Como para no decepcionar a la gente, el primer esclavo que bajó era un negro gigantesco que a los nahuas les pareció la encarnación de Tezcatlipoca. Esos negros con cuerpos de dioses cuidan allá del otro lado del mundo serallos, harenes con damas infieles que susurran palabras de amor antes de degollar a sus amantes.
Los pies enormes del capataz, hicieron crujir la madera en el puerto. Salieron los mercaderes y Farid, Farid, iba al medio de la procesión.
f. El enamoramiento de Juan y sus enseñanzas.
Juan Herrero sucumbió a la voz del niño como sucumbió el
árabe, cuando vio el baile entre el caos y el encantador de
serpientes.
A Farid lo castraron en Damasco. Juan Herrero es un castrado
por convicción, por fe. Los dos se encuentran enganchados
con los secretos del otro. Juan se sabe el símbolo de la
castración, del padre musculoso que todavía se aparece en los
sueños del mulato capón. Farid intuye los sueños de Juan
cuando éste reza y se mete en la cama y apaga el sebo con
gesto de contrición. Pero suceda lo que suceda, Dios cierra
la puerta cuando dos que de verdad se quieren entran en
intimidad.
Se abrió una puerta en el barrio tlaxcalteca. Manuel, un
guerrero inconforme se ha dejado seducir por el odio hacia
Europa que hay en los ojos de Farid.
Farid sonrió. Manuel gritó maldiciones en náhuatl y
permitió que entrara con él. La casa olía a húmedo. Farid se
echó sonriendo en el petate del conspirador. Y comenzó a
desvestirse.
Luego del choque de cuerpos y de la explosión en las
tensiones, Manuel acariciaba el pelo chino del mulato.
—Con este pelo —dijo Manuel—, en tiempos de mi padre te
hubieran sacrificado.
—No entiendo náhuatl —dijo Farid.
—No te entiendo. No hablo castilla.
—No sé qué me dices.
—Eres lindo y feo. Y me gusta tu cara y me siento tan
bien con tu cuerpo.
—¿Qué lengua es esa? Suena llena de maldiciones.
—Y tu cuerpo todo perdona. El abandono del Único y no
hay dolor en lo que hacemos. Ni me importan las maldiciones.
—Debe ser árabe.
—Debe ser —Farid se metió en sus brazos—. Debe ser un
recuerdo de vidas pasadas lo que me trajo aquí, Manuel.
—¿Qué dices, Farid?
—Al cuarto oscuro donde los conquistados se acarician y
hacen el amor.
Manuel abrazó a Farid. Se besaron el pecho y el pelo. Se
dijeron cosas que no pueden decirse, ni en árabe ni en
náhuatl. Farid, el esclavo, fue jarra despostillada que cruzó
tantas leguas para servir aquí a un único dueño.
—Soy barro. Úsame. Estoy aquí para servirte.
—No llores. No entiendo qué dices.
Farid volvió a la batalla y olvidó en el arte de esa guerra a
Farid, a su madre, el canto llano de los conquistadores e
incluso, al Encantador de serpientes.
Manuel entregó a Farid un saquito con dinero. Farid guardó la
bolsa y salió de casa de Manuel sintiéndose un poco culpable.
Juan de Claraval partió el pan en la celda suya. Ahogó la
hogaza en un poco de vino y sintió tanto placer que le
pareció insensible no hacer nada. Tomó pluma y tinta. Alisó
el pergamino y comenzó a escribir el ceremonial.