El campamento cimarrón no era un lugar fijo, sino una colección de pequeños asentamientos dispersos a lo largo del río, cada uno reflejando el caos y la libertad que los definía. Todos los que vivían ahí se proclamaban hijos del Rey Cimarrón, aunque pronto Eneas y los demás aprendieron que el título no pertenecía a nadie en particular. Aquí, el rey no era un hombre ni una mujer, sino una idea que flotaba en el aire húmedo de la selva, alimentada por sueños rotos y promesas no cumplidas.
El campamento estaba lleno de contradicciones. Más borrachos que en los caminos de Nueva España, más desilusionados que en las tabernas de cualquier ciudad conquistada. Esclavos que no sabían que la esclavitud había sido abolida compartían espacio con sacerdotes que habían perdido la fe, revolucionarios que ya no creían en la revolución, y exploradores que habían buscado El Dorado, Las Antillas o el mismísimo fin del mundo, solo para encontrar el vacío.
También estaban los fugitivos de sus propios fracasos: quienes saltaron el muro para terminar hartos de París, quienes abandonaron Nueva York decepcionados, quienes encontraron en Buenos Aires un amor que los destruyó. No había hombres con ojos en el estómago ni enanos negros y sabios como en los mitos que a veces se contaban. Todos eran humanos, profundamente humanos, y lo único que compartían era una convicción: defender aquel refugio de cualquiera que intentara imponer una forma de ser.
Eneas observaba este lugar con una mezcla de curiosidad y desesperanza. La selva vibraba con sonidos de risas, peleas y canciones desafinadas, pero había algo profundamente melancólico en el aire. Farid se paseaba por el campamento con su característico aire de desdén, aunque a veces se detenía a mirar las cruces clavadas en la tierra, como si buscara algo en ellas.
Cristóbal, en cambio, parecía adaptarse con facilidad. Tocaba su violín para los niños y los ancianos, y su música parecía traer un respiro de calma a aquellos que se detenían a escuchar. Víctor, siempre inquieto, ayudaba con las tareas del campamento, recogiendo leña o cargando agua, aunque no dejaba de mirar hacia el horizonte, como si buscara un escape.
Fue en ese lugar caótico donde Eneas se dio cuenta de algo que había estado creciendo en él desde hacía tiempo: amaba a Cristóbal. No con el amor arrebatado de los amantes, sino con una pasión silenciosa y gratuita, como la música que tocaba Cristóbal. Quería su compañía, nada más, y esa simplicidad lo llenaba de una sensación extraña, entre la paz y el dolor.
Una noche, mientras Cristóbal tocaba una melodía suave, Eneas se sentó a su lado. El fuego iluminaba los rostros cansados de los cimarrones, y el río reflejaba las estrellas con una claridad que parecía irreal.
—¿Qué crees que significa este lugar? —preguntó Eneas, rompiendo el silencio.
Cristóbal lo miró, sus dedos todavía danzando sobre las cuerdas del violín.
—Significa que no importa cuán lejos corras, siempre llevas tus fantasmas contigo.
Eneas asintió, mirando el fuego. Quiso decirle lo que sentía, pero las palabras se le atoraron en la garganta. En cambio, dijo:
—Tu música hace que este lugar parezca menos terrible.
Cristóbal sonrió levemente, pero no respondió. Siguió tocando, y Eneas cerró los ojos, dejando que la música llenara el vacío que sentía dentro.
El campamento cimarrón no tenía reglas claras, excepto una: nadie podía imponer su voluntad sobre los demás. Sin embargo, el caos no era completo; había un extraño orden en su desorden. Las noches se llenaban de historias y canciones, y los días eran un flujo constante de trabajo, discusiones y pequeñas victorias.
Narumi, siempre pragmática, observaba todo con una mezcla de curiosidad y desaprobación.
—Esto no es un reino —dijo una vez, mientras ayudaba a Farid a reparar una balsa.
—No, pero tampoco es una prisión —respondió Farid, mirando el río con ojos distraídos.
Narumi lo miró largamente, como si intentara descifrarlo.
—Tal vez deberíamos buscar algo mejor.
—¿Algo mejor? —Farid sonrió con amargura—. ¿Crees que algo mejor existe para nosotros?
Narumi no respondió, pero su silencio parecía cargar una respuesta que Farid no estaba listo para escuchar.
El Reino Cimarrón era muchas cosas, pero no era un final. Para Eneas, Cristóbal, Víctor y Narumi, se convirtió en un punto de transición, un lugar donde sus deseos y miedos se enfrentaron a sí mismos. Allí, en medio del caos, encontraron algo que no sabían que buscaban: la certeza de que el viaje debía continuar.