F0085 · Inés Méndez no encontraba respuesta a su constante “¿para qué?” ni…

Inés Méndez no encontraba respuesta a su constante “¿para qué?” ni en ser rica ni en ser hermosa. Con el tiempo, perdió también el sentido de peinarse largas horas en el balcón, observando cómo las antorchas de la villa se encendían a sus pies. Tras varios intentos de embarazo que siempre terminaban en aborto, perdió también el deseo de meterse desnuda en la cama de su marido, Garci Méndez de Sotomayor. Estaba vacía. Triste. Su madre intentaba consolarla con cartas en las que le decía: “Estoy segura de que las cosas irán mejor cuando te embaraces”, pero ese momento nunca llegó, y su “¿para qué?” creció en intensidad hasta consumirla.

Garci, al ver la melancolía que invadía a su esposa, decidió regalarle un esclavo, algo que había oído que hacía felices a las esposas de otros nobles. La familia Méndez de Sotomayor había oído hablar de un griego exótico, Farid, adquirido por un traficante que se hacía pasar por veneciano. Era un hombre de gran belleza y misterio, vendido por un mercenario conocido como Dalí. Farid, rebautizado como Eneas por sus nuevos dueños, se convirtió en parte de la pequeña corte de los Méndez de Sotomayor. Allí, bajo la atenta mirada de Garci e Inés, comenzó a tejerse la compleja red de relaciones y lealtades que definirían su destino.

Entre los esclavos de la casa, Farid encontró una inesperada conexión con Juan, el sirviente de confianza de los Méndez de Sotomayor. Juan, nacido cerca de Damasco, había sido vendido por su padre para saldar unas deudas. Aunque al principio su vida como esclavo parecía opresiva, para Juan representó una liberación. En la casa de los Méndez de Sotomayor, se movía con autoridad, trataba a los esclavos de menor rango como subordinados y disfrutaba de su estatus. Sin embargo, su relación con Farid era diferente. Entre ambos surgió una sincera amistad que rompía con las dinámicas de poder habituales.

—Eres mi único amigo —le confesó Farid una tarde.

Juan, acostumbrado a manipular y dominar, no supo cómo responder. Era extraño, incluso desconcertante, que alguien lo viera como algo más que un superior. Sin embargo, no podía negar la camaradería que había surgido entre ellos, fortalecida por las conversaciones que compartían mientras paseaban por las calles pedregosas de Chipre, recordando su pasado y soñando con un futuro improbable.

—La murmuración y el chisme son la verdadera fortaleza de un esclavo —le instruía Juan a Farid mientras caminaban hacia el mercado—. Pero también pueden ser su perdición. Aprende a escuchar, a ganar la confianza de todos: del amo, del ama y de los sirvientes de menor rango. Cada murmullo que escuches puede convertirse en poder.

Farid absorbía las enseñanzas de Juan, entendiendo que su supervivencia dependía tanto de su habilidad para interpretar las dinámicas de poder como de su aparente sumisión. Mientras tanto, Inés, cada vez más consumida por su vacío, encontraba en Farid algo más que una simple distracción: veía en él una chispa de vida que no encontraba en su entorno, ni siquiera en su esposo.

En una prisión oscura, lejos de Famagusta, Alberto trataba de mantener la calma. Hubiera querido rezar, pero la fe se le deshacía en la lengua como un sabor agrio e indefinible. Cuando la puerta se abrió de golpe, un chorro de luz lo cegó momentáneamente. Entró uno de sus captores, oliendo a vino, y le ofreció un trago. Alberto aceptó, sin ánimo de resistirse.

—¿Sabes quién te ha traído aquí? —preguntó el hombre.

—El Señor del Carpio —respondió Alberto con convicción.

El hombre soltó una carcajada.

—No. Él nunca ha amado a su mujer. No le importa lo que haga.

Alberto sintió una curiosidad punzante, pero no obtuvo más respuestas. Atrapado en su propia incertidumbre, comenzó a reflexionar sobre las decisiones que lo habían llevado a este lugar. Su mente se llenó de imágenes fragmentadas: la música que lo salvó en su juventud, las preguntas que nunca fueron respondidas y la figura de Farid, cuya presencia parecía envolver todos los hilos de esta intrincada red.

En la casa de los Méndez de Sotomayor, Farid continuaba con su rutina, sirviendo vinos con precisión y gracia. Inés lo observaba con atención, atrapada entre la ternura y un deseo silencioso. Farid, sin saberlo, se había convertido en el eje de las carencias de todos: de la melancolía de Inés, de las ambiciones de Juan y de los secretos que la familia Méndez de Sotomayor intentaba ocultar. Cada gesto suyo, cada nota que tocaba con la tiorba, resonaba en las vidas de quienes lo rodeaban como si fuese el centro de una melodía que nadie podía ignorar.

Esa noche, mientras el duduk tocaba una melodía que llenaba la casa con su melancolía, Inés decidió que, sin importar las consecuencias, tomaría lo que deseaba. Farid, sin saberlo, se convirtió en el centro de una trama de ambición, deseo y anhelo, mientras Alberto, encerrado en su prisión, comenzaba a vislumbrar los oscuros hilos que conectaban sus destinos.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes