Para no despertar a Narumi (y consciente de que tenía que ir a ducharse antes de que alguien se asustara con el reguero de sangre que estaba a punto de dejar en la administración), Farid cruzó al otro lado del mostrador. Él mismo cogió la llave de su habitación y se la colgó al cuello. En ese momento, Narumi despertó.
—Perdón —le dijo—. Me quedé dormida. ¿Necesitas la llave?
Farid no respondió nada. Subió corriendo, como un ladrón, a su cuarto. Se tendió en la cama y, sin haberse lavado, se durmió.
Cuando salía a la calle y escuchaba al muecín en la mezquita de Nicosia, y veía a los muchachos que llegaban y se descalzaban para lavarse los pies, más deseaba ver a Narumi. Aunque el otro día, cuando entró a la mezquita y rezó al único Dios que conocía, descubrió que más que volver a verla, tenía ganas de ir con Narumi y decirle: “Llévame a Famagusta”. O mejor aún: “Llévame a la Bahía del Apóstol”, porque ahí nació la última vez que nació.
Las calles seguían siendo medievales y Farid se perdía en un viaje en el tiempo. En ese palacio, le preguntó a un hombre si había vivido allí la familia Cornaro. El hombre lo miró extrañado y respondió: “Puede ser, pero no lo sé. ¿Vives aquí?”.
Farid asintió y mostró una placa que afirmaba que esa casa era patrimonio de la humanidad y que era un caserón típicamente veneciano que perteneció a la dinastía Cornaro.
“Vaya, bueno”, se excusó el hombre, “es que yo acabo de llegar del campo. Hay que ser un poco distraído para vivir en un edificio así y no mirar la placa que ha puesto la UNESCO”.
—¿Cómo puedo entrar a la zona turca? —le preguntó Farid, y ocurrió el mismo efecto que con la mesera. El hombre perdió toda amabilidad.
—¡No vayas a Turquía! —advirtió.
Farid había vivido allí ya dos semanas y, según la carta que le entregó el mayordomo del cardenal, debía ir a recoger a Miguel al aeropuerto de Pafos pasado mañana. Sin embargo, había algo que tenía que decirle a Miguel. Durante todo ese tiempo, Farid había caminado mucho y había visitado todos los puntos que indicaba su mapa de turistas. Incluso estuvo en la casa de Lucía, que ahora era un museo sobre “La ocupación de Venecia en Chipre”. Sin embargo, no sintió nostalgia. Ya se lo había dicho a Miguel. Lo único verdaderamente notable que le había sucedido desde que dejó Roma era Narumi. Las monjas del otro lado de mi balcón están cantando. Estuve con él. Una hora
a lo mucho. Su boca. Sus pies, lo beso.