Ahora Farid mira al hombre que trepa en Farid. Le asquea la imagen. El español lo trepa y con sabor a sebo se le mete en la boca, atrae a Farid, sabe mal, sabe a los olores más sucios de España, a entrañas que sudan vapores en la laguna de Tenochtitlan cuando ha llovido y se mueven las aguas.
* —Tú, madre, me dijiste una vez hace mucho que rezara para que el miedo a la muerte se transformara en amor. Efectivamente, esta imagen me ha perseguido en sueños y he rezado. Y voy a sacrificarme, madre. Por amor, pero no por miedo.
Jorge PIENSA QUE LA ESCLAVITUD NO ES HUMILLANTE HASTA QUE SE DA CUENTA DE QUE FARID HA SERVIDO SEXUALMENTE ANTES… Y SE SORPRENDE. Y COMIENZA A CAMBIAR.
Cuando mi madre me dijo que yo no había nacido para ser esclavo, estaba convencido de que la servidumbre no era humillante. Y no es que fuese inocente. Tal vez tonto, pero inocente no. Imaginaba muchas cosas que me prevén de la ilusión de imaginar que era inocente. En todo caso no me quejo. En todo este tiempo he aprendido que hay sentido en el sufrimiento. No es que quiera sufrir, claro. Puedo ser tonto, pero no masoquista, pero se aprende del sufrimiento. Aún Dios, siendo Dios se encarnó en hombre para aprender del sufrimiento. Así lo dice el Evangelio, si recuerdo bien.
Todo aquello que me inventé con Mi abuela Inés. La fantasía de amor transgresor, revivió en mí aquellas fantasías infantiles en que la servidumbre, lejos de ser una carga, eran un deleite de intrigas de amor. “Qué tonta es mi madre”, pensaba. “Si pudiese verme ahora no diría: ‘se un buen musulmán, no lo olvides, tienes que viajar a la Meca” y todas esas cosas que dicen las madres cuando uno se ha vuelto mala cabeza. En la calle, por ejemplo. Los tenderos, el zapatero y el dentista (que en aquel tiempo hacía también de peluquero) me decía “sire, siéntese aquí”, “señor, ¿de qué piel vamos a hacer sus botas?” “Esta capa le irá muy bien. El color de la tela está hecho para sus ojos.” El mundo entero estaba hecho para mis ojos y ¿de qué otra manera hubiese podido ser cuando comienza la primavera en una ciudad como Flandes?
* Cuando Jorge estaba a punto de traspasarme con el viejo bastón que casi flácido le colgaba en la entrepierna, apareció, justo como en una de las novelas de amor en las que yo me había inspirado para coquetear con Mi abuela Inés, el verdadero dueño de mis amores. Tal vez se lo diga. Qué se yo. Faltan aún muchas horas para que vuelva a verlo. ¿Quién puede saber qué sentiremos? Tal vez, como en un cuento que escribí hace mucho, nos veremos en el aeropuerto y fingiendo desdén nos daremos la media vuelta sin decir absolutamente nada. Yo volveré a Nicosia y luego, tal vez, a México. Él volverá a perderse otros mil años. Tal vez más.
* Cuando entró Miguel a la habitación del amo Estévez, el viejo perverso no tuvo tiempo ni siquiera de atragantarse para gritar, más bien se atragantó con su propia sangre aunque a ciencia cierta no lo sé. Es decir, no sé si sea del todo riguroso decir que alguien se atragantó con su sangre cuando justamente le han rebanado la garganta. Un poco de sangre debe haber tragado, eso sí. Miguel no se contentó con uno o dos cortes con el cuchillo que llevaba bajo la manta. Le cortó la cara y cuando Estévez, ya a punto de morir, trató de cubrirse la cara para no ver los ojos de su asesino, Miguel le cortó también las manos y se encaramó en él para seguirlo apuñalando cuando era evidente que había muerto.
—¡Vístete! —me ordenó.
Yo cogí la capa de la que el sastre aquel se había servido para elogiar el color de mis ojos. Escuchaba sólo el jadeo de Miguel que miraba, con sonrisa de asesino, los despojos de aquel arrebato.
Ahora sé que los esclavos tienen la costumbre —nunca bien ponderada— de atisbar los actos privados de su señor. Lo sé porque cuando Estévez se quedó muerto, escuchamos, Miguel y yo, que algo se movía en el piso sobre nosotros. Allá arriba, enmascarada en un friso que daba la vuelta a la alcoba ducal había un agujero por el que nos habían estado observando.
—Es hora de irnos —me dijo Miguel mirándome a los ojos. Estaba ya mucho más tranquilo y el tono pausado de su voz tenía el aire de una disculpa—. Van a venir por nosotros.
Saltamos a la calle y escuchamos a lo legos gritar a la guardia del duque que se quedó, bien muerto, sobre la cama.
—¿Qué vas a hacer cuando me muera?
Afuera del cuarto sonó una guitarra, aroma de pino y la navidad de los infieles. Eran las nueve y te sentías enfermo. El sol calentó más tarde.
Déjenlo dormir, dijo la signora.
A la una Farid se preguntó: ¿Qué voy a hacer cuando se muera?
Vuelve a sonar la guitarra fuera de los muros de villa Cornaro. Lo extrañaste hasta que dieron las tres.
Por la noche le dijiste:
—Buscarte.
Se tocaron con luz dorada y luego quisieron llorar. El rojo se hizo azul. Mi abuela Inés vino al barracón y acarició tu mano que tiritaba de frío.
—¿A dónde vamos?
—No lo sé.
—A Venecia.
—A Chipre —dijo uno de los muchachos mayores.
Chipre. Sabor a cobre. Palacios del Véneto que disputan los otomanos.
—Rashid.
—¿Qué?
—¿Crees en la gehena?
—Sí.
—¿Vamos a volvernos infieles?
—Un día podemos volver y peregrinar a La Meca.
—Un día.
—Tal vez.