F0885 · María se quedó en pie en la penumbra del pasillo de…

María se quedó en pie en la penumbra del pasillo de sus habitaciones. A lo lejos, el grito de los pájaros volviendo a sus nidos pareció despertarlos. 

Farid los contemplaba. Pronto el pasillo estaría lleno de sirvientes con teas. Vendrían para iluminar el palacio y los dos apenas podían verse en la penumbra pero creyeron poder escuchar el deseoso latido de sus corazones. María no pensaba que esto que estaba deseando desde hacía tanto tiempo sucediera tan pronto. Se descubrió ahí misma petrificada y, a pesar de sí, un poco temerosa. Se sintió observada y frágil y por primera vez en mucho tiempo sintió un deseo poco específico que poco a poco comenzó a cobrar cuerpo en el vientre. ¿Has cometido una torpeza? El pensamiento de Jorge había pasado rápidamente del placer del triunfo a un miedo muy similar al de la marquesa. Un miedo que los hacía sentirse frágiles e infantiles. Era un miedo que los tenía petrificados. Les impedía decir nada y que era tal que incluso la sonrisa de ella, una sonrisa que exhaló como un quejido sonó falsa. ¿Se ríe de mi? La duquesa le tomó la mano. Y sin decir nada, como si fuese algo hacía mucho tiempo acordado, lo condujo hasta su habitación.

Pronto el pasillo estaría lleno de sirvientes con teas. Vendrían para iluminar el palacio y los dos apenas podían verse en la penumbra pero creyeron poder escuchar el deseoso latido de sus corazones. Aunque María lo había deseado no pensó que sucedería tan pronto. Se descubrió ahí misma petrificada y, a pesar de sí, un poco temerosa. Se sintió observada y frágil y por primera vez en mucho tiempo sintió un deseo poco específico que poco a poco comenzó a cobrar cuerpo en el vientre. ¿Has cometido una torpeza? El pensamiento de Jorge había pasado rápidamente del placer del triunfo a un miedo muy similar al de la marquesa. Un miedo que los hacía sentirse frágiles e infantiles, un poco tontos. Era un miedo que a los dos los había petrificado, que les impedía decir nada y que era tal que incluso la sonrisa de ella, una sonrisa que exhaló como un quejido sonó falsa. ¿Se ríe de mi? La duquesa le tomó la mano. Lo condujo hasta su habitación y ahí comenzó a besarlo. Y Jorge dejó de pensar y por primera vez en toda su vida se permitió sentir. Ella, que no había olvidado su condición de dueña de la casa, tomó la iniciativa lo cual a ambos les resultó más excitante de lo que hubiesen imaginado. La marquesa tendió al músico monje sobre su lecho que expiró con el olor a piñones y se trepó sobre de él. Le besó el cuello, le besó las orejas y los ojos, le acarició el cabello y poco a poco bajó hasta una boca que se abrió discretamente, como para chupar una fruta: los labios, la lengua, el aliento de la marquesa. Y él comenzó a desatarse el pantalón y ella comenzó a quitarse toda esa ropa que de pronto se sentía tan absurda, tan contraria a la naturaleza de lo que estaba por suceder. Jorge pudo entonces, por fin lamer la espalda de la mujer que había deseado desde hacía tanto tiempo y le supo dulce el sabor salado de todo su nerviosismo y le excitó que ella se encorvase y se lanzase sobre las sábanas dócil, por primera vez.

Media hora después Jorge salió de la alcoba de la marquesa sintiéndose un triunfador. Y lo era. Un triunfador de sí mismo aunque los sirvientes fieles al señor del Carpio lo habían visto y su vida cada minuto valía un poco menos porque ¿cuánto valía una vida en aquella Sevilla del XVI? ¿Cuánto cuesta a un señor como Luis Méndez de Sotomayor deshacerse de un monje que ha sido infiel a sus votos para hacer infiel a una mujer? Cuando el marqués del Carpio supo lo que había pasado sonrió. Ahí estaba el pretexto perfecto para separarse de ella y sobre todo para destruir la vida de aquel muchacho en quien nunca había confiado. Ella leía en el jardín y él hacía sonar la tiorba. Se miraban cómplices, pero el marqués los miraba sintiendo un placer de muy distinta naturaleza. Los miraba con el placer de saber que tenía la vida de ambos entre sus manos. Los amantes, inconscientes de que en lo alto de aquel palacio que de pronto parecía tan lleno de luz se maquinaba su destrucción, se entregaban al placer de la música. A veces, para sentarse en silencio y no tener que decir nada, traían a Farid para que les cantara a los dos. El muchacho cantaba con una hermosa voz aguda que Jorge había conseguido pulir y educar tanto que era un sonido claro y ligero, acrisolado por todo lo que había vivido. Aunque hablara de amores prohibidos, en su música se abrazaban el mar y el desierto, la infancia junto a Farid y la castración. La existencia de Jorge y Farid parecían tener sentido sólo en ese momento en que eran los instrumentos que han encontrado su voz. La de Farid era en aquel entonces la voz de la mansedumbre, la tranquilidad y el afecto, la de Jorge la de un hombre que entrenado para entregarse al amor a Dios había conseguido enamorar a una mujer por la que, sin embargo, estaba dispuesto a sacrificarse. Jorge volvió esa noche a la habitación de la marquesa. Lo hizo con descaro, sin preocuparse de que pudiese ser visto. Cuando ella intentó impedirle el paso, él le pidió que no lo rechazara:

—Yo sé que tú eres de otra cuna —dijo— pero mi amor por ti nos iguala en dignidad.

Es posible que en la decisión de Manuel de Villena se escondiese también la decisión de deshacerse del testigo de su traición aunque, si lo pienso bien, tal vez no me haya acostumbrado a pensar como liberto. Después de todo, el marqués de Villena no tenía ninguna razón para suponer que yo hablaría. Si lo hiciese, sería mi palabra contra la suya. Ahora, tal vez había visto en los ojos míos y en los ojos de su mujer, el brillo traidor de un amor ilegal pero correspondido. La música develó el misterio; era una máscara que había mostrado, en sus notas y sus letras a la princesa española mi verdad, el amor de un esclavo griego por el ama que le ordena cantar.

 A la semana siguiente, Farid tuvo el turno de ser copero en una cena familiar. Y el joven esclavo se maravillo, porque aunque la había imaginado hermosa, no podía saber que la suya era una belleza andrógina. Le fascinó como si estuviera fascinado de un muchacho y le fascinó como si estuviera enamorado de una mujer.

Mi abuela Inés Comneno tenía diecisiete años y la apariencia débil, de nariz firme, pero delicada. Había algo particularmente sensual que había heredado de sus antepasados griegos. Sus ojos negros y una seriedad reflexiva. Cuando era niña, su aspecto reflexivo sugirieron al padre que tal vez debería enclaustrarla, hacer de ella una moja. Pero el duque Cornaro se enamoró de ella y a todos les pareció una magnífica señal. Nadie le preguntó lo que pensaba, se pagó la dote y se unieron en alianza las familias más poderosas de Chipre, dos de las familias más poderosas del Mediterráneo.

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