F0134 · Inés cerró la ventana lentamente, sintiendo cómo la humedad de la…

F0134 · El Reino Cimarrón / La noche de Inés

Inés cerró la ventana lentamente, sintiendo cómo la humedad de la noche se adhería a su piel, un recordatorio incómodo de la inquietud que la consumía. El aire del Trastévere, pesado y cargado, parecía amplificar el vacío que llevaba dentro. Desde el otro lado del Tíber, Alberto, incapaz de conciliar el sueño, se encontraba bajo los naranjos del Aventino. Rezaba, o al menos lo intentaba, pero sus pensamientos estaban con Inés. Miraba hacia la dirección donde ella estaba, deseando que sus miradas pudieran atravesar la distancia y encontrarse en algún punto invisible.

Inés se llevó una mano al arete de perla, un gesto que hacía cada vez que los recuerdos la atacaban. Pensó en el señor Aguilar, en las palabras que había pronunciado en la última reunión: en breve habría noticias de Colón. Pero esos pensamientos prácticos se desvanecieron, y la pregunta que siempre la perseguía regresó con fuerza: ¿Me amó? Era una daga que se clavaba una y otra vez, sin misericordia.

Luis Méndez, su esposo, había amado a otros con una intensidad que nunca reservó para ella. Los rumores de sus escapadas con hombres que debía combatir —árabes, nobles caídos en desgracia— eran conocidos por todos. Inés no lo juzgaba; había aprendido a no esperar nada. Cuando Luis fue enviado a Roma, ella lo siguió, llevando consigo la carga de un matrimonio construido sobre deberes y herencias. Allí, se enteró de la muerte de Garci Madruga, el hijo que Luis tuvo en un amorío anterior. La pérdida lo liberó de una responsabilidad, pero no de su tormento. Fue entonces, en su dolor, que se volvió hacia Inés. Y de aquel breve amor, casi desesperado, nació un hijo: su pequeño Garci, ahora dormido en la cuna.

Todo lo que Inés había hecho en su vida lo había hecho por otros. Por amor a su padre, por lealtad a Luis, por la seguridad de su hijo. Nunca había actuado por placer propio, nunca se había permitido amarse a sí misma. Su matrimonio había sido una transacción, una alianza sellada por el peso de un apellido. Ahora, en la soledad de la noche, sentía el fantasma de ese amor ausente rodeándola, susurrándole en el cuello con una nostalgia que dolía tanto como consolaba.

Inés se inclinó sobre la cuna y cantó suavemente una nana. Su voz, un susurro que apenas rompía el silencio, acarició al pequeño Garci hasta asegurarse de que dormía profundamente. Entonces, se dejó atraer por el sonido que provenía de la biblioteca. Un murmullo lejano, como un eco de tristeza que resonaba en toda la casa. Pensó en el señor Aguilar, su protector, probablemente borracho a esas horas. ¿Lo amaba? La pregunta le provocó una sonrisa amarga. No lo amaba, pero le debía más de lo que podía expresar. En un mundo que la veía como una amenaza, una mujer de baja nobleza nazarí huía siempre con una daga en el corazón. Isabel y sus nuevas disposiciones no le dejaban otro camino.

Se inclinó una vez más sobre su hijo, olisqueándolo con una ternura que le arrancó lágrimas. El pequeño era su todo, la razón por la que seguía adelante. Recordó a Luis, el alquimista, y la marca que había crecido en su pecho. Una mancha oscura que anunciaba su final mucho antes de que llegara. Inés había besado esa mancha tantas veces, como si con cada beso pudiera absorberla, llevársela lejos, salvarlo. Pero las leyes de la alquimia eran claras: quien busca la inmortalidad debe pagar con su vida.

La noche refrescaba. Desde algún lugar lejano, el duduk de Farid tejía notas melancólicas que flotaban en el aire. Inés cerró la ventana, estremeciéndose sin saber por qué, y regresó a su cama. Finalmente, el sueño la venció, y con él llegaron los recuerdos. Soñó con Luis, con su rostro consumido por la marca, con la inevitable muerte que acecha a quienes intentan trascender el tiempo. Y en medio del sueño, el canto de un mochuelo pareció mezclarse con la música, como si el mundo insistiera en recordarle que incluso en la inmortalidad, la muerte siempre tiene la última palabra.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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