Varias semanas después de la caída de la ciudad, Atonatiuh había visto a su amante castellana (se llamaba Lucía) feliz. Y este solo hecho, verla riendo, le hizo saber que no era amado. Él que tenía tantos días de no pensar en otra cosa que no fuese ella; él que había estado a punto de morir y sacrificar al pequeño Chimalpopoca por amor a ella, la encontró jugando a la baraja. El agujero en la mejilla de Lucía, lejos de producirle placer le dio infelicidad. Su risa estrepitosa y, en cierto sentido, vulgar lo decidió a dejar la ciudad. Se llevó al niño con el que vivía de incógnito desde la caída de México y se fue a buscar aventuras. El único recuerdo que trajo consigo fue el arete de perla de Lucía Cornaro.
Más allá del altépetl de Cempoala, Atonatiuh encontró un albergue de franciscanos en el que conoció a decenas de europeos fastidiados con los abusos del marqués. Ellos, decían bebiendo pulque, que se habían embarcado para adueñarse de un Nuevo Mundo, no para encumbrar a un marqués déspota que les daba órdenes y los trataba tan mal como los terratenientes de Castilla y Aragón. Ellos que se habían embarcado para apoderarse de su propia libertad, se habían hecho de un jefe militar igual o peor a los hombres corruptos de la Santa Hermandad. Martín era uno de esos rebeldes, un español enloquecido y siempre borracho que hablaba en la taberna del reino Cimarrón. Como Atonatiuh y su niño no tenían nada que perder, se fueron con él.
Fue así como, unos pueblos más adelante, se encontraron Farid y Atonatiuh.
—Me ha dicho Martín —comentó Atonatiuh—, que si te regalo un tomín rezarás a La Virgen que llevas contigo.