La ciudad de México comenzó a iluminarse. El viento hacía en
el piso figuras con las antorchas. Aztecas que piden limosna
juntaron sus cuerpos para darse calor.
Farid se quitó las sandalias. Odio los zapatos, se dijo.
Los pies desnudos de Farid entran a la ciudad de
Damasco.
No sé dónde nací. El primer recuerdo de mi vida es una calle
en Damasco donde ví a un muchacho. Un encantador de
serpientes. El muchacho debe haber tenido unos once años. Hay
delante de él un piquete de soldados árabes. Lo miran y
olvidan que han de luchar contra el infiel.
La serpiente representa al caos. El cuerpo del niño es
el orden. Su piel, la vestimenta de tiempo que Dios se pone
para que todos vivamos en Él.
El encantador de serpientes en Damasco es todo el
recuerdo que tengo en m infancia. No se ni siquiera cómo he
venido a caer en este país de música y bastardos. No sé quién
soy.
—Tal vez eres —le dijo la voz —el hijo de un Dios alto y
de color esmeralda. Un Dios que se esconde tal vez en las
riveras de un cañón al centro de México.
Canta el almuecín. El encantador de serpientes termina
el acto. Todos nos tendemos a rezar al Altísimo.
Sólo a lo lejos, un ladrido de perros y un lamento: la
voz del Corán.
§
—Estás castrado.
—Sí. Todos lo saben.
Huele a navidad. Qué ganas de enamorarse.
—¿Por qué te castraron?
—No lo sé.
—Canta.
Cuando cantó el castrado, pareció que se hubiese abierto en
el pecho de Roberto un dique lleno de todo el amor que había
estado conteniendo desde que entró al seminario.
§
—Yo nací, dijo Isáac, para ser el guardia de un
Seraglio.
—La música es lo único que va a poder salvarte.
—Tócame.
Roberto se acercó. Le acarició el pelo.
—Me siento muy triste. Necesito que me toques.
—Lo único que yo puedo hacer —dijo Roberto que estaba
muy enamorado— es enseñarte a cantar.
Cantar. Es lo único que va a poder salvarte en esta
ciudad que huele a sangre.
§
Los indígenas se han rebelado. Huele a sangre. Miedo.
Esta catedral. En aquel tiempo ni siquiera existía.
Lo sé.
¿Por qué cantas, Farid? Es lo único que puedo hacer. Cantar
me ha salvado. El amor me ha dado este nombre. Farid, me
salvó de los cimarrones. Me salvó de mi mismo, de la tierra
árida en la que se me había convertido la piel.
§
¿Quién te crees esclavo capón? ¿Quién te crees, árabe
castrado, para contradecir al Mayor? Los cimarrones se
aproximan. Toman palos. Shako lo mira y lo amenaza. Está a
punto de arrojar la primera piedra. Entonces, Farid hizo lo
único que sabía: se puso a cantar.
§
—Me gusta tu piel. Me gusta tu voz. Me gusta. Me gustas tú.
—¿Puedes verme aunque estés ciego?
Roberto negó.
—No. No puedo, pero te escucho. Y huelo tu piel. Farid.
—¿Cómo imaginarás a La virgen ahora que estás ciego?
Roberto sonrió. No la imaginaré. Tendré que escuchar su voz.
—La ceguera me ha dado la voz. Todo el silencio que necesito
para hacer música.
§
México. 1531. Fray Pedro ¿cuál es tu visión del futuro de
esta ciudad?
—Los indígenas. Van a rebelarse.
—¿Qué debemos hacer?
—Convertirnos. Este es el único milagro posible.
Milagros. Pensó fray Pedro. Estamos tan ciegos que si
viéramos un milagro no lo reconoceríamos. ¿Acaso puede haber
algo más santo, más milagroso que esta idea? Dios se ha hecho
hombre y ha sufrido por amor a nosotros.
—Si Dios sufre, fray Pedro, significa que le gusta el
sufrimiento, que hay algo superior a él mismo.
—No, no hay nada superior a él mismo, pero hubo Nada
¿entiendes? El sufrimiento ha sido extraer su cuerpo
milagroso de la Nada para vestirse de tiempo. Por amor a
nosotros.
§
—¿Y el marqués?
—En las Hibueras, tal vez.
El marqués vaga y lo siguen guerreros y cerdos. Lo siguen
princesas indígenas, nobles tlaxcaltecas.
—¿Y el milaro?
—El milagro es la existencia del espíritu de Francisco.
Un hombre que construyó México cuando Europa no sabía que
aquí existiría esta tierra de nahuas y nobles.
—Fray Pedro, quiero volver con Roberto.
Fray Pedro sonrió.
—Haces bien. En lealtad no es posible tal cosa como la
muerte y los bárbaros. Tal vez los bárbaros somos nosotros.
§
—Necesitamos un milagro.
—El milagro va a suceder.
Marcos pinta una imagen, Juan Diego lo dirige. En el monte,
sintió un golpe de luz. Se sintió arrojado, golpeado. Un
dolor seco en el estómago. Una convicción. Estar ante el ser
que da ser al Ser.
—¿Quien eres?
—Soy yo —dijo María—. Tu madre.
—Madrecita. Yo.
§
—¿Estás celoso?
—No.
—Entonces por qué te molesta que haya visto a Mariana.
—No lo sé.
Farid se sentó frente a su maestro.
—No hicimos nada. Yo soy un esclavo.
Había una vez una princesa. Que se suicidó. ¿Sabes por qué?
Por que su amado era feliz.
—Yo te enseñé a cantar. Me odio más. La música es lo único
que puede salvarte. Yo o.
Ten esta pintura, este pigmento. Vas a pintar la luna como si
fuera una serpiente. Es México. La vigen al centro de México.
En el ombligo de la luna. La virgen tiene que estar
embarazada.
—¿El milagro?
—El milagro es lo que Marcos está haciendo. No has
entendido nada.
Cuando Jorge Estévez supo que el esclavo que le había
asignado la catedral para ayudarlo con sus achaques había
sido asignado a cantar en el coro buscó prevenirse de la
posibilidad de que el moro hablara y sus acusaciones pudieran
llegar a oídos de fray Juan.
A acciones como ésta, Jorge les llamaba “pecados de
belleza” y lo atribuía a un gusto refinado que de ninguna
manera lo hacía sentirse culpable. Yo soy superior a ese
esclavo, se decía. Él debería sentirse halagado de que atrapa
mi atención.
Sus “pecadillos” consistían básicamente en molestar a
Farid, observándolo, buscando un pretexto para rozarlo,
acosándolo en suma, buscando atraer su atención para hacerse
en el esclavo de algo que su cobardía le impedía buscar en
otra parte.
Así que decidió adelantarse a los sucesos que ya preveía
y adelantarse al mulato. Escribió una carta al cabildo
diciendo que el moro le robaba, que era desordenado y que en
suma, resultaba muy dificultoso vivir con él.
Como si tuvieran un acuerdo tácito, Roberto Ruiz
entendió que Jorge estaba queriendo liberarse del esclavo
para evitar problemas.
En reunión plenaria del cabildo, Roberto votó en favor
de la resolución de que el esclavo mulato formara parte de la
fábrica de catedral. Y estuvieron de acuerdo, visto que todos
habían escuchado su magnífica voz y como Jorge ya no quería
al esclavo, así se acordó y se tronó la campana.
Después, en reunión privada con su excelencia fray Juan,
Roberto le pidió hacerse cargo él personalmente de la música.
Lo hizo un poco por ayudar a la fábrica y un poco también por
el orgullo de tener a su cargo una materia prima como la que
había visto en la garganta del esclavo. Su excelencia
reverendísima dijo que sí. No había llegado de Sevilla el
primer maestro de capilla de Catedral que sería Juan
Hernández. El nombre de Roberto Ruiz aparece como auxiliar en
ausencia de un maestro de capilla cargo que todavía no se
instituía formalmente en ésta, la capital en ultramar del
imperio de su Cesárea majestad, Carlos V.