1300 – 2026
La hechicera del Valle del Desconsuelo lanzaba en el aire su maldición de envidia, y Francisco José, niño perpetuo, gritaba desde las playas de Valladares, vigilado por cuatro cerditos sabios. Princesas de rosas encantadas tejían en silencio intrigas, Miguel el Cruel reía, mientras en castillos de tinta de piedra, Irene sostenía al príncipe Valentín, nacido bajo el signo del renacuajo y la mariposa. Su llegada despertó miradas torcidas y aplausos hipócritas, preludio de futuras guerras de familia.
En Siam, el reino abría sus puertas bajo tratados británicos, y Mongkut suspiraba, aceptando occidente. Tailandia, un país renacido de los restos feudales, se extendía sobre pueblos montañeses: Karen, Hmong, Yao, tribus en constante migración y lucha, opio en sus venas, arroz en sus manos. Animistas, chamánicos, atrapados entre selvas que ardían por nuevas economías, nuevas leyes que no comprendían, nuevas banderas que no eran suyas.
En el desierto lejano, un niño-monje oraba en Bangkok. Farid atravesó tierras extrañas, descendiendo del Monte Qasiūn, ahogándose en ríos de visiones donde chacales devoraban recuerdos de Damasco. Eneas cantaba con locura Follia, confundiendo a Corelli y al reino cimarrón que buscaba Dios en cada esquina, en cada danza bajo tambores que anunciaban sacrificios. La reina de Castilla, perdida en tierras ajenas, pedía direcciones al eterno peregrino, buscando en sus ojos la salvación.
Cristóbal, desde una colina, observaba mares cercanos, buscando en su madre Jamil una fe perdida. El mar era Dios y el bosque su catedral, la inmortalidad en panes y vinos lo dejaba vacío, incapaz de reconciliarse con guerras santas, queriendo solo aprender la oración para volver a amar, para volver a la paz.
Mientras Isaac preguntaba: ¿qué intentas?, sabiendo que metamorfosis implicaba dolor, y recordaba su cuerpo sin cicatrices frente al fuego que lo perseguía desde niño, preguntándole sin cesar, “¿Para qué?”. Correr, cantar, amar a Lucía, todo sin respuesta clara, solo el deseo constante, voraz, de encontrarse en el lugar donde muere el sol.
En México, Farid y Atonatiuh huían hacia pueblos construidos sobre aguas quietas, lugares de esclavos libres que bailaban bajo estrellas indiferentes. Encontraban civilizaciones fundadas en besos robados y abrazos prohibidos, en historias susurradas junto a fuegos eternos, rodeados siempre por preguntas y visiones.
En el fin del mundo, Isaac vio barcos hundidos y tesoros olvidados en el Mar de los Sargazos. Sus huesos secos comenzaron a vivir bajo las aguas, junto a cadáveres de dioses y esclavos, mexicanos y babilonios. Porque el fin del mundo, finalmente, era uno mismo.
Valentina, hermosa y flaca, era acusada por Polet de exceso de carnes inexistentes. Gatas que ronroneaban, perritas con pasado tormentoso, criaturas que habitaban hogares donde se escribían pequeñas epopeyas cotidianas. Jorge, vestido de traje, empujaba a niñas indefensas, mientras ariana lo denunciaba secretamente, reclamando el amor y la justicia para las pequeñas criaturas que, como ella, eran hermosas y malas, inocentes y culpables.
Finalmente, Martín despertaba sosteniendo a Isaac, león rugiendo en defensa contra fuegos devoradores. En barrancas y cuevas, los perseguidos se refugiaban, cantando en medio del fuego que mojaba y subía como río inverso. Daniel preguntaba por qué cantaba, y el fuego respondía con silencios, dejando solo cenizas y recuerdos grabados en piedras y canciones.
Así, entre montañas tailandesas, castillos europeos, desiertos árabes y selvas americanas, la historia del mundo se tejía silenciosamente. Desde el Valle del Desconsuelo hasta la Tierra Santa, desde ciudades nevadas a selvas encendidas, la humanidad perseguía siempre preguntas sin respuesta, amor sin medida, guerras sin razón. Y en cada rincón, resonaba el canto persistente de aquellos que, como Isaac y Farid, caminaban siempre hacia el horizonte, buscando el lugar exacto donde, finalmente, el sol se pone.