F0433 · Los dos eran pastores y pasaban las tardes mirando el cielo…

Los dos eran pastores y pasaban las tardes mirando el cielo que es muy amplio y muy seductor cuando tienes trece años y haz comenzado a pensar en los misterios del cuerpo. Halaban también, es cierto, de las bondades de ser un buen musulmán. La verdad es que en aquel tiempo, Farid, lejos de sentirse llamado por la santidad lamentaba que el almuecín no fuesen nunca a ser capaz de entender lo que con Rashid, le estaba pasando.

Un día soñó que quemaban en la plaza del pueblo a dos sodomitas. Los habían quemado. Sus cuerpos se fundieron en un abrazo y aún así, muertos, parecían haber querido seguirse tocando. Lo recordó entonces. Había soñado que tocaba a Jorge y que se unían en ese fuego, con un solo corazón ardiente que los unía. Y todos los muchachos los miraban y gritaban. Ahí estaba también Ténepatl y Cipactli. Ahí estaba su padre. Todos participaban de la humillación de lo que había sentido

La verdad de lo que sucedía en su cuerpo se le fue revelando como un misterio que poco a poco abrió nuevos misterios. Fue difícil pasar del disfrute objetivo de la belleza de otro muchacho a la monstruosidad contundente de un te quiero porque te quiero. El deseo podía costarle la vida. Y más: el oprobio. Cuando tenía diez años, Farid vio en la plaza del pueblo a dos sodomitas. El almuecín ordenó que les diesen cincuenta azotes y ordenó, luego, que en la plaza de pueblo, los quemaran. La gente rió. Lanzaba piedras y fruta podrida. Muchos años más tarde, Farid recordaría con disgusto el aroma del hinojo que los soldados de Solimán vertieron sobre la hoguera para mitigar el olor de la carne quemada. Los amantes culpables miraban sus cuerpos arder. Se enredaban en el fuego y se resistían a morir.

Para evitar tentaciones, Farid trató, primero de evadir a Rashid, pero eran buenos amigos y encontraban pretextos para estar juntos. Vencido entonces, hizo lo posible por convencerse de que sus ideas no tenían importancia. Consintió en amarlo: Ya amaba los ojos de Rashid antes de conocerlo, se dijo, hay en él una belleza que ya amaba antes de sentir esto. La belleza que existía antes de que él mismo existiese, ahora, se ha posado en él. Con este pensamiento trató de minimizar la obsesión que lo estaba cercando, aunque pocas horas podía dejar de pensar en él. De noche, sus sueños desmentían: Farid y Rashid, fugitivos, escapaban ardiendo de la plaza del pueblo. Se enredaban con los cuerpos carbonizados en un placer de amores sacrílegos, sin necias esperanzas de dejar estirpe sobre la tierra.

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