F0397 · Sin embargo, la vocación siguió molestando. Todo el día, desde el…

Sin embargo, la vocación siguió molestando. Todo el día, desde el amanecer era una especie de antojo, de sonido que llamaba a lo lejos. Me voy a largar, se decía, yo no soy de aquí, tú no eres de aquí, se decía frente al espejo alargado de bordes plateados que había en la sacristía.  Farid lo limpiaba y pensaba con un poco de nostalgia en largarse a Veracruz y de ahí a España y luego quién sabe cómo volver a casa. Era tan grande su deseo que incluso le parecía chico el tamaño de la tierra.  Dentro de sí minimizaba el tamaño de la selva, el camino tortuoso, las dificultades que tendría que enfrentar. Se sentía capaz de todas las aventuras y se veía volviendo a escuchar su idioma y conociendo a algo, a alguien que tal vez le resarciera un poco del dolor de haber perdido a Yemil. 

Me voy a largar, decía cantando, cuando limpiaba las naves, cuando enceraba el órgano, cuando pulía los cubiertos de su excelencia y el rostro suyo se transformaba en un monstruo de carrizos enormes. Todo el tiempo. Era un deseo en el que se acomodaban todos los dolores, todas las nostalgias y todos los miedos. Largarse, irse a otra parte. Cuando lo pensaba, todo tenía sentido. La ciudad indígena, la ciudad española con monstruos de tamaños mitológicos. Se entrenaba para grandes causas, se forzaba a correr grandes trechos a pasar hambres. Se ponía pruebas a cada momento y se decía: si soy capaz de hacer tal cosa, seguramente podré volver.  Entrenaba, a andar con pies descalzos a correr hasta casa del tlaxcalteca donde no escuchaba otra cosa que sus propios pensamientos ahí, rodeado de artífices y amanuenses entrenados bajo el auspicio de fray Pedro de Gante. 

Y cuando consentía y se tendía sobre el petate, cuando escapaba de sí mismo, de su cuerpo y se quedaba pegado al amante moreno, Farid se sentía puro. No había en él otro placer que producir placer, con su cuerpo y su garganta. 

Hubo antes de la fundación de la catedral hundida que hoy se levanta como símbolo de la mayor ignominia de occidente un niño árabe que castraron los italianos, que vendieron los españoles, para hacerlo cantar. 

Hubo antes de la ciudad en caos que atormenta con sus encierros de tráfico automotriz, un niño que cantaba y recordaba que el último día de libertad vio al Encantador de serpientes. Ese niño se llama como yo, que me llamo Farid, como el hijo de Abraham.

La voz de un niño de once años se detuvo sobre la catedral, se detuvo en Farid y David recordaba historias de caballeros andantes que buscaban la salvación y el padre Estévez bajaba los ojos y él, Farid, encantaba a las serpientes sin concentrarse en el milagro que sucedía abajo donde el pan acaba de transubstanciarse en un milagro que ni el Dios del centro y el cinco podría. Nunca, tendría que haber dicho el tlaxcalteca, nunca ha habido algo tan contundente como este música que sucede con una contundencia que supera incluso a los enaltecidos conquistadores. Ni siquiera en san Francisco Pedro de Gante logró arrancar música como esta. 

No soy un negro salvaje, debió haber dicho Farid, no lo eres debió haber respondido David. No soy un negro cimarrón, soy un artista. Sí. 

‑Va a venir la virreina a escucharte. 

Y vino la virreina y la ciudad toda se vistió de un color que sabía a independencia y caos, el caos que a veces en los intestinos murmura que eres libre Farid y no hay nada que puedas decir. La muerte acecha como un final sin codas y sortilegios. 

Escribo sí. Se hace presente el mundo de Farid. Desaparece la diégesis, la fábula. Se ve devorada por el mundo transubstanciado de un negro que me dicen que ha cantado. Todo desaparece aquí en la casa de mi padre, en la bañera y en el tráfico y entonces todo parece una señal, una señal que devuelve el sueño detrás de la nube, el mundo del cantante que cantó a la aparición de los indígenas. Gen angelicum. Nada más. 

Entre los muchachos del coro Farid se hizo de un amigo: Alonso Molina. Alonso aprendió náhuatl jugando con los niños de los indígenas. Conoció también al fabricante de los libros del coro y le dijo: Los libros, mientras más hermosos son más difíciles de conservar. La gente se los roba, los mutila.  Les hace cosas. Así es Farid.  Los castra. 

¿Acaso tu castración no vale tu música? La catedral carcomida se llenó de indios que vinieron. Los vencidos aman la música de los vencedores, pero Farid ¿ha valido la pena? La catedral carcomida está hoy llena de indios que han venido a escuchar la voz de Farid. Y él, ¿cómo no va a saberlo? David hizo un artista donde había nomás un Encantador de serpientes. Tal vez las cicatrices han valido la pena.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes