F0695 · —No hay tal cosa como toda la verdad —dijo Garci, mientras levantaba su copa de vino.

Roma era un hervidero de pensamientos contradictorios para Alberto. La ciudad eterna, con su aire de decadencia y gloria pasada, era el escenario perfecto para los dilemas que lo atormentaban. Había dejado atrás su vida monástica, pero no del todo. Cada vez que intentaba abrazar la nueva libertad que encontraba en la Casa de Dante y sus encuentros con Garci y Farid, la sombra de su pasado lo alcanzaba. Era un hombre dividido, atrapado entre la fe que una vez había seguido ciegamente y las ideas que ahora se desataban en él con la fuerza de un torrente.

Una noche, Garci los llevó al Trastévere, un barrio conocido por su peligro y su bullicio. Era la primera vez que Alberto salía a la ciudad después de que cayera el sol, y lo que encontró lo fascinó y lo repelió en igual medida. Las calles sucias y malolientes parecían un reflejo físico de su propio caos interno. En una taberna de mala muerte, rodeados de personajes vulgares y risas estridentes, Garci comenzó a hablar de las cadenas que ataban al cristiano promedio: dogmas, tradiciones y la supuesta verdad absoluta que predicaba la Iglesia.

—No hay tal cosa como toda la verdad —dijo Garci, mientras levantaba su copa de vino.

Alberto, tartamudeando, mencionó que había leído el Poimandrés de Hermes Trismegisto. Garci sonrió, satisfecho.

—Te está llamando. El bautismo de sabiduría está más cerca de lo que crees.

El viento limpio de febrero los llevó hasta el Gianicolo, desde donde podían contemplar toda Roma. Bajo las estrellas y las antorchas que iluminaban tenuemente la ciudad, Garci siguió hablando del mundo que soñaba: un lugar donde el espíritu del hombre estuviera libre de ataduras, donde Roma pudiera volver a ser el centro del mundo, no gracias a la fe, sino al comercio y al poder.

Farid, que caminaba en silencio, finalmente habló.

—Yo no quiero eso. Y no puedo escuchar que se hable mal del profeta Jesús.

—No digas tonterías —replicó Garci con una carcajada. Hizo una señal, y sus hombres trajeron más vino.

Sentados como iguales, los tres hombres conversaron sobre filosofía, religión y política. Pero mientras Garci defendía un cristianismo pragmático y Alberto trataba de encontrar sentido en las ideas que lo rodeaban, Farid permanecía reservado. Había algo en su mirada que parecía hablar de secretos más profundos, de batallas que ninguno de los otros podía comprender.

Esa noche quedó marcada en la memoria de Alberto. Sintió, por primera vez, que vivía en el peor de los mundos posibles, no por la ausencia de bondad, sino porque la opción moral solo podía brillar en un lugar plagado de maldad. Garci y Farid eran reflejos de las decisiones que Alberto sentía que debía tomar, aunque no sabía hacia dónde lo llevarían.

La Prueba del Amor

Días después, en la encomienda de Lucía Cornaro, Farid recibió órdenes de acompañar a Vicente Cornaro a Tlaxcala, donde se reunirían con Hernán Cortés. Antes de partir, Lucía le entregó un pequeño soldadito de tela. Durante el camino, Farid descubrió que dentro del muñeco había un arete de perla. Lo apretó contra su pecho y entendió el mensaje: era una prueba de amor.

Farid, aunque embriagado por el gesto, sabía que este amor era fruto del despecho. Caminando por las calles de Flandes, reflexionó sobre su vida y su destino.

—Cuando el amo sepa de mis amores —murmuró—, me llevará al cepo y moriré en una torre, como en aquel lugar donde convalecí de la castración.

Pero su voz también contenía un matiz de desafío. Farid sabía que su historia no terminaría en silencio. Llevaba consigo todo el honor de la familia Cornaro, y pensaba hacer que todos lo supieran.

El Enigma de Martín

En el camino, Martín, el criado de Vicente, parecía inquieto. Farid, siempre perspicaz, le preguntó qué sucedía. Al principio, Martín lo rechazó con brusquedad, pero luego se detuvo y confesó:

—Te he mentido.

Farid lo miró con curiosidad, sin entender del todo lo que Martín quería decir. Pero en el fondo, algo en él sabía que aquella revelación sería una pieza más en el complejo rompecabezas de traiciones, pasiones y secretos que componían su vida.

Mientras caminaban bajo el cielo estrellado, Farid pensaba en su propio destino, en las pruebas de amor que había recibido y en el fuego que ardía en su interior. Era un viajero de amores imposibles, un esclavo que soñaba con la libertad, un hombre que se debatía entre el deseo y la resignación.

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