Cualquiera de los dos podría terminar en el cadalso en los tiempos que corrían.
Alberto caminaba cabizbajo, aterrado aún por la visión de la noche anterior. Se le aproximó el abad y le pidió que viniera con él. Lo cogió del brazo como hacía siempre que quería obligar a alguien a hacer alguna cosa. Fue tan sorpresivo que Alberto no tuvo tiempo de ponerse alerta. Comenzó recordándole todo lo que le debía el convento. Su voz se había vuelto famosa en la ciudad. Tanto que, cuando Alberto tenía doce años, el papa Inocencio VIII subió en procesión al Janículo para escucharlo cantar. El abad recordó sonriendo que el novicio no mostró ni nerviosismo ni alegría y que cuando el papa le preguntó que qué sentía de tener una voz tan hermosa, él, Alberto, se había limitado a decir que cantar era una obligación ante Dios.
En esta charla Lionel, el abad, había terminado por llevar a Alberto hasta sus oficinas. Lo sentó frente al scriptorium y siguió hablando de su voz.
Le entregó la imagen de La Virgen de la Tribulación. Le habló del tiempo en que había conocido a Jorge en Constantinopla y más adelante en Chipre.
—Yo excelencia? Llevar esta imagen sagrada?
—Jorge Comneno me pidió especialmente que lo llevaras tú.
Se quedó consternado. Sabía lo que se decía que el icono producía visiones. Además, había escuchado también algo que lo consternada. Que era un icono robado en los saqueos de la ciudad. Contempló la imagen. Era hermosa y aquel viejo, el viejo Jorge se la había arrebatado a los turcos. Todos los domingos se abría el convento a la peregrinación del pueblo romano. Venían hasta el Aventino para venerarla. Soy un privilegiado, pensó. Pero no podía pensar en otra cosa. ¿Qué es un alquimista. Pensó que extrañaría al monasterio, esta capilla, el jardín que se une al convento a través de un camino de tierra roja. El mismo por el que llegó al monasterio. Se miró a sí mismo, cuando caminó por los naranjales. Su madre lo vino a entregar porque en su casa se estaban muriendo de hambre. Y eso que no corría por sus venas sangre noble.
Porque a pesar de que poco después había llegado la pubertad, los cambios no destruyeron la voz de Alberto como había hecho, por ejemplo, con Fabricio. Al contrario, lejos de perder alguna en los agudos de su voz, ganó unos graves que ahora hacían vibrar los vitrales y la espina dorsal de los monjes que esperaban cualquier fiesta para escucharlo cantar el Te Deum. El mismo Lionel, le dijo, tenía que reconocer que no había escuchado nunca una voz tan hermosa; que escucharla le producía un placer culpable y dulzón.
—¿Por qué culpable eminencia?
Alberto había mordido el anzuelo. Le dijo, como si fuera culpa del monje, que una voz como esa no podía pasar desapercibida en una ciudad como Roma, tan llena de chismes y envidia. En resumen, Jorge Comneno rector de San Alessio, le pedía, es decir le ordenaba, que entrase a su servicio particular. Pero cuidado, le dijo, se rumora también que está rodeado de una corte de alquimistas.
—¿Alquimistas? —preguntó Alberto.
—Alquimistas.
—¿Y esos qué son?
Lionel puso cara preocupada, crecieron en él las ojeras y respondió mintiendo.
—¡Mira! Yo tampoco lo sé.
Cuando volvía a su celda, a la única persona a la que tenía ganas de contar lo sucedido era a Fabricio, su maestro de coro, el que le había enseñado a rezar, su único amigo. Le ilusionaba, sin duda, la idea de abandonar el convento. El abad le dio hasta el mes de octubre para preparar sus cosas y le pidió que no le dijese a nadie que Jorge Comneno estaba pidiendo a uno de sus monjes para que entrara a servir en su casa como si fuese un músico vulgar. Supo que Alberto no obedecería y que iría directo a contarle a Fabricio que lo habían echado o promovido o lo que fuese que imaginara ante semejante orden disfrazada de petición. En cuanto salió el monje, Lionel se sintió aliviado. Estaba convencido en secreto de que en había algo peligroso en la voz de Alberto. No se le había escapado la mirada extraviada del cantante pues, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, todos en el convento habían comenzado a rumorar que tenía los ojos de un loco. Mejor que se fuera con aquel otro noble al que llamaban Emperador, escándalo de los jerónimos de Roma que se había dado a la tarea de reunir en su casa del Trastévere a una caterva de conspiradores, cartógrafos y alquimistas. Porque vaya que sabía Lionel lo que era un alquimista. Pero Alberto tendría que averiguarlo por sí mismo y decidir el camino del bien o del mal; el camino de la vida o el de la muerte.
Aquella noche, después de Completas, Alberto se aproximó a Fabricio. Le dijo que en una semana se iría. Seguiría siendo un diácono, según le dijo Lionel, por lo pronto quedaba suspendida su ordenación. Fabricio se sorprendió con la noticia casi tanto como Alberto pero trató de ocultarlo para que no se le notara ni la tristeza ni el miedo. Durante once años no había tenido otro amigo, nadie con quien hablar de las cosas que en realidad le interesaban: la política romana, el devenir del mundo, el futuro de herejías como las de Savonarola cuya carta Tristitia obsedit me, los dos monjes habían leído y comentado en secreto. Caminaron en silencio por los jardines del convento y se perdieron por el lugar de los naranjales. Era el camino de tierra roja que conduce a la Virgen de las Tribulaciones y al mirador. No se dijeron nada. Se quedaron en silencio mirando a la ciudad y a la Virgen como habían hecho nueve años atrás cuando Alberto, desolado, vino a vivir a San Onofre. Y como aquella vez, el joven novicio se recostó en el pecho del maestro de coro y lloró. Escuchaba el latir del corazón de su hermano de modo similar a como Juan había escuchado durante la Ultima Cena el corazón de Dios.
Aquella noche Alberto no pudo dormir. Daba vueltas sobre su estera y todo lo sucedido se mezclaba en una imagen única, extraña, el batir del corazón de su hermano, la fama de Jorge Comneno el creador de grimorios y el ahorcado junto a la Virgen de las Tribulaciones. ¿Un alquimista? Se preguntó. ¿Qué es un alquimista? Como todos los hermanos en San Onofre había escuchado hablar de la Casa de Dante. ¿Le había gustado conocer el castillo? Tenía un aspecto malévolo. Y había fama de que aquí se reunían toda clase de personajes que, se sospechaba, conjuraban para poner y quitar cardenales. En realidad en este sitio se reunían con la puntualidad de los herejes cada jueves magos y cartógrafos para conjurar en contra de la religión. Y habían conseguido por fin colocar uno de ellos en el trono papal. Alejandro VI había sido visto en la Casa de Dante. Alberto no pudo evitar sentir curiosidad y un poco de orgullo ante la idea de que pronto pertenecería a este grupo selecto de conspiradores. Como sirviente, claro, como cantante, pero podría verles las caras.
—Te gustará La Casa de Dante —había dicho Fabricio.
Alberto no contestó. Sabía, como todos, que viviría como un noble, pero Alberto no estaba seguro de que en ese momento de su vida eso era lo que deseaba.
—El padre Lionel desea, sin embargo que te prevenga contra las ideas heréticas que pudiesen haberse introducido en nuestra orden.
—Hermano —preguntó Alberto— ¿has sido tú quien ha pedido que me vaya de aquí?
Fabricio se levantó de un salto. Se sentía triste y ofendido. Y era una mezcla tan extraña de sentimientos que no sabía como controlarlos. Estuvo a punto de llorar cosa que, por supuesto, hubiese considerado particularmente impropia.
—Por supuesto que no. Todo ha sido tal como te ha sido dicho: Jorge Comneno desea que te vuelvas músico en su capilla particular.
—Pero ¿por qué yo?
—Todo mundo sabe que tú eres el mejor músico de los jerónimos.
Fabricio bajó los ojos.
—Puede que yo sea un buen músico y conozca el arte del contrapunto, Alberto, pero tu voz no la tiene nadie en la cristiandad.
Era mentira. Aunque en ese momento ninguno de los dos podía saberlo. Y se quedaron ahí, frente al icono bizantino pensando que era cierto. Que Alberto era el mejor cantante de Roma. A decir verdad, el mejor cantante de Roma volvía a la casa de Dante y volvía borracho. Era un muchacho árabe con los ojos color de aceituna. Montaba un hermoso caballo negro: Viento del diablo. El muchacho árabe era Farid y, esclavo de Jorge Comneno. Cabalgando por entre mendigos, borrachos y prostitutas, cantaba una pasacaglia vulgar. Y había sin embargo en ese sonido todo el futuro de lo que serían las folías. No sólo Colón había encontrado un mundo nuevo, los artistas y los músicos encontraban también territorios vírgenes que nadie hasta entonces se había atrevido a investigar. Y los borrachos y las prostitutas; los muchachos de la calle miraban admirados a este árabe que paseaba por entre ellos como un príncipe por la calle de los bastardos cantando como lo que era: el más grande cantante del mundo.
Y eso que el mundo, como habían demostrado los exploradores castellanos, aragoneses y portugueses era mucho más grande de lo que nadie había imaginado. Lo regaban cientos de ríos. Estaba lleno de dioses que se escondían en montes y cavernas. Dioses que fecundaban plantíos en pueblos que nadie en Roma hubiese podido imaginar.
—¿Qué es un alquimista?