F1041 · Farid estaba acostado, amarrado, y la habitación lo envolvía como un…

Farid estaba acostado, amarrado, y la habitación lo envolvía como un ataúd. El aire pesado olía a hierro quemado, sudor y aguardiente, impregnándolo todo con una densidad que lo hacía casi irrespirable. La voz, un murmullo dentro de su cabeza, se repetía como un mantra cruel: “Eres un castrado, Farid.” No venía de fuera. Era la verdad desnuda, la frase que quedaba después de todo el fuego.

El elixir blanco que la vieja le había dado aún recorría su cuerpo. Al principio era dulzón, casi amable, pero luego ardía, hirviendo en sus venas como si quisiera borrar todo rastro de humanidad. Farid intentó moverse, pero los cordones que sujetaban sus tobillos y muñecas lo mantenían inmóvil. Una presión en el centro de su cuerpo le recordó que la libertad no existía, que estaba atrapado en algo que iba más allá de las ataduras físicas.

Quiso gritar, pero el palo envuelto en paños que ocupaba su boca lo impedía. Mordía con tanta fuerza que sentía los dientes a punto de quebrarse, pero el verdadero dolor no estaba allí. Era más profundo, más absoluto, como si su ser entero estuviera siendo desgarrado desde adentro.

Un espasmo. Su cuerpo intentó rebelarse, luchar contra el peso de la habitación, contra el calor que lo sofocaba. Quiso escapar, pero no había salida. Todo estaba cubierto de un velo de vómito y sudor. En medio de la penumbra, vio la silueta encorvada de la vieja, un ángel oscuro que afilaba cuchillos bajo la luz mortecina.

“Cierra los ojos, Farid.”

Soñar. Tal vez soñar con jardines imposibles, con palacios dorados y cuentos de hadas donde las desnudeces perfectas no dolieran. Pero el cuerpo que arde no permite soñar. Lo que sucedía lo arrancaba del mundo conocido, llevándolo a un lugar oscuro del que sabía que no habría regreso.

En su mente apareció el Encantador de Serpientes. Lo vio danzando en la plaza de Damasco, la flauta entre las manos, la serpiente trepando por su cuerpo como un hilo de seda negra. Belleza y peligro. Vida y muerte en un equilibrio tan perfecto que dolía mirarlo.

El cuchillo tocó su piel. Primero, un corte seco. Luego, un ardor que lo atravesó como fuego líquido. El mundo se fragmentó en blanco y rojo, en un grito que no pudo salir. El palo en su boca crujió y se partió en dos. La vieja murmuró algo, pero Farid no la escuchó. Su cuerpo se arqueó, tratando de escapar de sí mismo, de lo que ya no podía ser.

—Nunca he visto mandíbulas semejantes —dijo la vieja, su voz perdida entre el crepitar del fuego y el crujir de huesos.

Farid sintió que algo dentro de él se rompía. Algo más que el cuerpo. Algo esencial. La sutura de su ser se desgarraba, dejándolo vacío, hueco, sin forma ni nombre. “Eres un castrado, Farid.” Las palabras seguían allí, repitiéndose como un eco interminable.

El dolor comenzó a disolverse, no porque desapareciera, sino porque se volvía ajeno, distante, como si ya no le perteneciera. Cerró los ojos y se hundió en otro lugar. Agua. Agua pura, cristalina, tan clara que podía ver el fondo. En el horizonte, una voz aguda resonaba como un salmo imposible. Farid vio al muecín sobre el minarete, su llamado perforando el cielo.

“Veremos cómo vuelves tu rostro al cielo.”

En las columnas de humo verde y rojo que se alzaban ante sus ojos cerrados, Farid vio el océano y la pirámide. Vio al Encantador alzando la serpiente sobre su cabeza mientras soldados, viejos y niños lanzaban monedas. Vio el silencio que precede a la revelación de Dios, ese instante perfecto donde la belleza ilumina lo que antes estaba cubierto de sombras.

“El mal es el alma del asesino. Hash’assin.”

Cuando volvió en sí, el dolor seguía ahí, pero era un eco, un recuerdo más que una realidad. Abrió los ojos apenas. La vieja estaba inclinada sobre él, sus manos presionando algo blanco y cauterizado entre sus piernas. El calor del hierro aún quemaba.

—Te has salvado, muchacho —murmuró ella.

Farid no respondió. No podía. A su derecha, en otra cama, vio el cuerpo pequeño de otro muchacho. Inmóvil. Pálido. La vieja se dirigía hacia él, cuchillo en mano. Farid cerró los ojos. No quiso ver.

“Nunca he visto mandíbulas semejantes.”

En el patio de la masjid, el llamado del muecín seguía resonando en su mente. No recordaría cómo salió de aquella casa ni cómo llegó a la plaza. Solo recordaría la voz y el momento en que hizo su primer juramento:

“Daré mi vida si me sacas de este lugar.”

Era un pacto silencioso con un Dios en el que no creía, pero al que, en ese instante, le entregaba todo lo que era.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes