Con la amistad del monje, en Farid se había abierto la herida de la acedia. Remendaba su sayo cuando volvió a agredirlo la violencia. Y mientras que él se concentraba en recordar a su amigo, Alessio trataba de olvidarlo todo, el recuerdo de la abadía y de sus hermanos. Se abandonó a sí mismo donde no había ni Dios ni tabernáculo, ni memoria. Quería volverse lo que Farid llamaba un cruzado. Y mientras crecía en él la vocación por la aventura, en Farid crecía la voz que murmuraba, ¿para qué? Uno creía haberse podido olvidar para siempre a Dios y las rutinas del monasterio, mientras que el otro encontraba cada día más opresivo el amor de aquel Dios que se afanaba en las pequeñas mortificaciones en la clase de música en limpiar el coro, abrir las ventanas y llevar agua a las bestias. ¿Para qué? Sólo encontraba alegría en cuanto podía volver a la celda después de completas para tratar de dormirse.
Las charlas con Farid había dicho al esclavo y al monje que tal vez en el camino hacia el oeste encontrarían Asia. Esto era lo que más ilusionaba a Farid quien de pronto pensó que tal vez podría cumplir el juramento que hizo a su madre antes de que fuesen capturados por los mercaderes de esclavos.
—¿Irás a la Meca?
—Si madre, te lo prometo.
Aún así, había comenzado a olvidarse del dios de su niñez y, cosa extraña, había comenzado a sentir algo, no sabía muy bien qué, hacia el dios de los nazarenos. Tanto que una tarde en que miraba atardecer sobre el puerto en el que pronto se embarcarían con aquel fraile, murmuró por primera vez:
—Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
No sucedió nada y él desesperado se lanzó afuera de la ventana y comenzó a correr. Los muros parecían levantarse, las telas en los balcones, telas de todos colores; corrió más allá de los pajes, los mendigos, los soldados y las mujeres, los hombres barbados. ¿Para qué corres? Se detuvo sin saber hacia dónde iría y repitió el juramento:
—Nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
Subió una calle. Comenzó a pensar que era un error haberse rebelado, creer que era posible cambiar el destino que había sido escrito en la mezquita celestial. Se encontró entonces con un muchacho que en la plaza estaba danzando con una serpiente. Se detuvo fascinado y dijo por tercera vez:
—No creo en ti, Jesucristo, pero te daré mi vida si me sacas de este lugar.
Absorto se quedó mirando el baile entre el muchacho y la serpiente. Creyó escuchar en ello la respuesta a sus plegarias, la respuesta del misericordioso dios que había permitido la muerte de su madre, el señor del desierto, el del apóstol y Juana la loca, el Dios del Mediterráneo, el que habita en los Troodos y en lo más profundo del mar. Comenzó a olvidar a su madre y al extraño fraile que se había vuelto su hermano y sin saber quién era olvidó su nombre y el de sus hermanos. Olvidó que era un esclavo y su historia comienza justamente en este lugar.