Y yo de pronto sin haber sabido bien cómo me convertí no sólo en el favorito de los señores. El duque de Estrada pidió que preparara para una fiesta en la que vendría el marqués, una serie de madrigales.
Usando los talentos que el ángel me dio estaba yo preparando mi destrucción. No podía yo saber que la música no era un regalo. Yo era un cáliz, una patena, pero ciego, supe que había llegado la hora de poner en peligro mi alma.
Juan de Zumárraga sólo ha sentido algo similar después de rezar varias horas. Es una placidez que no había podido ganar nunca, de ninguna otra forma.
Pedro de Gante era primo del César Carlos V y yo había conocido su imponente fachada en algunos de los viajes que hice con Atonatiuh y Marina de Estrada a la capital. Atonatiuh en aquellos viajes parecía entristecerse. Cualquiera hubiese pensado que sentía nostalgia por el mundo que estaban demoliendo,
Daniel había ido al convento de San José de los Naturales junto al convento de san Francisco donde se había empeñado en la evangelización de todas las almas del nuevo mundo. Tronaba la campana y los niños se levantaban. Comenzaba la procesión y la música. Aquellos hombres y mujeres caían de hinojos porque nunca habían escuchado eso: ese sonido que proclamaba que no se habían detenido los sacrificios: se habían perfeccionado porque Dios mismo estaría muy pronto en el altar.
Farid se enteró de lo que le había hecho Jorge a Isaac. La siguiente vez que lo enviaron, fue con él. Había que sacrificar.
La conversación con Pedro de Gante se intercorta con el sacrificio humano y con el sacrificio de Farid por Isaac
Un guerrero náhuatl de aspecto apacible, caminaba tranquilo por los senderos que se han vuelto ya selva en las afueras de Tenochtitlan. El hombre se detiene a mirar una hierba. Arranca un trozo, la huele. Pone un pedazo muy chiquito en la lengua y la saborea. Nunca había visto esta hierba. Son tantas que no basta una vida. Sigue caminando. Mezcla el sabor de la hierba con la saliva. Habrá que esperar a saber qué pasa, aumentar las dosis para saber del sabor de esta hierba para qué sirve. Cuauhtleco eso es, es un sabio.
En la laguna de lo que hoy es Xochimilco, se mira Chimalcóatl. El cuervo vuela sobre la superficie y el sol es una llama larga. Es de mañana y extiende sus dedos sobre los lirios. Allá abajo la ciudad. Parece que el sol quisiera retomar Tenochtitlán.
Sol traidor, piensa Chimalcóatl, el Tlaxcalteca.
Las cosas no eran así, se lamenta. No era cosa de sustituir todo nuestro pasado por el Dios de los de Castilla.
Chimalcóatl lanza ramitas al lago. Se siente traicionado y traidor. Traicionado por este Dios en el que invertimos tanta sangra, sol que sigue saliendo y acaricia también a los españoles.
Rompimos los hilos, piensa. Somos traidores, por eso nos traicionaste.
Chimalcóatl hubiera seguido pensando. En el reflejo del lirio sobre la superficie del lago, en el pez que devora otro pez al fondo del lago, en el cieno, por donde están los tesoros, pero Cuauhtleco lo interrumpió.
Hola Chimalcóatl.
Cuauhtleco.
Cuauhtleco llegó en otra balsa. Llegó silencioso, por la derecha.
Vamos a redimir el honor de los tlaxcaltecas.
Cuauhtleco asintió. El viento mecía los lirios en la laguna, pero todo tan silencioso.
——Vamos al refugio ——dijo Chimalcóatl—— ¿Vienen hombres contigo?
Una mujer, nada más. La diosa.
No vamos a traicionarte.
Lo sé. Querían acompañarme. Prefiero caminar solo.
Remaron hasta la orilla. A Chimalcóatl lo esperaban ya, emboscados, veinte hombres de Tlaxcala.
Este es el tlatoani de México ——dijo Chimalcóatl.
Todos cayeron hincados. Entre la gente salió Roberto.
Cuando Roberto y Cuauhtleco tomaron sus brazos, la alianza estaba sellada. Los tlaxcaltecas fieles habían jurado caminar siempre al lado del heredero de Cuauhtémoc, Cuauhtleco, primer tlatoani del sexto sol.
Alonso García Bravo, geómetra de Cortés comenzó el trazo de lo que sería la nueva Roma de Cortés quien, claro, se creía Julio César y, en efecto, como Julio César sería traicionado. No por los duques de Estrada como hubiese pensado al principio, ni siquiera por el rey. Lo traicionaría la historia. García Bravo había convencido a La Audiencia que la catedral tendría que levantarse en el recinto sagrado de la ciudad de Moctezuma.
Sobre el templo del sol. La roca se utilizaría del mismo modo en que en la capital de los césares se utilizó el mármol de los templos paganos para construir la ciudad de Consantino. Antes de aquella catedral que comenzaron a construir, los naturales asistían a misa en un imponente templo que había levantado Pedro de Gante: la Iglesia de San Francisco.
La ciudad imperial se venía abajo a golpe de martillo y pica. El sonido del caracol dio lugar al tañido de campanas, los tambores rituales ahora guardaban silencio. Y los cascabeles en los tobillos y el golpe de los pies de los danzantes y el canto y la flor, el sonido de las flautas de Jade. Cristóbal como tantos otros, no se entristecía por la destrucción de la urbe. Se había visto asombrado en el espejo del español, un espejo en el que vio a un bárbaro, un participante en la guerra de flores, un amante de la sangre del sacrificio.
La ciudad comenzó a revivir. Lo hizo con una nueva arrogancia. En poco tiempo su belleza mestiza comenzó a asombrar a los colonos que no dejaban de venir desde Veracruz. Alonso García Bravo paseaba por la ciudad buscando nuevos rincones para embellecer, para levantar castillos en los antiguos solares, para solucionar el problema de las inundaciones y de los palacios que habían comenzado a hundirse.
Vivía engañado de sus acciones en el tiempo. Muchos indígenas habían vuelto a sus tribus y calpullis. Habían subido a la montaña donde se escondían del conquistador, pero los tlaxcaltecas primero y luego poco a poco todo el antiguo imperio de Moctezuma comenzó a sucumbir ante la belleza de aquella música.