La estancia en Ostia duró poco. Allí, porteros enviados por el marqués Luis Méndez de Sotomayor los esperaban con carrozas para trasladarlos a una hostería cómoda y bien ubicada. Ambos, Alberto y Farid, se acomodaron en sus respectivos camastros y cayeron en un sueño profundo que se prolongó hasta la mañana siguiente.
Durante el trayecto desde Roma a Ostia, Alberto había experimentado sensaciones nuevas e intensas. Lo que sentía por Farid le recordaba al amor que alguna vez había albergado hacia Fabricio, aunque ahora lo veía distante, incluso etéreo. Había en este nuevo amor una ternura inconfundible, pero también un matiz de sensualidad que lo desconcertaba. Durante el viaje, el muchacho árabe había dormido envuelto en una manta áspera y gris, su rostro arrugado en un gesto que parecía reflejar pesadillas. Alberto, curioso y ansioso por compartir el paisaje con él, se acercó para despertarlo suavemente.
—Mira el puerto —le dijo.
Farid se desperezó, se estiró con lentitud y aspiró profundamente el aire cargado de sal del Mediterráneo. Para él, Hispania era un lugar mítico, la tierra de las Hespérides, del Vellocino de Oro, del paso de Aníbal con sus elefantes. En su expresión todavía somnolienta había algo que conmovió profundamente a Alberto. Observándolo, sintió que el mundo se había transformado. Todo —el cielo, el mar, incluso el muchacho que despertaba frente a él— le parecía digno de ser contemplado con una mirada renovada. Y, sin pensarlo demasiado, sonrió. Farid, adivinando el gesto, le devolvió la sonrisa.
Esa mañana, el hambre los despertó. Bajaron juntos a desayunar, y la matrona de la hostería, sin mediar palabra, colocó ante ellos una botella de vino. Desde su mesa, podían ver el puerto y sus actividades matutinas. A pesar de la temprana hora, bebieron con gusto y hablaron de música, un tema que siempre parecía unirlos. Sin previo aviso, un ruido extraño comenzó a llenar el espacio. Las botellas y los jarrones en la barra temblaban, el suelo vibraba bajo sus pies. Afuera, el mar gris se agitaba con olas encrespadas, como si una tormenta invisible lo hubiese agitado. Alberto, pálido, murmuró:
—La tierra se mueve.
Cuando el movimiento cesó, los rezos y las súplicas que se habían alzado al cielo comenzaron a apagarse. La matrona, práctica, regresó a limpiar los desórdenes en la taberna. Mientras los demás se calmaban, Alberto, todavía impactado, reflexionó sobre la experiencia.
—Esto es una señal —dijo la matrona, aunque no supo precisar de qué.
El mundo se movía en todas direcciones, pensó Alberto, pero no siempre de forma tan literal. Granada había caído. Los Méndez de Sotomayor enfrentaban sus propios problemas familiares. El mundo se acababa de muchas maneras diferentes, todos los días, con terremotos o sin ellos. Farid, escuchándolo, asintió.
—Es verdad. El mundo se ha terminado muchas veces. En Constantinopla, con mi amo, y en mí mismo cuando dejé el desierto. Siempre se acaba algo. Todos los días.
Farid tenía razón, pensó Alberto. Pero a sus diecinueve años, ya se sentía viejo, como si la vida le hubiera exigido más de lo que podía soportar.
Alberto despertó en una carreta, rumbo a Roma. Lo habían capturado, amarrado, y lo habían metido en un carruaje tirado por bueyes. Desde el sueño pesado que lo había envuelto en la noche, no esperaba nada más que la imagen de la Virgen de las Tribulaciones. Pensó incluso si extrañaba la figura o los momentos que había pasado frente a ella con Fabricio. Lo cierto era que la nostalgia lo había invadido. Por primera vez en su vida, extrañaba la disciplina monástica: los dormitorios austeros, el agua fría al amanecer, las oraciones de laudes. Y sobre todo, la música que componía con sus hermanos. Recordando, comenzó a cantar.
Sus captores, curiosos, se acercaron al escuchar su voz. Uno de ellos, con tono burlón, preguntó:
—¿Sabes tocar el laúd?
Alberto asintió. Entonces, le soltaron las manos y le trajeron un instrumento. Sus dedos, entrenados por años de práctica, comenzaron a rasgar las cuerdas. La melodía que emergió no era la alegre canción de Rodrigo Martínez que conocían, sino una versión triste y melancólica que daba un nuevo significado a sus palabras. La locura del hombre no era alegre, sino profundamente trágica. Cantó junto a la fogata, y en aquel instante, la música se transformó. Se convirtió en algo más que una canción; era un reflejo de su propia vida, un eco de su desesperación y su anhelo.
Al día siguiente, sus captores le permitieron viajar sin ataduras. Su canto había conquistado algo en ellos, y él, por primera vez, se sintió libre. Aunque supiera que esa libertad era efímera, que la locura de Rodrigo Martínez lo perseguiría siempre, esa música sería el único legado que llevaría consigo. En ese momento, en esa carreta rumbo a Roma, Alberto supo que él mismo era Rodrigo Martínez: un loco, perdido entre el amor, la aventura y la tragedia.