F0696 · El Peso de la Sangre y la Conversión

En la penumbra de la Casa de Dante, Alberto terminaba una de sus lecciones con Farid. El joven exorcista convertido en cantante estaba inmerso en un mundo que lo desconcertaba. Farid, el esclavo árabe, le provocaba una inquietud que no sabía nombrar. No era solo su música, que parecía brotar desde un lugar divino, ni su aparente indiferencia hacia los placeres terrenales. Era algo más profundo, una certeza de que Farid ocultaba secretos que podían cambiar el curso de la vida de Alberto.

El Peso de la Sangre y la Conversión

Mientras Alberto exploraba los misterios de la alquimia y la música, lejos de ahí, el señor de Aguilar lidiaba con las tensiones de un reino dividido por los estatutos de sangre. En la capilla de su castillo, meditaba bajo el lema inscrito en el techo: Mutatur non tollitur —”No se destruye, solo se transforma.” Era una frase que definía no solo su fe, sino también la complejidad de su vida. Aguilar había luchado por mantener la legitimidad de su linaje, casándose con Inés, una mujer de origen judío que había renunciado a todo por él: su familia, su herencia y hasta su identidad. Pero los estatutos de sangre, que condenaban a quienes tuvieran ancestros judíos o musulmanes, los acosaban como una sombra constante.

El pequeño Garci, hijo de Inés, sufría jaquecas constantes que lo dejaban postrado. Inés temía que perdiera la vista, pero Aguilar la consolaba, abrazándola como si ella fuese una niña. En esos momentos, su amor por ella parecía el único refugio en un mundo lleno de envidias y traiciones. Aguilar sabía que debía confiar en Jorge Comneno, pero la cercanía de Jorge con el papa y su fascinación por los brebajes alquímicos le generaban desconfianza. Sin embargo, no tenía otra opción; el destino de su familia dependía de ello.

La Atracción de la Música y el Misterio

En la biblioteca de Casa de Dante, Farid dormía profundamente, soñando con una mezquita construida con bloques turquesa y un niño danzando con una serpiente descomunal. Era un sueño recurrente, una geografía de recuerdos que lo obsesionaba. El señor de Aguilar, al entrar, ordenó a sus hombres que no lo despertaran. Miró al esclavo árabe con curiosidad y algo más: una mezcla de desprecio y admiración. Farid representaba un enigma, un símbolo de las complejidades del mundo que Aguilar intentaba comprender.

Mientras tanto, Alberto continuaba sus exploraciones en la Casa de Dante. Había dejado atrás su vida en el convento y sus lecciones con el padre Florián, a quien recordaba con una mezcla de gratitud y culpa. Ahora, su vida giraba en torno a las enseñanzas de Isaac y las conversaciones filosóficas que compartían en las reuniones nocturnas. Pero era la música de Farid lo que lo atrapaba. Cuando el esclavo tocaba el oud, Alberto sentía que ascendía por una escalera de Jacob, alcanzando un estado que rozaba lo divino.

Sin embargo, la música también lo atormentaba. Cerraba viejas cicatrices, pero dejaba dentro el veneno del deseo. Las noches en Roma se llenaban de encuentros furtivos en los hammam, donde Alberto buscaba el Grial en los cuerpos de jóvenes esclavos. En esos momentos de debilidad, pensaba en Farid, en su aparente pureza, y se convencía de que el muchacho conocía el secreto de la inmortalidad.

Intrigas Políticas y Sentimientos Contradictorios

En Sevilla, Luis Méndez, marqués de las Salinas, lidiaba con sus propios demonios. Su esposa, María de Solier, parecía más feliz desde que Alberto había llegado a sus vidas. Luis no la amaba, pero la idea de que pudiera encontrar placer en los brazos de otro hombre lo enfurecía. Alberto, con su sofisticación y su voz celestial, se había convertido en un hermano de logia gracias a Isaac, pero Luis no confiaba en él. Sentía que Alberto lo hacía partícipe, aunque indirectamente, de la felicidad de María, y eso lo mortificaba.

Mientras planeaba su venganza, Luis organizaba el viaje al Nuevo Mundo con Isaac, Inés y el pequeño Garci. Sabía que el futuro de su familia dependía de este movimiento estratégico, pero no podía evitar sentirse consumido por los celos y el resentimiento. En su mente, Alberto y María representaban todo lo que odiaba: la traición, el deseo, la humanidad que él mismo había reprimido durante años.

La Transformación de Alberto

En Casa de Dante, Alberto empezaba a comprender que su búsqueda no era solo sobre conocimiento o placer, sino sobre transformación. Había dejado de referirse a Dios como Jesús y ahora lo llamaba “El Gran Arquitecto.” Estaba convencido de que la divinización no provenía de ritos religiosos, sino de la experiencia directa con la carne, con la vida. Pero esa revelación también lo alejaba de la compasión. Había aprendido a odiar al mundo y, al mismo tiempo, a desearlo con una intensidad que lo destruía.

Farid, por su parte, veía el camino de Alberto con una mezcla de tristeza y resignación. Sabía que no podía salvarlo, pero tampoco podía alejarse de él. En las noches, sus voces se unían en canciones que resonaban más allá de las almenas del castillo, hacia la Roma imperial, hacia la Isla de los Locos, donde la locura y la genialidad convergían.

El Final del Camino

El señor de Aguilar, sentado en su capilla, meditando bajo el lema Mutatur non tollitur, pensaba en el cuerpo de Cristo como una tela que unía todo el sufrimiento del universo. Su vida, sus decisiones, todo lo que había hecho por amor a Inés y a su hijo, le parecía parte de un diseño divino que no podía comprender del todo.

En ese mismo momento, en la biblioteca de Casa de Dante, Farid despertaba de su sueño con la serpiente. Sus ojos se encontraron con los de Alberto, y en ese instante, ambos comprendieron que sus caminos estaban irremediablemente unidos. La música que compartían no era solo un arte, sino una forma de encontrar sentido en un mundo caótico y brutal.

Cuando las campanas sonaron, llamándolos a la próxima reunión, Alberto supo que estaba en el umbral de algo grande. No sabía si sería redención o perdición, pero estaba listo para enfrentar lo que viniera. Farid, a su lado, guardaba silencio, consciente de que el verdadero secreto de la inmortalidad no estaba en la alquimia ni en los rituales, sino en la capacidad de aceptar el mundo tal como era: hermoso, cruel y lleno de posibilidades.

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