A Mi abuela Inés todo aquello, las naranjas y el huerto, el aroma de la boca del muchacho que muy cerca le cantaba con olor a dulce y piñón, que supo que había llegado el momento y le besó la mano.
Mi abuela Inés miró por primera vez el huerto y sintió el olor de las naranjas. Pudo sentir el olor del muchacho que canta cerca de ella. Y huele dulce, a naranja y piñón. Mi abuela Inés se siente Esa noche, en uno de los puertos del canal mayor, que Farid había convertido en su refugio. Al otro lado se miraba el Lido y él, se dijo:
—Ahora ¿qué es lo que deseas?
Él mismo se respondió como si su voz proviniese de abajo, del agua verde y se escuchó decir.
—Ahora quiero que me ame. Y que se entregue a mí sin importar que yo sea un eunuco.
Miraba los barcos cruzando al otro lado, a la isla. Había también barcos pesqueros y naves en las que iban y venían los nobles más poderosos de Venecia. Se sentía cautivado por el vaivén de las góndolas y aunque envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento se sintió dueño de sí. Libre por fin y siguió planeando y cada plan nuevo desencadenaba en él alguna tormenta. Y eso es lo que, sin saber, lo tenía encadenado.
Un día, Mi abuela Inés Comneno estuvo a punto de confesar a su marido lo que había comenzado a sentir por el eunuco. La sensibilizaron las conversaciones que tuvo con el confesor, un cura de nariz prominente que se escandalizó tanto cuando escuchó todo lo que la princesa estaba contando que se negó a absolberla si no iba y decía todo a su marido, Vicente Cornaro.
No lo hizo, y no se sintió mal. Era, sin duda, un triunfo de su carácter. Mi abuela Inés, más bien, dejó de confesarse y se entregó al placer de la belleza. Lo atraía como nunca la mesa bien servida; le atraía la forma de los árboles y un día se descubrió sorprendida diciendo para sí:
—Qué hermosa es mi vida. Qué hermosa es esta ciudad y esta villa.
Tenía cinco años viviendo ahí con su marido, pero nunca la había visto. Tenía dieciséis años viviendo en Venecia y nunca se había dado cuenta de lo hermosa que era la ciudad en la que le había tocado nacer. Toda esa belleza, sin embargo, deseaba compartirla con él, con ese muchacho. Y como Juan había dicho, era su cualidad de eunuco lo que más la atraía. No sólo se preguntaba ¿cómo será hacer el amor con un castrato? Perdía la respiración imaginando su desnudez, la posibilidad de descubrir para él su hombría y descubrir en ella la fuerza de su belleza y su seducción.
Se sentía consternada, sobre todo cuando Eneas le besa la mano. Ella se levanta y se va.
Eneas esa noche pensó que todo había acabado. Terminaría en el cepo. Sería vendido. “No importa”, se dijo. “Quiero me ame. Y que se entregue a mí. Quiero que rompa sus votos matrimoniales, quiero que muera por mi”.
Miraba los barcos en el mar. Se sentía cautivado con el vaivén de las carabelas, envidiaba en los pájaros la fuerza de su aislamiento
El 10 de febrero de 1531 se escuchó un grito en el puerto de la Vera Cruz. Un vigía prieto gritó que “hay a la vista un barco”. Era apenas un punto el bergantín. Se fue haciendo grande, aclarándose contra el azul de la tarde.
Viene de Cuba, comentaron los curiosos, de Santo Domingo y más allá, de las tierras del Gran Turco.
Cuando era ya claro para todos que el Santa Sofía cortaba el agua púrpura, un niño gritó: “mira, es una ballena”. No, es un
barco que parece una ballena negra. Y si uno se pone de este lado, brillan las gotas de agua con el reflejo del sol. Un grito en italiano y dan amarras. Cayó el ancla como un puño de gigante. Perforó el cieno. En el fondo del mar se levantó una muralla de verde que nadie vio sobre las aguas.
Farid asomó curioso por la escotilla. Miró la tierra firme de Nueva España. Había niños morenos empujándose en el puerto. Se hacían de un lugar para mirarlo. Detrás de la ciudad, Farid miró al sol. Dicen los indios que desciende al infierno y lo escoltan guerreros muertos y parturientas. Sobre la piedra en san Juan el sol dejó una estela de sangre.
El puerto en Veracruz se llenó de curiosos. En unos minutos todo se llenó de indígenas y españoles. La gente se agolpó detrás de los cargadores. Querían asistir a la procesión de los esclavos que traen los mercaderes venecianos de las tierras del gran turco. Los árabes son hermosos y caros. No se ven a menudo en México. La gente chismea: que tienen melenas largas, enormes miembros, cuerpos que son puro músculo.