Farid decidió que era hora de dormir y propuso a Narumi que se acostara sobre su pecho. Esta posición le impedía conciliar el sueño, ya que sus ojos recorrían los muros de piedra de la habitación hasta llegar al cuerpo de Narumi. Farid notó que Narumi se había quedado dormida.
Farid se preguntaba qué haría cuando se les acabara el tiempo. Cada vez que surgía esa pregunta, sentía una firme convicción: volvería a buscarla. Tenía la certeza de que, si tenía que esperar, esperaría a través de todas las reencarnaciones del mundo. Con esta tranquilizadora idea, Farid volvía a sentirse dueño de sí mismo. Incluso le causaba risa recordar el cuerpo desnudo de aquel gordo que trató de violarlo y sintió cierto al recordar sus amores con Lucía. Así, entregado a la libertad de sus sueños de adolescente eterno, tenía tiempo para contemplar cómo el azul claro del cielo de diciembre se iba oscureciendo y cómo las teas se volvían más luminosas en las calles de Flandes. La palabra “buscarte” resonaba en su mente, una promesa que se repetía una y otra vez.