Despertaba asustado. Recordaba la imagen: Rashid y él se besaban, un cuerpo solo, unido por fuego. Tenían un mismo corazón y un mismo sexo. Farid en penumbra, se acariciaba discreto y con un ritmo indigente explotaba pronto con un placer dulzón y culpable. “Sí”, vencía el sí. “Lo amo como quien ama las tardes tristes y amo la tarde triste que lo trajo por el camino del sol.