F0914 · f. El enamoramiento de Juan y sus enseñanzas.

Como para no decepcionar a la gente, el primer esclavo que bajó era un negro gigantesco que a los nahuas les pareció la encarnación de Tezcatlipoca. Esos negros con cuerpos de dioses cuidan allá del otro lado del mundo serallos, harenes con damas infieles que susurran palabras de amor antes de degollar a sus amantes. 

Los pies enormes del capataz, hicieron crujir la madera en el puerto. Salieron los mercaderes y Farid, Farid, iba al medio de la procesión.

f. El enamoramiento de Juan y sus enseñanzas.

Juan Herrero sucumbió a la voz del niño como sucumbió el

árabe, cuando vio el baile entre el caos y el encantador de

serpientes.

A Farid lo castraron en Damasco. Juan Herrero es un castrado

por convicción, por fe.  Los dos se encuentran enganchados

con los secretos del otro. Juan se sabe el símbolo de la

castración, del padre musculoso que todavía se aparece en los

sueños del mulato capón. Farid intuye los sueños de Juan

cuando éste reza y se mete en la cama y apaga el sebo con

gesto de contrición. Pero suceda lo que suceda, Dios cierra

la puerta cuando dos que de verdad se quieren entran en

intimidad.

Se abrió una puerta en el barrio tlaxcalteca. Manuel, un

guerrero inconforme se ha dejado seducir por el odio hacia

Europa que hay en los ojos de Farid.

     Farid sonrió. Manuel gritó maldiciones en náhuatl y

permitió que entrara con él. La casa olía a húmedo. Farid se

echó sonriendo en el petate del conspirador. Y comenzó a

desvestirse.

Luego del choque de cuerpos y de la explosión en las

tensiones, Manuel acariciaba el pelo chino del mulato.

     —Con este pelo —dijo Manuel—, en tiempos de mi padre te

hubieran sacrificado.

     —No entiendo náhuatl —dijo Farid.

     —No te entiendo. No hablo castilla.

     —No sé qué me dices.

     —Eres lindo y feo. Y me gusta tu cara y me siento tan

bien con tu cuerpo.

     —¿Qué lengua es esa? Suena llena de maldiciones.

     —Y tu cuerpo todo perdona. El abandono del Único y no

hay dolor en lo que hacemos. Ni me importan las maldiciones.

     —Debe ser árabe.

     —Debe ser —Farid se metió en sus brazos—. Debe ser un

recuerdo de vidas pasadas lo que me trajo aquí, Manuel.

     —¿Qué dices, Farid?

     —Al cuarto oscuro donde los conquistados se acarician y

hacen el amor.

Manuel abrazó a Farid. Se besaron el pecho y el pelo. Se

dijeron cosas que no pueden decirse, ni en árabe ni en

náhuatl. Farid, el esclavo, fue jarra despostillada que cruzó

tantas leguas para servir aquí a un único dueño.

     —Soy barro. Úsame. Estoy aquí para servirte.

     —No llores. No entiendo qué dices.

Farid volvió a la batalla y olvidó en el arte de esa guerra a

Farid, a su madre, el canto llano de los conquistadores e

incluso, al Encantador de serpientes.

Manuel entregó a Farid un saquito con dinero. Farid guardó la

bolsa y salió de casa de Manuel sintiéndose un poco culpable.

Juan de Claraval partió el pan en la celda suya. Ahogó la

hogaza en un poco de vino y sintió tanto placer que le

pareció insensible no hacer nada. Tomó pluma y tinta. Alisó

el pergamino y comenzó a escribir el ceremonial.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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