F0083 · Farid despertó sobresaltado. El sueño que lo había inquietado se desvaneció…

Farid despertó sobresaltado. El sueño que lo había inquietado se desvaneció al instante, pero la incomodidad permaneció, como un peso invisible sobre su pecho. Frente a él estaba Alberto, el monje que, una vez más, vestía con la sencillez de un paje.

—Es hora —dijo Alberto con calma—. Tenemos que abandonar el pueblo. Los guardias de Velázquez no tardarán en registrar cada casa de San Cristóbal.

Traía consigo el duduk, un instrumento que consideraba esencial. Es lo único que necesitamos, añadió. Pero Farid, inmerso en pensamientos que prefería no compartir, no pudo evitar pensar que no le importaría ser atrapado. En el fondo, deseaba que lo apresaran. Sería un final eficiente, definitivo, algo que él no había tenido el valor de buscar por sí mismo. Sus pensamientos lo llevaron a Inés Cornaro, la mujer que había amado en silencio. ¿Qué será de ella ahora? Se preguntó con tristeza. La imaginaba feliz, tan feliz como aquella vez en que la observó desde lejos. Él, mientras tanto, se consumía de amor, mientras ella seguía disfrutando de la vida sin preocuparse por él.

Cuando Alberto volvió a la habitación con una yesca encendida, se detuvo para observar el rostro de Farid a la luz titilante. Farid sonrió.

—¿Qué sucede? —preguntó Alberto con una ternura que lo desconcertó.

—Te quiero tanto —murmuró Alberto.

Farid, sin saber qué responder o cómo sentirse, contestó automáticamente:

—Yo también te quiero.

Alberto colocó un dedo sobre sus labios, silenciándolo.

—Con Alaminos han llegado otros hombres. Hermanos franciscanos que cruzarán el océano para unirse a Cortés.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? —respondió Farid, intrigado.

—Quiero que vayas con ellos. Necesitan músicos, hombres como tú, no esclavos como yo.

En ese momento, Isaac, que había permanecido en silencio, murmuró algo por primera vez:

—Buscarte…

La palabra resonó como un eco en el pequeño cuarto. Farid no tuvo tiempo de reaccionar. Isaac se recostó en su pecho, y juntos se sentaron en el quicio de la puerta, esperando a que los vinieran a buscar.

Mientras tanto, en otro rincón del mundo, Alberto intentaba conciliar el sueño en los jardines de un monasterio. Había estado reflexionando sobre su lugar en el mundo, su pasado y su presente. Los tejados de Roma parecían incendiarse con el rojo del atardecer, y la Virgen de las Tribulaciones lo miraba desde la distancia, inmóvil, como una figura impasible. Alberto se sentía observado por los ecos de su infancia, por los recuerdos de los muchachos con quienes había aprendido a cantar cuando su madre lo dejó en el monasterio. La lluvia comenzó a caer, fina y fresca, salpicando los naranjales.

En la otra orilla del Tíber, Inés se levantó inquieta. Había dejado de escuchar el sonido del duduk, un instrumento que solía calmarla. Abrió la ventana y miró hacia el Aventino, buscando algo que no sabía nombrar. Desde el jardín, Alberto también miraba hacia el Trastevere, perdido en sus pensamientos. Si alguno de los dos hubiera tenido la capacidad de ver más allá de lo inmediato, de sentir más allá de lo palpable, habrían encontrado en ese momento la conexión que tanto anhelaban.

Mientras tanto, en otro rincón de Roma, Hakem paseaba por las calles después de un baño frugal. Vestido con elegancia y asistido por Farid, su esclavo, revisó los alambiques de su laboratorio antes de salir. Estaba decidido a encontrar el secreto de la inmortalidad, no para sí mismo, sino para los demás. Paseaba con calma, disfrutando del bullicio de la ciudad, hasta llegar a la Piazza Capranica, donde los sonidos y los olores de Roma le recordaban los días en que, como califa en Egipto, gobernaba con una mezcla de curiosidad y desdén por quienes lo rodeaban.

Roma, con sus calles decadentes y palacios imponentes, parecía un escenario para los encuentros y desencuentros de estas vidas entrelazadas. Inés miraba al otro lado del río, Alberto contemplaba las luces del Trastevere, e Isaac y Farid esperaban en silencio, sus destinos suspendidos en la incertidumbre del momento. Las decisiones, los deseos y los destinos de todos ellos se entretejían como un palimpsesto, una narración que, a pesar de las diferencias de tiempo y espacio, compartía un solo hilo conductor: la búsqueda incansable del sentido, del amor, y del lugar al que realmente pertenecían.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes