Para evitar tentaciones, Jorge trataba de desvelarse. Evadir el recuerdo de aquel Farid con el que soñaba y al que nunca había visto dir a Rashid, pero eran buenos amigos y encontraban pretextos para estar juntos. Vencido entonces, hizo lo posible por convencerse de que sus ideas no tenían importancia. Consintió en amarlo: Ya amaba los ojos de Rashid antes de conocerlo, se dijo, hay en él una belleza que ya amaba antes de sentir esto. La belleza que existía antes de que él mismo existiese, ahora, se ha posado en él. Con este pensamiento trató de minimizar la obsesión que lo estaba cercando, aunque pocas horas podía dejar de pensar en él. De noche, sus sueños desmentían: Farid y Rashid, fugitivos, escapaban ardiendo de la plaza del pueblo. Se enredaban con los cuerpos carbonizados en un placer de amores sacrílegos, sin necias esperanzas de dejar estirpe sobre la tierra.