jorge había cogido el cabello de su mamá y había respirado su olor. Había hecho lo mismo después con sus hermanas. Le fascinaba aquel olor pero especialmente el de su madre. Y la sensualidad de la primera noche con la marquesa se lo había recordado. No era el aroma celestial de quien imaginaba que el amor está hecho sólo de aromas dulces. Era la consciencia de que hay algo un poco torcido en todos los amores carnales, la transgresión a la que invitaba el cuerpo de Farid, el reto que implicaba la marquesa, un reto que lo había puesto en el peor de los pecados según pensaba, el asesinato y la ternura que ahora se le mostraba como si todo aquel viaje no hubiera sido otra cosa que encontrarse con estas tres formas de perderse. Perderse por ternura, por la sensación de que había ahí alguien a quien hubiera querido abrazar y proteger.