A Mi abuela Inés Cornaro no le gustó nunca su matrimonio y tal vez por eso se había formado una idea monstruosa de sí misma. Se creía malvada cuando era en realidad una pequeña princesita muy frágil y susceptible. Monstruosa, en primer lugar porque no había podido tener hijos y monstruosa, además porque no amaba a su marido. Lo despreciaba y cuando él dormía después de hacerle el amor, ella entraba en el baño y se lavaba con asco.
Pasaba la tarde alisando su cabello con un peine de carey y alimentando con pistaches a un monito verde que era, junto con Juan, la predilecta de sus mascotas. En poco tiempo Farid ocuparía ese lugar.
Leyendo libros o, mejor, escuchando los libros que Juan le leía, comenzó a fantasear con el amor. Le atraía la idea de conseguirse un amante como sabía que habían hecho dos o tres nobles venecianas con el beneplácito de sus maridos. Tenían incluso un nombre: Los hermosos amantes de las nobles casadas con viejos impotentes se llamaban en Venecia cichisvei.
—¿Te has acostado con el ama? —preguntó Farid muy escandalizado.
—¡Baja la voz! —ordenó Juan— ¿Quieres que nos maten?
Se detuvo y lo miró a los ojos:
—Tienes que ser muy cuidadoso con lo que te voy a contar.
Sonrió:
—Adora a los eunucos. Y especialmente a mí…
Farid comenzó a dolerse no sólo en el amor que sentía por Juan; le dolía también no saber si sería capaz de poner en juego, como el amigo suyo, su propia virilidad.
Jorge ES CONSIDERADO CASI UN ESCLAVO AL PERDER LA VOZ. ES POR ESO QUE LOS MONJES LO DEJAN IR. Y ÉL LO DARÍA TODO POR RECUPERAR LA INFANCIA.
Jorge comenzó, sin embargo, a entender el afecto de Farid por la señora Inés. Tenía diecisiete años, la apariencia débil y era claro por qué aquel muchacho la deseaba tanto. Había algo particularmente sensual en sus ojos negros y en lo reflexivo de cada uno de sus movimientos.
A Mi abuela Inés le parecía delicioso el acento del joven esclavo y en él comenzó a encontrar olvido para lo que ella llamaba “el horror”. Su matrimonio. Dar semejante nombre a la relación que tenía con Vicente Cornaro, hizo que Mi abuela Inés se formara una idea
monstruosa de sí misma. Se creía malvada en primer lugar porque no había podido tener hijos y además porque no amaba a su marido. Lo despreciaba. Cuando él dormía después de hacerle el amor, ella ordenaba que le trajesen una palangana y se lavaba con asco.
Pero ese asco, Mi abuela Inés comenzó a olvidarlo con la voz del joven Eneas quien cuando no estaba leyendo, le cantaba en el oído mientras le alisaba el cabello con un peine de carey y ella alimentaba con pistaches a un hermoso monito verde.
—¿Por qué no viene con nosotros Selim? —preguntó Eneas— A él también le gustan los libros. Podría leerle a los dos.
Eneas se convirtió así en el lector de aquellos dos hermosos y frágiles europeos que a su manera sufrían, como los nativos, la sequedad del encomendero. El joven esclavo griego encontró en estas lecturas toda la felicidad que es posible en la tierra.