F0253 · Camino en sueños por las calles del pueblo. Entró a su casa y gritó:

* Hubo en el año de 1519, en lo que hoy se llama México, una casa de adobe blanco, esteras en el suelo, ventanas amplias y un jardín más allá del cual se podían ver las empalizadas del pueblo. Había en la casa de Atonatiuh una cocina de olor a miel, un metate, un horno escarbado en el suelo y una tapa de piedra. Eran las cuatro de la mañana. Hacía un fresco de olor a hierba, tierra roja y animaliltos muertos. Atonatiuh tenía, como Farid, quince años. Y mientas el otro caía desvanecido al otro lado de un mar inmenso, en el lugar donde nace el sol, Atonatiuh, soñaba. Se veía a si mismo en lo alto de un árbol. Era, en sueños, un niño de no más de cinco que imita en juegos el sonido del búho o de un venado. Y se transformaba en búho o se transformaba en venado. Se inclinaba en sueños sobre un río en que golpeaba el arco iris. Él bebía, del agua multicolor. Se soñó volando. Y se soñó viejo y luego, otra vez, tenía cinco años.

A las cuatro de la mañana de aquel veinticinco de mayo de 1519 comenzó la lluvia e Atonatiuh de quince años, el Atonatiuh que soñaba, se movió inquieto. Volvió a su sueño, era otra vez un niño. Caminó desnudo junto a la empalizada. Escuchó arriba al soldado que cuida el altépetl gritar que el cielo está claro, que no hay enemigos, que todo sereno.

Camino en sueños por las calles del pueblo. Entró a su casa y gritó:

—¡Mamá!

Tlali, su madre preparaba aguamiel sobre un petate al frente del horno.

Mirar en sueños a su madre le produjo una alegría de sabor amargo. En el mundo de la vigilia, Atonatiuh se cubrió con una sábana. En aquel tiempo Atonatiuh era un muchacho alto, de músculos fuertes. Y la sábana más que cubrir, delineaba su cuerpo.

—Mamá —volvió a decir en sueños.

Se miró parado frente a su madre, con los ojos grandes, almendrados.

Tlali hacía girar el agua en una jarra de barro. Agua y miel. Atonatiuh se inclinó frente a ella, le acarició la cara y preguntó:

——¿Es cierto lo que dicen los niños?

——¿Qué dicen los niños Atonatiuh? ——preguntó Tlali.

Atonatiuh bajó los ojos. Se sentía triste y avergonzado. No sabía si era justo que un niño que nació para ser guerrero, trajese en la cabeza esos miedos.

——Me han dicho que todos necesitamos sacrificarnos.

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