F0973 · Ayer, mientras caminaba por la ciudad de Nicosia, Farid reflexionaba sobre…

Ayer, mientras caminaba por la ciudad de Nicosia, Farid reflexionaba sobre su vida y sus deseos. Recordaba cómo en su infancia anhelaba el honor, la gloria y hacerse un nombre en Tenochtitlan. También pensaba en su deseo de amar a Lucía y ser amado por ella. Sin embargo, se daba cuenta de que todos estos deseos surgían de la envidia y de la falta de amor propio. Farid anhelaba ser alguien diferente, cualquier otra persona. Sus pensamientos lo llevaron a encontrarse frente al palacio de la familia Cornaro, y por alguna razón, imaginó que era la casa de Lucía Villena. Aún conservaba la perla de un arete que ella le había regalado, la cual había incorporado a un rosario y tocaba cada vez que se sentía triste. Farid comprendía que todos sus sufrimientos y deseos insatisfechos eran el precio de su pecado, incluida una cicatriz que llevaba consigo. Pero más allá de la envidia y de querer ser otro, su verdadero pecado había sido alejarse de la presencia de Dios. Mientras paseaba por aquella casa en ruinas, recordó las mañanas en Bahía del Apóstol, la playa. Aunque no era perfecto y tenía ciertas debilidades, había en él una inocencia que le recordaba a la de los jóvenes griegos con los que se encontraba. Los encontraba hermosos y sentía que purificaban sus pensamientos. No era que ellos fueran verdaderamente puros, al igual que él. Lo importante era que eran mucho más inocentes que él, después de haber experimentado el precio de sus deseos. Farid se sentía un poco más inocente cuando subía a los barcos de pesca y se lanzaba al Mediterráneo, nadando en la profundidad de ese mar verde azul. Al caer la tarde, corría desnudo junto a los demás niños para protegerse de los mosquitos. Era una inocencia que había perdido cuando se separó de la Virgen en el pozo, de su canto y de las lecciones de música, como los maitines, los rezos de vísperas y completas, y el cuerpo de Dios. ¿Cómo podía devolverle a Dios lo que le había quitado? Se dio cuenta de que debía devolverse a sí mismo, regresar a Él. Pero, en realidad, ¿acaso no le pertenecía desde siempre? Siempre había sido suyo. ¿Cómo devolverle lo que siempre había sido de Dios, lo que él mismo había robado? Mientras caminaba por los pasillos de la casa en ruinas de los Cornaro, viendo en ellos una metáfora de su propia historia y, en cierto sentido, de la historia de toda la humanidad, que inicia su vida a partir de la vida de Dios, Farid se dio cuenta de que no había nada que pudiera hacer. Ni rezos, ni buen comportamiento, ni novenas o rosarios que pudieran desgranar, ni cantos, himnos o sacrificios que no pertenecieran ya a Dios mismo. ¿Cómo podía entregarle su vida? No lograba resolver este enigma.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes