En menos de un año, Alessió se acostumbró a su nueva rutina y creyó descubrir que la vida en el monasterio era angustiante. Prefería el olor a azufre del alambique y dejó de interesarse en el misterio de la Encarnación. Estudiaba mejor el misterio de los elementos, una rosa dentro de otra rosa, El infinito de la creación que nace de la música que hacen los dioses que vibran en todas las almas, aún las más pueriles. Recordó que cuando era niño tenía visiones. Tenía siete años cuando la vio por primera vez. No era Cristo o un santo. Entre el sueño y la vigilia había visto una esfera dorada de la que parecían emerger pezuñas de buey. Por instinto trató de levantarse y salir fuera de la cabaña de su padre, lanzarse al mar, pero la esfera se dividió en cientos de fragmento que le penetraron por los poros, la nariz y la boca. Se quedó paralizado y aunque aún quería lanzarse a correr descubrió que había dejado de tener miedo. Al día siguiente le confesó al padre del pueblo lo que acababa de soñar. El hombre le dijo simplemente que la próxima vez que viniera a visitarlo un ángel debía preguntarle, ¿qué debo hacer? El niño prometió que así lo haría, pero el ángel no volvió. Ahora, en casa de Dante, el ángel esférico volvió. Y volvió a aterrarlo, pero Alessio tuvo el coraje para preguntar, ¿qué debo hacer? Y sin embargo, el ángel desapareció.
Siguió aprendiendo las artes secretas en el taller del alquimista. Aprendió a utilizar los alambiques, los matraces y los morteros. Aprendió también a leer los pergaminos y los mapas secretos de Isaac y que un alquimista busca el fuego de Zoroastro y sigue los caminos del Padre Infinito para recrear la sangre infinita de Dios en el mundo que habita dentro d este mundo. Un alquimista, se dijo entonces es uno que piensa que el hombre es el himno nupcial en la boda del mundo con Dios. Es un hombre que no conoce los límites y en la tensión de vivir entre los ángeles y los gusanos se ha volcado por la sabiduría de los ángeles. Caídos o no.
Los jueves a la hora octava, Alessio asistía a las reuniones de Isaac. En mayo de 1500 conoció a unos navegantes que sostenían que a los paraísos de Cipango y Catay se podía llegar por el oeste. Ahí, decían los judíos de Roma, debe estar el Homo Totus, el hombre total. En él radica la fuerza del verdadero perdón. No el de los cristianos que se alejan del mundo y vuelven lento su movimiento alrededor del sol.
En las reuniones se hablaba de alquimia y de lo superficial de la cristiandad, de esas fórmulas mecánicas que quitaban al mundo todo lo espiritual, pero se hablaba sobre todo de geografía. Se hablaba de la inmortalidad como una ciencia que no tiene más que un enemigo: la fe. Isaac terminó por convencerse, con la misma simplicidad con la que un año antes creía en Dios y en la Virgen de que nada verdaderamente religioso puede emerger del cristianismo que le había enseñado el padre Lionel. En las reuniones de Isaac había encontrado el anima mundi, lo espiritual de los diablos. Y era Dios el enemigo, era Él quien había castigado a los ángeles que había creado y que, sin embargo, se habían atrevido a saber. Isaac lo había liberado. Cuando se lo dijo Isaac se sintió feliz porque lo había logrado, había comenzado a arrancar del pecho del monje toda superstición. Le vino, sin embargo un pensamiento. ¿Cómo había podido él liberar a Alessio cuando no podía ni siquiera liberarse del remordimiento de haber abandonado a su padre cuando la caída de Constantinopla?
En otra de las reuniones se habló de la forma en que los sabios griegos e italianos habían subestimado el alma. La experiencia religiosa, escuchaba decir Alessio emerge de lo más primitivo del hombre. Del deseo de moverse y amar, del deseo de entregarse a las fuerzas terrenas del diablo y no la divinidad. Habían pasado seis meses en la casa de Dante y el monje no se escandalizaba ya cuando escuchaba semejantes afirmaciones. Bebía ajenjo y de noche volvían a él las iluminaciones. Embriagado por el ajenjo miró al ángel por tercera vez y le preguntó ¿qué debo hacer? El ángel respondió simplemente: cantar.
Los compañeros de Isaac se reunían en la biblioteca que había llegado a significar tanto para Alessio. Hablaban de la nobleza del León Rojo, de Benjamín hijo de Israel y un cachorro que despierta en el Nigredo del alambique. Poco a poco se fue familiarizando con el argot alquímico. Y mientras que Alessio creía estar ante una revelación Farid entraba y salía de las reuniones sin mostrar ningún respeto. Era claro que era el favorito de Isaac de modo que podía hacer como quisiera y había llegado a la conclusión de que todos aquellos términos e intenciones no eran otra cosa que patrañas. A él no le impresionaban aquellos viejos de barbas blancas que se mecían al hablar y que tanto respeto causaban en el amo y los otros.
Cuando Alessio estaba por cumplir un año de haber llegado a vivir con Isaac escuchó en una de las reuniones la historia de las nuevas rutas que los españoles estaban conquistando. Un marino genovés trajo a la Casa de Dante pergaminos que extendió sobre la mesa de caoba de la biblioteca y comenzó a explicar a Isaac y a sus invitados la verdadera disposición del mundo. Utilizaba para ello un viejo mapa florentino que tenía al centro del mundo, una esfera perfecta, el Paraíso. Al oeste estaba la ciudad de Constantinopla, al este el Asia que era bañada por cuatro ríos que, según aquel marino, daban origen a todos los ríos del mundo. Todo esto, concluía el genovés era un error. Todo lo que nos han enseñado, decía, todo lo que ha sido transmitido como doctrina sagrada es una mentira. Emilio, un joven portugués discutía con él, pero el genovés lo rebatía diciendo que los antiguos enseñaron que sólo cuatro ríos riegan la Tierra desde el origen del mundo y todo mundo sabía que eran cientos, miles de ríos los que riegan un mundo que, como sabían los más antiguos filósofos griegos, era fruto del caos. Es cierto, decía el portugués que no son cuatro, son cientos, tal vez miles de ríos. Tantos que no hay ya nombres para bautizarlos, pero el Paraíso existe y es un sitio terrenal.
El mundo como lo conocemos no puede ser fruto del caos o la casualidad. —¿Y la existencia del mal? —Preguntó Isaac.
—¿A qué se refiere?
—Si no existiera el mal sería más o menos fácil aceptar la existencia de Dios, pero Dios o acepta la existencia del mal o peor, lo ha creado. Y un Dios que acepta el mal, simplemente no es Dios. En resumen, Dios no existe.
Comenzaba la discusión. Se hablaba de la libertad, de la justicia más allá de la muerte y del futuro del mundo. Un mundo que inevitablemente sería devorado por los árabes.
Los sabios se escandalizaban, claro, ante semejante afirmación. Hablaban de los reinos cristianos que en oriente esperaban una señal para asistir a la cristiandad en su cruzada contra el otomano. Alguno recordaba la existencia de las tierras del Preste Juan, fundadas ni más ni menos por Santo Tomás Evangelista. Los judíos calificaban de patrañas estas historias, pero se interesaban en la historia de la Fuente de la Eterna Juventud porque había geógrafos que sostenían que está en Etiopía en el lugar donde se ocultó el Arca de la Alianza en cuyo interior se encuentra toda la potencia de Dios, el verdadero Dios, el de las diez sefirots, el único capaz de explicar el misterio del mal.
A Isaac no le interesaba ni el África ni la Fuente de la Eterna Juventud. Centraba su atención en la ciudad santa de Constantinopla y comenzaba a imaginar la posibilidad de llegar al este por el oeste. Se había demostrado que era posible, sin duda. Él no quería resucitar a los muertos, quería volver a su patria porque tenía la nostalgia del griego que se resiste a aceptar el naufragio de su civilización.
Esto era lo único que realmente atrapaba su interés: la ruta, el camino de Cipango y Catay que lo llevaría de regreso a la ciudad que habían asaltado los otomanos. Era el camino de regreso a casa donde no era necesario que nadie esperaba por él. Su padre, evidentemente habría muerto, pero Isaac, como buen griego, no necesitaba de un pretexto para volver.
Todo el tiempo que duraron las reuniones en la Casa de Dante había escuchado hablar de la Atlántida y las Antillas, de la Isla del Dragón y la Isla de Tobago, de la geografía del Paraíso y los semi humanos que hay en la ruta de la seda. Él Isaac, comenzó a pensar, recorrería el camino contrario al del gran Marco Polo. Él cerraría el mundo sobre sí mismo y estaba seguro, se encontraría con su propia Parusía, con el regreso de Dios. El mismo en el que decía no creer y al que, sin embargo, elevaba todo el tiempo reproches y plegarias. Iría más allá de las murallas de Gog y Magog. No tenía ya miedo a los ángeles y los gigantes. Quería verlo todo, los nuevos ríos y las ciudades viejas como Babel.