F0422 · MARIANA: ¿Como lo sabe?

MARIANA: ¿Como lo sabe?

MARCEL: Lo iremos sabiendo a lo largo de la película. Por lo

pronto, una vez que ha terminado la misa y que todos los

infantes del coro recogen sus cosas y se van con sus padres,

Farid Sebastián se queda solo sentado en una banca de madera.

Entonces aparece el verdadero protagonista de nuestra

película.

MARIANA: Es decir.

MARCEL: Juan Hernández, el primer maestro de capilla de la

catedral de México Tenochtitlan. Don Juan se acerca al

mulatito. Le acaricia la cara. Farid sale corriendo. Sale de

la catedral. Vemos entonces la ciudad de México en 1531. Es

una ciudad en ruinas sobre una laguna que apesta. Las calles

están llenas de lodo que casi devora los pies del niño que

corre. Hay mendigos por todas partes. Farid se detiene junto

a una mujer indígena que pide dinero. Le entrega un tomín,

una monedita de cobre y la mujer le dice en náhuatl: Ojalá

que Dios te bendiga con muchos hijos. Farid, que ha aprendido

náhuatl y español con los otros infantes del coro entiende lo

que le ha dicho la mujer y vuelve a correr horrorizado. Sabe

que nunca podrá tener hijos. Sabe que es un capón, un

castrado al que operó una vieja en los países árabes para que

pudiese cuidar los harenes del Sultán.

MARIANA: Es un niño tan bonito. Cuando crezca, todas las

mujeres del sultán querrían acostarse con él.

MARCEL: Pero no. Farid fue hecho prisionero por un barco de

navegantes genoveses que lo vendieron a su vez a traficantes

alemanes que lo trajeron a la Nueva España, al puerto de

Veracruz donde alguien, un miembro del cabildo de la catedral

metropolitana de México lo compró para regalárselo al viejo

Hernando Estévez. Para que lo cuidara en sus achaques y su

vejez.

PAUSA.

MARCEL: Ahora el niño vaga más tranquilo por la ciudad de

México. Tenochtitlan apenas ha comenzado a adquirir la forma

que tendrá siglos más tarde. Hay templos destruidos en los

que todavía queda el olor a sangre. De las ventanas de una

casa salen blasfemias en castellano, se escucha el ladrido de

los perros y en alguna de las pocas calles empedradas, el

sonido también de los cascos de un caballo. Farid se agazapa

bajo el dintel de uno de los caserones que han comenzado a

construir los conquistadores. Abraza sus piernas casi

desnudas, se mira los pies y siente tristeza de sí mismo, de

sus pies descalzos de esclavo de lujo. Se queda dormido y es

entonces el sueño del capón. El sueño del castrado:

cimitarras y mujeres que lo miran en serrallos detrás de

velos de seda multicolor.

PAUSA.

MARCEL: En la catedral, el maestro Juan Hernández ha

terminado sus oraciones; apaga la vela, pero alguien toca a

la puerta. Él se levanta, cree que será Farid, pero no. Es

Pedro de Gante. Hablan en latín, porque Pedro de Gante nunca

aprendió español, sólo hablaba náhuatl, flamenco y latín.

Gracias a los subtítulos sabemos que Farid es un muchacho muy

rebelde, que le hizo la vida imposible a su dueño a Hernando

Estévez quien quiso devolverlo a la catedral.

MARIANA: Devolverlo.

MARCEL: En el cabildo se discutió el asunto. El muchacho

pertenecía a la catedral. Había sido regalado como una

especie de prestación, pero Hernando Estévez… no podría. No

hay dónde devolverlo. El cabildo, presidido por fray Juan de

Zumárraga, concluye que el muchacho tendrá que vivir ahí

mismo, en la catedral, para que no moleste al conónigo

Estévez, pero Juan Hernández pidió responsabilizarse de

Farid. Es un buen muchacho, dijo.

MARIANA: Además, Juan Hernández, está enamorado de él, del

mulatito.

MARCEL ENCIENDE UN CIGARRO. ESTÁ CONSTERNADO.

MARCEL: No lo sé. Eso no lo sé. No lo dicen las actas. Las

actas capitulares sólo dejan constancia de que Estévez quiso

devolver su regalo a la catedral y que el cabildo no sabe qué

hacer con el muchacho.

MARIANA: Pero dicen que…

MARCEL: ¿Te gusta?

MARIANA: ¿La historia? Si.

MARCEL: No, digo, la idea de imaginar a un hombre mayor,

vestido de monje franciscano, enamorado de un muchachito.

MARCEL: Luego huyó, el mulato huyó, se largó de la catedral.

MARIANA: ¿En serio?

MARCEL: Cuando comienza la segunda parte de nuestra película,

Farid tiene un objetivo: largarse a España.

MARIANA: ¿Y Mariana?

MARCEL: Si quieres, se escapó con él. Se escapó con el

esclavo. Se fueron camino a Puebla donde miraron los andamios

de la catedral que estaban construyendo. Siguieron luego a

Veracruz y en las montañas se encontraron con los negros

cimarrones, esclavos fugitivos como él. Pero él también aquí

era distinto. Él no era africano, era árabe de color de

mulato. Además, los cimarrones eran campesinos. Deben haberlo

despreciado, por su raza y por venir con una blanca con él.

Cimarrones les llamaban a los negros salvajes, los españoles

imaginaban que eran como animales que volvían a la selva.

Eran iletrados, no sabían latín, ni leer música. No habían

conocido al virrey ni a Pedro de Gante. Los cimarrones sabían

otras cosas como cultivar la tierra y matar cerdos. Hacían

rituales africanos para beberse a los espíritus. Ser

encantador de serpientes no sirve para comer. Farid y Mariana

vivían en barracas promiscuas. Un día estuvieron a punto de

matar a Farid. Se despertó amarrado. Un muchacho senegalés

estaba lamiendo el cuello de Mariana ahí, en la cama de

junto. Nadie hacía nada. Y a ella la hubieran violado y a él

le hubieran reventado la cabeza si no hubiera intervenido un

cimarrón enorme de piel casi azul y barba blanca que con una

mano levantó al muchacho senegalés y lo aventó al otro lado

de la barraca. Hubo una pelea. Farid y Mariana volvieron a

salir de noche del pueblo cimarrón. No había luna y en la

noche escucharon arrastrarse a La Serpiente. Corrieron, había

ramas que les azotaban la cara y cuando despertaron se dieron

cuenta que habían dormido en la sementera de un pueblo

náhuatl. Un hombre que vestía la piel desollada de otro

hombre llamó al pueblo y todavía los niños los siguieron un

tramo arrojándoles piedras. Mendigaron en Orizaba, en Xalapa

hicieron el amor. Finalmente los detuvieron en el puerto de

Veracruz. Alguien lo identificó, los identificó. Eran casi

unos niños. Eran tontos de pensar que podrían haberse

embarcado hacia ninguna parte.

MARIANA: ¿Estaba tatuado?

MARCEL: No lo sé. No hay fotos de Farid, imaginarás.

MARIANA: El nuestro, el de la película. ¿Está tatuado?

MARCEL: Si… ¡No! ¡Claro que no! Él es un objeto, ¿me

entiendes? Eso lo atormenta y lo enorgullece al mismo tiempo.

Es un objeto de lujo. Vale —y eso sí lo sé por las actas de

cabildo— el sueldo de un año de su maestro Juan Hernández. El

cabildo le ordenó a un canónigo que fuera por él. Volvieron.

Ella deshonrada, el padre habrá hecho un escándalo y la habrá

encerrado a piedra y lodo en un convento de monjas

clementinas, qué se yo. A él no le fue tan mal, era un

esclavo, pero un esclavo caro, un cantor. Queda asentado en

actas que Farid Sebastián pidió que se le tratara como cantor

profesional. Que se le diera un vestuario apropiado, una casa

propia y que le pagaran, digamos que por encima del tabulador

de la época. Mucho dinero. Porque Farid tenía ya definido su

objetivo. Quiso ir a España porque alguien le dijo que allá

un cantor profesional ganaba en oro y él quería ganar lo

suficiente para comprarse a sí mismo.

MARIANA: Tiene que pasar algo.

MARCEL: La muerte. Le sucedió la muerte de Juan Hernández. En

la ciudad había comenzado, entre los indígenas, un rumor. Que

se había aparecido Tonantzin. Y Farid cantaba y ahorraba

dinero para comprarse. A veces pasaba frente al convento de

Mariana y suspiraba. A él, ella había dejado de parecerle

importante.

MARIANA: Y ella lo miraba a él, lo miraba fuera de la ventana y la dolía en el vientre su felicidad. Le dolía recordar lo que acaba de suceder hace unos minutos, la noche que hicieron el amor por primera vez. Ella no es importante Marcel. Ni siquiera se quieren. Hoy voy a volver a casa de mi padre. Mañana, o tal vez pasado mañana, voy a largarme de mi casa

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