El obispo Juan de Ortega Montañés convencía a los naturales, pero La evangelización seguía teniendo lugar. Hacía tiempo que habían dejado de existir los tlatoanis y los tlahtohqueh; el último, Nanacacipactzin, el vende patrias, había muerto en 1565.
Los naturales se habían acostumbrado a ir a misa en Catedral, pero las construcciones seguían dando relevancia al templo de San Francisco. Fue entonces que alguien le dijo a uevo Mundo, el oro para levantar el templo más portentoso del mundo en el mismo lugar donde antes se adoró al sol. El nuevo sol de Cristo iluminaría desde esta ciudad a todo el continente.
Pero entonces alguien le dijo a Ortega Montañés una forma en que el pueblo se aproximara a la catedral a pesar del polvo de la construcción: la música.
Los naturales amaban esa música. Sólo la música había conquistado esa tierra.
Farid se había convertido en el favorito de Juana de Vera y Sotomayor.