F1043 · —¡Siente! ¡Qué frío estoy! —dijo Alberto, llevando la mano de Farid a su mejilla.

La mañana estaba fría en el patio de la casa. Farid apenas podía concentrarse en las reglas de la tawjid; las palabras del Corán se mezclaban en su mente con el sonido de los pájaros y el murmullo incesante de su propio corazón. Alberto, sentado frente a él, parecía ajeno a todo, pero de pronto extendió la mano y tomó la suya. Fue un gesto lento, deliberado, y cuando la piel fría de Alberto tocó la suya, Farid sintió un estremecimiento que lo atravesó de pies a cabeza.

—¡Siente! ¡Qué frío estoy! —dijo Alberto, llevando la mano de Farid a su mejilla.

Farid no supo qué responder. Su mente era un caos, un torbellino de emociones que no encontraba palabras para expresarse. ¿Era inocencia lo que había en el gesto de Alberto? Esa noche, Farid luchó consigo mismo, con un sí y un no que le arrebataban el sueño. Finalmente, tomó una decisión: tenía que preguntárselo. ¿Me quieres como yo a ti? Era simple, pero las palabras pesaban como si cargaran siglos de silencio.

El joven Isha siempre estaba cerca, empeñado en interrumpir la intimidad que Farid buscaba con Alberto. ¿Cómo podía encontrar el momento adecuado? ¿Cómo decirle que cada palabra que pronunciaba lo conducía inevitablemente hacia él? Que “almendra” le recordaba sus ojos, que “sal” o “cascada” lo llevaban a su risa, y que “luciérnaga” encendía su memoria con la chispa de su presencia. Todas las palabras se iluminaban con el mismo nombre: Alberto.

Farid soñaba con un sí, con un triunfo que lo liberara de su agonía. Quería ganar el derecho de pronunciar su nombre como si fuera una oración.

Farid y Jorge se abrazaron en la penumbra del jardín. El esclavo y el marino, ambos quebrados por sus propias luchas, se sostenían como si fueran los únicos habitantes de un mundo en ruinas. Afuera, los pájaros gritaban, llenando el aire con sus quejas diarias.

—¿Qué voy a hacer cuando te vayas? —murmuró Jorge.

—No lo sé —respondió Farid.

—Tal vez buscarte.

Alberto dormía en los brazos de Jorge, agotado por el día y sus propias batallas internas. Cuando despertó, encontró el espacio vacío. Jorge ya no estaba. Un miedo primitivo se apoderó de él.

—¿Qué será de mí cuando no esté contigo? —se dijo, en un murmullo apenas audible.

Decidido a entregarse por completo, dejó que sus pensamientos lo llevaran a un lugar oscuro y desolado.

—¿Dónde voy a buscarte? —murmuraba.

Imágenes del pasado inundaban su mente como fragmentos de un sueño que no lograba descifrar. Su vida parecía un rompecabezas hecho de piezas desordenadas: la selva que rodeaba el pueblo, el río que reflejaba el cielo, y la iglesia, construida piedra por piedra con las ruinas de las pirámides derrumbadas por los conquistadores. Era absurdo intentar darle sentido a todo aquello, pero sabía que su voz era el hilo que unía esos fragmentos. Gracias a su canto, hombres, mujeres y niños acudían a la iglesia. Gracias a su voz, el templo creció, espiritual y materialmente. La fábrica se expandió, los esclavos indígenas desmontaron las pirámides, y las piedras se alzaron para construir los campaniles que resonaban con campanas cada domingo.

En sus momentos de fe, Jorge se veía a sí mismo como un caballero de tiempos antiguos, enfrentando demonios con armas de música y campanas. Y en esa lucha, Farid era su general, el estratega que dirigía la batalla con una precisión que solo el dolor podía otorgar.

Mi abuela Inés había aprendido el amor a través de las palabras de su madre, los sermones del cura y, sobre todo, las novelas de caballería que leía con devoción en el jardín de la villa. Su esclavo favorito era quien le leía esas historias, y sin que ella lo notara, encendía en él la misma pasión que las palabras despertaban en ella. Inés soñaba con encontrarse cara a cara con un ángel exterminador, un ser que la dividiera entre el mundo de los que han conocido el amor y los que no.

Al principio, Inés llamó “mi amor” a Alberto sin pensar en las implicaciones. No lo consideraba inmoral, solo natural. Pero para Alberto, las cosas eran más complicadas. Una voz en su interior le susurraba que lo que sentía no era amor, sino orgullo. “A Jorge sí lo amas”, le decía esa voz ancestral, “a Inés solo quieres amarla para demostrar que eres un hombre más avezado en las artes del amor que tu propio objeto del deseo”.

Esa voz no lo detenía. Cada vez más convencido de que encontraría su destino al encelar a Jorge, Alberto trazaba estrategias. Su primer objetivo era simple, casi infantil: besar la mano de Inés Cornaro.

Como todos los amantes, Alberto había caído en la superstición. Se imponía pequeñas mortificaciones, pensando que así ganaría el favor del destino. Cada sacrificio, cada renuncia, lo acercaba más a su propósito. O al menos, eso quería creer.

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