1404–1418
Farid volvió a Damasco con la mirada vacía de quien ha visto a Dios dormir. Buscaba a Al-Hakim, pero ya no lo encontraba. Solo quedaban libros a medio quemar, una túnica roja sin cuerpo, y el eco de una alquimia fracasada. El muchacho que nunca moriría ya no esperaba respuestas. Solo escuchaba. Y la voz que escuchaba era la de una mujer. No hablaba árabe. No hablaba latín. Pero todo lo que decía ardía. Era Ella. La Virgen de la Tribulación. Otra vez. Siempre Ella.
En Roma, Bonifacio IX murió en 1404. Inocencio VII quiso juntar los fragmentos del cuerpo de Pedro. Pero Roma era ya un mosaico resquebrajado. En 1406, Gregorio XII fue elegido con la misión de cerrar el Cisma. Pero las manos de los hombres son torpes cuando sostienen la eternidad. Los sobrinos querían púrpura. Los papas se nombraban y se negaban. En Pisa, en Perpiñán, en Constanza, cada cónclave era un espejo roto. Alejandro V murió demasiado pronto. Baltasar Cossa, Juan XXIII, era más mercenario que pastor. Solo Farid los comprendía, porque los había amado a todos en otras vidas. Y había visto en sus ojos el mismo temor: no a perder el trono. A no ser recordados.
En Trebisonda, en 1408, nació David. Hijo de Alejo IV. Nieto del polvo bizantino. Sería el último emperador de un imperio que ya solo existía en los tapices. En sus venas aún corría la sangre de los Comneno, y por eso, siglos después, cuando Isaac en San Miguel de Allende se arrodilló frente al icono, un temblor recorrió la tierra. Porque David, como Farid, no murió del todo. Fue perdonado por el sultán. No por política. Por misericordia. Por memoria.
Vicente Ferrer, por esos años, gritaba en las plazas el nombre del Anticristo. Fundó orfanatos, profetizó catástrofes, desvió tormentas. Vannes lo recibió como a un apóstol. Farid lo oyó predicar. Y supo que era verdad. No por los milagros. Por el dolor. Porque el que anuncia la ruina no necesita pruebas. Solo cicatrices.
Y entonces, en 1414, comenzó el Concilio de Constanza. Cuatro años de palabras afiladas, votos, traiciones, renuncias. Martín V fue electo. El Cisma terminó. Pero no la fractura. Porque en 1415, Jan Hus ardió. Y con él, una parte del alma europea. Farid lo vio quemarse. No gritó. Solo cerró los ojos. Porque sabía que la herejía no era decir lo que no debía. Era recordar lo que los poderosos querían olvidar.
En 1411, Wyclif fue declarado hereje. Y sin embargo, su voz se multiplicó. En Oxford, en Praga, en Roma, en Managua. Porque lo que Wyclif dijo no fue doctrina. Fue incendio.
Ese mismo año, veinticinco monasterios jerónimos se unieron. El Escorial, Belem, Fiesole. No como poder. Como refugio. Claustros blancos con sombra adentro. Monjes de hábito silencioso que rezaban no para salvarse, sino para no olvidar. Farid entró en uno de ellos. Fue cocinero. Fue escriba. Fue sombra. Una vez más. Y allí escribió en un muro: El pan es cuerpo. El cuerpo es historia. La historia es un ícono.
Donatello esculpía un David que ya no mataba gigantes, sino memorias. Zurara escribía crónicas portuguesas. Ferrer renunciaba a Valencia por una tormenta. Y mientras tanto, Isaac aún no había nacido. Pero el ícono ya lo esperaba. Y la Virgen, desde el centro del tiempo, aún decía: Todo lo que arde es mío. Todo lo que resucita es tuyo. Y tú, muchacho inmortal, eres ambos.