F0423 · ***…

***

Alberto lo entendió (o creyó entenderlo) por fin. El secreto de la juventud del muchacho árabe era la castración. Porque Massah Allah, desde el principio del tiempo así había sido querido, que uno de aquellos dos muchachos sobreviviera y que en el éxtasis del dolor y la droga soñara con ángeles descomunales y un cordero que descendía en una fiesta de agua y vino que emergía de una pila bautismal. En carne humana, la carne de un profeta en una fiesta en la que él y Rashid caminaban por un laberinto de aromas hasta llegar a la Mezquita Azul. Y sobre el alminar tronaba la voz del almuecín. Caía la tarde, era una boda. Farid bebía de la sangre y Rashid, vestido de

ayoría de aquellos hombres seguía siendo un héroe a pesar de todas las noticias que se tenían de los excesos cometidos contra los bárbaros del Nuevo Mundo a quien la reina Isabel había querido considerar sus súbditos. 

Bartolomé de las casas seguía en La Española

El marqué de las Salinas apostaba porque Castilla se volviese dueña de Europa. Unos especulaban con el oro, el otro quería el oro mismo y si no era posible conseguirlo, habría que contentarse con perlas. Además el señor de Las Salinas despreciaba a los alemanes donde había comenzado un nuevo fervor religioso que quería acabar con la tradición. A pesar de amar a su hijo era un católico férreo. Era el espíritu de una suerte de nuevo Evangelio que renegaba de toda sabiduría y humanidad. Farid se convencía de la necesidad de escapar porque se decía que nunca Europa se había visto en tanto peligro. Los clérigos en Alemania estaban obsesionados con matar toda la ciencia mientras que los grandes banqueros propiciaban las investigaciones. Los clérigos alemanes veían a Alberto Magno y a Santo Tomás con desdén. Aquellos hombres que también habían sido alquimistas ahora eran atacados abiertamente. Se contradecía a

Aristóteles y a Pedro Lombardo, se confundía la sabiduría de Cristo con la simplicidad. 

Como muchos años después sucedería con Carlos, a Farid le entusiasmó España. Mucho más que Roma o Alemania. Le gustaba el clima mediterráneo y la pasión que ocasionaba en todos las historias de la Batalla de Roncesvalles. Era verdad que eran explosivos y poco educados, pero uno podía confiar en lo que estaban pensando. Con los romanos era imposible saberlo. 

Farid leyó la carta en que le ordenaba que comenzara los preparativos para trasladarse a Burgos. Le pidió que preguntara a Alberto si quería ir. Aceptó. Ni siquiera quiso ir a despedirse de su antiguo maestro para no caer en la tentación  Farid había enviado un documento que Farid pudo cambiar por suficiente oro para licenciar a los esclavos y los sirvientes. Todo había comenzado a quedar atrás para el esclavo y el monje. Le otorgó poderes para vender sus propiedades y en poco tiempo se puso en venta la Casa de Dante que fue comprada por otro alquimista genovés que había sido entusiasta de las reuniones que tuvieron lugar en esta biblioteca durante diez años. El hombre entró y visitó la casa. Era suya, por fin, con todos aquellos libros con excepción de los que escrupulosamente le había pedido Farid que conservara y entre los que estaba, por supuesto, Petrarca y el viejo Dante. Farid había escrito la carta en una hostería en el puerto. Se había emborrachado y le habían parecido hermosas las mujeres de sonrisa de dientes blanco. Estaba convencido de que estaba viendo el atardecer más hermoso del mundo y así se lo hizo saber a este esclavo a quien consideraba, en realidad, un amigo. En Sevilla, gracias a la imprenta Sevilla hervía de noticias cosmográficas que antes hubiesen tardado muchísimo en transmitirse. Había leído textos herméticos como los que tenía en su casa y que habían dejado de

tener interés para él. Pero en estos nuevos textos no había ni siquiera sabiduría sino una suerte de ideas contra la monarquía en que se apoyaba a Juana como legítima heredera de Castilla y Aragón contra su padre. Le había dejado de interesar la literatura gnóstica y como Florián había decidido quedarse con la aventura de los libros caballerescos en que se narraba la historia de Roncesvalles y Covadonga y, aunque seguía pensando en Dios como el gran arquitecto, en poco tiempo se encontró volviendo a rezar. Al principio le causó extrañeza, pero pronto descubrió que este hecho que lo unía con aquel padre al que había abandonado en el momento de peligro, le daba paz. Estaba envejeciendo y este hecho no sólo le producía problemas para escribir cartas o para leer, le causaba problemas en la Casa de Contrataciones donde a pesar de todas las 

Estaba parado sobre   la cubierta revisándolo todo, los aparejos, el palo mayor, las cestas de los vigías. Él imaginaba que podía echarse a volar. Que podía cruzar el mar y llegar a la Meca donde ¿qué sucedería? No sucedería

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes