El maestro tomó a Farid por los cabellos y se arrancó las vestiduras. Maldijo el día de su nacimiento y maldijo su nombre. Había perdido, dijo, a dos hijos.
—Tú has sido el culpable —dijo a Rashid—, de que pierda otro hijo.
Rashid no trató de defenderse ni siquiera de los golpes que le daba el maestro de música:
—Desaparece de mi vida, desaparece de nuestra vida, demonio, por siempre. No quiero volver a verte, no quiero escuchar tu nombre.
Lo puso en el umbral de su casa. Le dijo:
—No vuelvas aquí. Si vuelves, iré decir lo que has hecho al imán.
Rashid no sabía que hacer en el umbral de la casa. Tenía miedo a volver al pueblo, ¿qué le diría su madre? Siguió el camino recto y se fue a Damasco, para volverse “lo que Dios quiera”.