F1042 · En Damasco, todo comenzaba y terminaba con el olor del incienso…

En Damasco, todo comenzaba y terminaba con el olor del incienso. Era un humo dulce y pesado, como una niebla que llenaba las calles y se quedaba atrapada en las piedras antiguas. En las masjids, las columnas de mármol eran frías al tacto, y las mujeres que pasaban por allí me miraban con recelo. No era por mi silencio, ni por mi andar errante. Era porque era moro, aunque entonces no entendía del todo qué significaba esa palabra, como si su peso se escondiera detrás de las miradas que me atravesaban.

Quise borrar esas miradas. Quise borrar muchas cosas. Y para vencerme a mí mismo, me entregué por completo a la rutina de los cristianos. Aprendí a servir misa con devoción, a recitar los misterios del rosario con voz clara, sin dudar. Pero, sobre todas las cosas, aprendí a cantar.

El canto era mi victoria sobre mí mismo. Cerraba los ojos y soltaba mi voz, y el mundo desaparecía. Solo quedaba el eco en las bóvedas, el sonido puro y limpio que se alzaba entre los vitrales y los alminares de la ciudad vieja. Pero incluso en ese silencio perfecto, en medio del canto, había algo que no podía olvidar: el rostro de aquel muchacho. Era un rostro borroso, envuelto en el humo de mi memoria rota. No recordaba haberlo tocado nunca, pero lo deseaba.

“Inocente,” pensé, intentando comprenderlo. Era un amor inocente, porque había olvidado todo lo demás. No sabía lo que significaba amar. Solo imaginaba acercarme a él, mirarlo de cerca, tocarle la cara, quizás darle un beso.

—Siente —decía la voz en mis sueños—, qué frío estoy.

Esa voz me despertaba en la noche, sin cuerpo, como el eco del viento que se colaba por las ventanas abiertas de la ciudad dormida. Me quedaba quieto en la oscuridad, sintiendo el frío en mis manos, en mis pies, y nunca podía saber de dónde venía esa voz.

Antes de que la memoria volviera —porque siempre vuelve, como una marea que no puedes detener—, había cosas que sí sabía. No porque las recordara, sino porque las había oído. Decían, por ejemplo, que Felipe Alaminos me había llevado al Nuevo Mundo. O eso creía, aunque no tenía sentido. También sabía que era capón. Eso no hacía falta que nadie me lo dijera; bastaba con mirarme al espejo.

El día que lo entendí con certeza fue cuando desperté en un puerto desconocido. Allí, un muchacho de cabellos negros me tomó de la mano y dijo:

—Ven.

Cruzamos el puerto hasta llegar a una taberna, donde el ruido y el humo lo llenaban todo. En un rincón había un espejo de cobre bruñido. Me miré en él, no sé por qué, como si algo me llamara desde el reflejo. Lo que vi me dejó mudo.

Mi cara y mi cuerpo seguían siendo los de un niño de trece años. Los mismos ojos grandes y oscuros, la misma piel suave, sin las marcas del tiempo. Pero había algo más. Algo en el reflejo que parecía falso, como si el vidrio quisiera decirme una verdad que no podía soportar.

—¿Cómo es esto? —le pregunté a Felipe un día, cuando por fin reuní el valor para romper el silencio.

Él rió, una risa que sabía demasiado.

—Eres un castrado, Farid. Jamás crecerás.

Lo miré con miedo.

—¿Eso significa que no voy a morir?

Felipe volvió a reír, pero no respondió. Se dio la vuelta y me dejó allí, solo con mis pensamientos y con mi reflejo detenido en el tiempo.

Desde ese día, querido padre —porque en mis sueños te llamo así, aunque no sé quién eres—, comencé a pensar que tal vez, en alguna parte de este camino que me trajo de Damasco al desierto, y del desierto al mar, habías hecho de mí un inmortal.

Esa idea era un consuelo y una condena. Porque si era cierto, si no iba a morir, entonces tendría que vivir con la memoria de lo que fui y de lo que perdí. Vivir con la voz de los muchachos que se desvanecieron en el humo, con los rostros que amé y olvidé. Vivir con el dolor de la cicatriz que me recordaba lo que nunca sería.

Pero incluso entonces, cuando cerraba los ojos y soñaba con el Encantador de Serpientes, la voz volvía:

—Siente. Qué frío estoy.

Y yo, Farid —o , como me llamarías más tarde—, me refugiaba en mi canto, porque era lo único que podía salvarme del olvido.

El canto era mi vida. El canto era mi oración. El canto era mi juramento.

—Daré mi vida si me sacas de este horror.

—Daré mi vida para no volver a estar solo.

—Daré mi vida para encontrar la paz.

En la distancia, entre las luces y el incienso, Hákim esperaba. Y Damasco seguía girando a mi alrededor, indiferente a todo lo que en mí moría y renacía.

Caminé, llevando conmigo el peso de la inmortalidad y la certeza de que la voz fría nunca me dejaría.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes