F0232 · La procesión de esquifes penetró el área sagrada de la ciudad…

La procesión de esquifes penetró el área sagrada de la ciudad blanca de Tenochtitlan, la multitud lanzó vítores. 

 34 Entramos en Fernandina como si fuésemos una procesión. Yo iba al frente, junto al muchacho pelirrojo y aquel joven esclavo (ahora me daba cuenta que era casi un niño) que no había querido comer iba descalzo y lleno de ampollas. No creo que viviera mucho y en ese momento, en aquella ciudad calurosa y llena de gritos, me hice el propósito de no tener ya nunca nostalgias. No tendría nostalgia ni por ese muchacho que seguramente ya ha muerto ni por mi madre ni por Alexander ni por ti. Me entregaría al placer de una mirada golosa devoraría los colores de las telas en los balcones y el olor de las muchachas que miro al pasar.

35 Y pasó el tiempo en Cuba, donde conocí al monje que me llevaría a México y supe que los cristianos nos temían a los moros. Supe que iría a vivir con la familia de un sacerdote y que ella se llamaba Lucía. Supe que los turcos habían rodeado Chipre por primera vez y que al otro lado del mar, Solimán celebró el nacimiento de su hijo Selím. Escuché el concierto de un veronés y canté para la iglesia de Cuba. Me di por bien servido. La esclavitud no era lo que pensaba, pero habiéndome deshecho de toda tristeza no imaginé para mí una vida mejor aunque a veces pensaba en el espejo cómo hubiera sido si no me hubieran castrado. Pensaba en un muchacho flaco de pelo chino que cortaba leña para calentar el refectorio de los hermanos y en la noche se sentaba en el pozo de La Virgen de las Tribulaciones para rezar junto a ti.

A México llegaron los primeros oidores de España. Canté para ellos y mientras yo cantaba, Atonatiuh se preparaba para morir en el lugar donde se pone el sol. Yo pensaba en Lucía y más aguda se hacía mi música cuando recordaba que hasta este lugar del mundo me había traído la obsesión de mis amores. 

Ese día se discutía en otra parte la posibilidad de imponer a sus herederos en el trono legítimo. Dos primos Cuauhtláhuac y Cuauhtémoc conspiraban contra el emperador. El más joven de ellos, Cuauhtémoc, pidió ver al joven Atonatiuh quien estaba los cortes rituales un viejo mayordomo. 

El lugar de la sabiduría, el lugar en el que el sol tiene su biblioteca y el sol viene a descansar. los guardias por un espacio amplio hacía frío. Uno de ellos le señaló el camino. A partir de ahí sólo la familia imperial y los amigos muy cercanos podían penetrar, por eso le impresionó que hubiese en cada pared hombres, pero cuando se acercó a uno de ellos descubrió que le habían arrancado un ojo nadie sabría lo que aquí estaba sucediendo.

En náhuatl tradición significa verdad acaso se puede romper con la verdad? Se detuvo en la habitación de muros grises  Un dios es dueño de la historia y la cambia a su conveniencia se contaría la coronación de Chimalpopoca, primer rey cristiano de México, para ello, sin embargo, era necesario destruir a la casta sacerdotal, a todos los nobles acabar con el antiguo México.

 “Un golpe, otra vez ese golpe, el cosquilleo ambiguo, me siento una diosa y un animal; halagada, humillada, amada.. ¿violada tal vez?” La princesa sonrió. Lo notaron, c la princesa. Lo notaron el guardia español y el guardia tlaxcalteca. Cuando ella volteó hacia ellos (sus ojos eran de paz, no de furia) los guardias que puso Cortés para que la escoltaran bajaron los ojos. Entonces, como arrebatada por un antojo ordenó que hiciera música el joven esclavo que vino de 

. Sonó el laúd y como parte de un ceremonial antiguo, los sirvientes supieron que tendrían que traer hijos. A Marina le gustaba saborear higos cuando escuchaba el laúd. La hacía sentirse española. “Otra vez, el golpe. Series de tres. Un anuncio sin duda. Cuánta sorpresa de Díaz que creyó que no sería capaz de entender los misterios de su Dios que es uno y tres.”

—Has sonar algo más suave —dijo la princesa en un español de ensueño.

El de Flandes cantó entonces un motete para la madre de Dios. Lo había aprendido en Italia y se lo enseñó un árabe converso. Lo hacía sonar cuando necesitaba paz.

—Eso está mejor —murmuró Marina.

 “Fernando está enamorado ¿Y por qué está enamorado? No son sólo los placeres. No ciertamente. Los militares saben escoger a sus consejeros y eso soy: un consejero. Así, en masculino. ¿Qué será del niño que me patea el vientre? Si muere la ciudad en el lago ¿qué heredará? Moctezuma está a punto de convertirse al Dios uno y tres que predica Díaz cuando levanta la cruz. Cuando Moctezuma se convierta, Cortés será embajador en estos reinos y este hijo que ya me llama en pataditas de tres, tan, tan, nombre del nuevo Dios, será grande entre los nobles de México Tenochtitlan.

“Huele bien la sala de los quetzales, el aroma del incienso se mezcla con los perfumes de las cortinas que van y vienen con el viento. Hace frío”. El padre Díaz detuvo sus pensamientos “hay que concentrarse.” Frente a él se sentó Pedro Alvarado.

—¿Hueles lo que está sucediendo? —dijo.

Díaz, atrapado así, de pronto entre la sensualidad de la tarde y los complots del asesino puso la cara de paleto que tanto escandalizaba al soldado.

—Lo que está sucediendo, lo que está sucediendo. ¿Entiendes?

—No —respondió Díaz.

—Siguen sus ciclos rituales y no se van a parar. Los militares no respetan ya al emperador y en este palacio sólo hay fidelidad a la sangre.

Como Díaz seguía sin entender muy bien lo que Alvarado le estaba diciendo, el castellano espetó, al fin, algo concreto:

—La ciudad arderá tarde o temprano. Cortés apuesta por la conversión de Moctezuma, pero no se lo van a permitir. Necesitamos levantar un templo.

—Un templo, tenemos ya… 

—No has entendido nada, padre. Hay un tesoro escondido en este palacio y el templo… hacer aquí una capilla nos permitirá tirar muros para encontrarlo. El geómetra ha hecho ya un levantamiento del edificio hay un área aquí, ven… detrás de este muro. Alvarado golpeó como para que retumbase, pero la piedra no emitió más sonido que el plaf de sus manos grandes. Díaz abrió los ojos sorprendido, imaginó el tesoro detrás de esa pared, imaginó todo el oro del mundo, se imaginó coronado a sí mismo como un Dionisio, lanzando denarios al paso de su propio cortejo en las calles de Flandes.

Cuauhtláhuac esperó bajo uno de los ahuehuetes, que le dijeron sus abuelos, estaban aquí desde que los dioses de Teotihuacan diseñaron el mundo. “Me mata la espera; me mata no saber lo que será des estos palacios y la tradición que es verdadera. Infieles y bastardos, castellanos de mierda.” Escupió en el suelo. No se dio cuenta de que la saliva había caído cerca de los pies de su primo Cuauhtémoc.

Ñ ¿Es así como me recibes primo?

Cuauhtláhuac lo abrazó con gusto.

—Pensaba cosas.

—Escupías cosas.

Ambos generales habían sido llamados por el emperador. Adentro, en el palacio del Chapulín, se agitaban las teas de la biblioteca. “El emperador debe estar leyendo.” “Debe estar conjurando.”

—Ácatl ha comenzado a preparar la fiesta de mayo —dijo Cuauhtláhuac. Había pensando cómo iniciar una conversación que fuese hacia donde estaba queriendo.

Cuauhtémoc asintió. Tomó una hierba del bosque La mordisqueó.

—Me han dicho mis espías que los españoles van a atacar ese día.

—¿Tus espías? —respondió Cuauhtémoc escandalizado— Tienes que informar al emperador.

—Una pequeña matanza es lo que necesita este pueblo para levantarse.

Cuauhtémoc se quedó sorprendido. “¿Una pequeña masacre? Aquello estará lleno de jóvenes príncipes.” Pero siguió escuchando y en su cabeza se fue metiendo el sonido sordo de la conspiración.

El canto de los cenzontles había callado. En el palacio de Axayácatl se escuchaba ahora el golpe del metal contra la piedra. Se desplomó la pared detrás de la cual el geómetra había calculado que había una bóveda secreta. Ácatl acababa de entrar al recinto en el que apenas ayer un jardincito interior simbolizaba las delicias de la morada del sol. Colores, aromas, sonidos, apenas ayer elogiaban el esplendor de las criaturas de Huitzilopochtli. “¿Cómo ha permitido, Moctezuma semejante…?”

—¿El emperador sabe lo que están haciendo con el palacio que construyó su padre? —preguntó Ácatl con voz lo más amistosa posible. Su lengua tradujo y en un grito Alvarado respondió que sí, que le habían informado el emperador, que el emperador sabía bien que en esta zona del palacio los libertadores levantarían una capilla en honor del Dios verdadero, del que salva, del que por todos, aún por los infieles, se sacrifica en forma de pan. Ácatl se dio la vuelta y se fue murmurando y atrás de él se desplomó un dintel en el que los antepasados pintaron el matrimonio ritual de la princesa de Azcapotzalco con el dios rey de todo México. “Ah Tenoch, ¿qué fue del tiempo en que aterrabas a tus enemigos, qué del tiempo en que la sangre del sacrificio teñía la laguna?” Ácatl se estremeció sólo con pensarlo, no tuvo tiempo de reprimir esta voz que lo golpeaba adentro: “!cobarde! Moctezuma es cobarde, un hijo del sol los mataría a todos.”

Cuando se esfumó el polvo, Díaz y Alvarado se encontraron frustrados con un pesado muro de piedra.

—Esto era una pared falsa.

—Necesitamos traer de Veracruz más hombres para levantar la capilla.

Alvarado salió para pedir a Bernal una reunión con el capitánSin que nadie dijera nada, comenzó la demolición se abrieron túneles por las que fueron Díaz y Alvarado buscando el oro. Encontraron huesos y demolieron nuevas paredes frente a las que se abrieron nuevos túneles. Las teas brillaron en los muros más allá del inicio del tiempo en la ciudad blanca. Aquí se cuenta la historia de la marcha desde Aztlán, la llegada lucha contra la triple alianza de tepanecas, toltecas y chichimecas.

—¿Qué es esto? —preguntó Alvarado a uno de sus traductores. 

El viejo escriba aproximó una tea y contó la historia de Cópil, y el lugar sagrado que creció donde los sacerdotes habían lanzado  su corazón.

—¿Dónde está ese lugar sagrado? —volvió a preguntar Alvarado.

—Aquí mismo, detrás de estos muros.

Trajeron los arietes, decenas de albañiles y soldados iban y venían extrayendo escombros. La historia que escribió Tlacaelel, la historia del viaje de México, el ombligo del mundo se desmoronó.

—Hemos llegado al inicio del mundo —dijo el escriba en español y se inclinó.

Alvarado y el padre Díaz tomaron las teas y custodiados por soldados tlaxcaltecas y españoles caminaron por un último pasadizo pintado con sangre. Al final del túnel brilla una luz.

—¡El tesoro! —exclamó el padre Díaz.

Entraron a una hermosa cámara iluminada con teas. Aquí está escrita la historia del mundo. Al centro del salón había una hermosa muchacha con el corazón abierto. Su sangre caía formando un río concéntrico. A sus pies, en éxtasis, cantaba una canción española Farid, el esclavo que trajeron de Flandes.

Marina por aquel tiempo estaba entregada a la tarea de prohibir la fiesta de mayo. Puede que todo haya sido parte de su conspiración para hacer que su hijo llegara al poder aunque yo creo, más bien, que se había convertido sinceramente. Como yo, había vivido en sus carnes la humillación de la esclavitud así que siempre es posible suponer que actuaba de buena fe. Hoy los mexicanos la desprecian. No entiendo por qué.

Cuauhtémoc por otro lado. La historia es extraña. Cuauhtémoc es un héroe, él que quería que siguiesen los sacrificios. El general habló con Marina sólo porque era una mujer poderosa. Despreciaba a las mujeres, despreciaba a los esclavos, despreciaba a los españoles y todo lo que él mismo no considerase bueno, bello y verdadero. Si hubiese nacido en Grecia habría sido un espartano. Marina le pidió que la ayudase a evitar la fiesta de mayo y como es natural, el general le dijo que no, que los dioses se enfadarían. Marina, claro, no estaba para disquisiciones teológicas y cuando se dio cuenta de que Cuauhtémoc estaba más que influenciado por su primo Cuauhtláhuac lo dejó ir sin decir otra cosa que “adiós.” Así, en español. Y por defender a sus dioses, Cuauhtémoc comenzó la traición de los únicos dioses que había visto en la Tierra: los hombres, mujeres y niños de Tenochtitlan. Cuando se fue, Marina se habrá quedado en desazón. Todos en el palacio sabían que Chimalpopoca no llevaría nunca la corona imperial. 

Había amor a la sangre, a la tradición, al pasado, pero no había amor por la casta de Moctezuma. Atonatiuh estaba convencido también de que tenía que sacrificarse. Y también a él Marina trató de convencerlo: “conviértete, Atonatiuh”, le dijo. Él no podía saber que el emperador mismo había decidido acceder al bautismo. Se negó.

—No cuesta nada una misa —suplicó Marina—. ¿Acaso es más importante tu sangre que la sangre del único Dios?

—Sí.

Atonatiuh en aquel tiempo estaba convencido de que el sol se movería con su sangre. No creía tanto que su sangre aseguraría la sucesión de Moctezuma, más bien creía que era él, su sangre, la que haría salir el sol. Sintió que él mismo había subido al trono en lo alto de la pirámide desde el inicio del tiempo, que había sido él y había renacido una y otra vez para volver a morir hecho un dios que se sacrifica. Traición. Traición a México. Traición al rey. Traición a los dioses. Todos en México se gritaban: “traición.”

Muchos años después, le pregunté a Cristóbal.

—¿Crees que Moctezuma traicionó a su pueblo?

Me dijo que no. Que todos habían tratado salvar a la ciudad, pero fue tanta sangre vuelta una costra en las cimientes de aquella civilización lo que la destruyó. Traición. Todos hablaban de todos, Marina trataba de convencer a Cortés de lo peligroso que era Pedro Alvarado, pero él se confundía a sí mismo, creía ser Alejandro, César Augusto. ¿Acaso imaginaba que sus descendientes lo llamarían Atila? Todos ansiaban un trono que ninguno detentaría.

Conspiraban los mercaderes, conspiraban los sacerdotes y los príncipes, Conspiraban Atonatiuh y Farid. Sólo La familia de Moctezuma, encerrada en su palacio del Chapulin, esperaba que su suerte los llevara a un sitio mejor  y conspiraba Marina. Cuando se dio cuenta que la civilización en el lago había nacido para morir antes de llegar a la edad adulta miró a su niño y pensó: “mejor así, tú serás rey de México Tenochtitlan.”

Así estaban las cosas cuando vino otro extranjero a la ciudad de las garzas blanca. Xipe, el espía trajo consigo a un hombre que venía de la isla frente al mar en oriente, se llamaba Santiago el Franco y traía una carta de Diego Velázquez. En ella, el gobernador de Cuba se comprometía a respetar al emperador Moctezuma a cambio de que todos los tratos a partir de entonces se hicieran directamente entre ambos, entre el rey de México Tenochtitlan y Diego Velázquez. El salón de los quetzales se había enjaezado como para una fiesta porque Moctezuma parecía haberse recuperado de las indisposiciones que lo habían postrado todo ese tiempo. Un sol muy amarillo se metía por la ventana y brillaba en la fuente sobre la que hermosas muchachas, esculturas humanas, se tendían a escuchar el croar de las ranas. Las cortinas amarillas se sobresaltaron cuando irrumpió en la sala Cortés seguido de diez de sus hombres.

Santiago de Franco estuvo a punto de esconderse detrás del trono de Moctezuma, pero nadie lo defendió cuando Cortés se paró frente a él y le dio un puñetazo. Moctezuma se sorprendió, una gota de sangre había manchado sus labios delgados y él, el emperador, no pudo resistir la tentación de probarla. El traductor de Moctezuma pasó trabajos haciendo entender al emperador lo que estaba pasando.

—¿Así que vienes a pactar a espaldas mías? —gritó Cortés.

Con un grito Marina ordenó a la lengua de Moctezuma que se callara. Cortés entendió que había llegado al momento, tomó por los cabellos al enviado del gobernador de Cuba, lo lanzó al suelo y le cortó la cabeza. Los soldados de Moctezuma se pusieron en guarida. Esperaban una orden que no llegó. Fue Cortés quien dijo en cambio.

—Dile Marina, al rey que a partir de este día está prisionero aquí, en su propio palacio.

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