MARIANA: ¿Como lo sabe?
MARCEL: Lo iremos sabiendo a lo largo de la película. Por lo
pronto, una vez que ha terminado la misa y que todos los
infantes del coro recogen sus cosas y se van con sus padres,
Farid Sebastián se queda solo sentado en una banca de madera.
Entonces aparece el verdadero protagonista de nuestra
película.
MARIANA: Es decir.
MARCEL: Juan Hernández, el primer maestro de capilla de la
catedral de México Tenochtitlan. Don Juan se acerca al
mulatito. Le acaricia la cara. Farid sale corriendo. Sale de
la catedral. Vemos entonces la ciudad de México en 1531. Es
una ciudad en ruinas sobre una laguna que apesta. Las calles
están llenas de lodo que casi devora los pies del niño que
corre. Hay mendigos por todas partes. Farid se detiene junto
a una mujer indígena que pide dinero. Le entrega un tomín,
una monedita de cobre y la mujer le dice en náhuatl: Ojalá
que Dios te bendiga con muchos hijos. Farid, que ha aprendido
náhuatl y español con los otros infantes del coro entiende lo
que le ha dicho la mujer y vuelve a correr horrorizado. Sabe
que nunca podrá tener hijos. Sabe que es un capón, un
castrado al que operó una vieja en los países árabes para que
pudiese cuidar los harenes del Sultán.
MARIANA: Es un niño tan bonito. Cuando crezca, todas las
mujeres del sultán querrían acostarse con él.
MARCEL: Pero no. Farid fue hecho prisionero por un barco de
navegantes genoveses que lo vendieron a su vez a traficantes
alemanes que lo trajeron a la Nueva España, al puerto de
Veracruz donde alguien, un miembro del cabildo de la catedral
metropolitana de México lo compró para regalárselo al viejo
Hernando Estévez. Para que lo cuidara en sus achaques y su
vejez.
PAUSA.
MARCEL: Ahora el niño vaga más tranquilo por la ciudad de
México. Tenochtitlan apenas ha comenzado a adquirir la forma
que tendrá siglos más tarde. Hay templos destruidos en los
que todavía queda el olor a sangre. De las ventanas de una
casa salen blasfemias en castellano, se escucha el ladrido de
los perros y en alguna de las pocas calles empedradas, el
sonido también de los cascos de un caballo. Farid se agazapa
bajo el dintel de uno de los caserones que han comenzado a
construir los conquistadores. Abraza sus piernas casi
desnudas, se mira los pies y siente tristeza de sí mismo, de
sus pies descalzos de esclavo de lujo. Se queda dormido y es
entonces el sueño del capón. El sueño del castrado:
cimitarras y mujeres que lo miran en serrallos detrás de
velos de seda multicolor.
PAUSA.
MARCEL: En la catedral, el maestro Juan Hernández ha
terminado sus oraciones; apaga la vela, pero alguien toca a
la puerta. Él se levanta, cree que será Farid, pero no. Es
Pedro de Gante. Hablan en latín, porque Pedro de Gante nunca
aprendió español, sólo hablaba náhuatl, flamenco y latín.
Gracias a los subtítulos sabemos que Farid es un muchacho muy
rebelde, que le hizo la vida imposible a su dueño a Hernando
Estévez quien quiso devolverlo a la catedral.
MARIANA: Devolverlo.
MARCEL: En el cabildo se discutió el asunto. El muchacho
pertenecía a la catedral. Había sido regalado como una
especie de prestación, pero Hernando Estévez… no podría. No
hay dónde devolverlo. El cabildo, presidido por fray Juan de
Zumárraga, concluye que el muchacho tendrá que vivir ahí
mismo, en la catedral, para que no moleste al conónigo
Estévez, pero Juan Hernández pidió responsabilizarse de
Farid. Es un buen muchacho, dijo.
MARIANA: Además, Juan Hernández, está enamorado de él, del
mulatito.
MARCEL ENCIENDE UN CIGARRO. ESTÁ CONSTERNADO.
MARCEL: No lo sé. Eso no lo sé. No lo dicen las actas. Las
actas capitulares sólo dejan constancia de que Estévez quiso
devolver su regalo a la catedral y que el cabildo no sabe qué
hacer con el muchacho.
MARIANA: Pero dicen que…
MARCEL: ¿Te gusta?
MARIANA: ¿La historia? Si.
MARCEL: No, digo, la idea de imaginar a un hombre mayor,
vestido de monje franciscano, enamorado de un muchachito.
MARCEL: Luego huyó, el mulato huyó, se largó de la catedral.
MARIANA: ¿En serio?
MARCEL: Cuando comienza la segunda parte de nuestra película,
Farid tiene un objetivo: largarse a España.
MARIANA: ¿Y Mariana?
MARCEL: Si quieres, se escapó con él. Se escapó con el
esclavo. Se fueron camino a Puebla donde miraron los andamios
de la catedral que estaban construyendo. Siguieron luego a
Veracruz y en las montañas se encontraron con los negros
cimarrones, esclavos fugitivos como él. Pero él también aquí
era distinto. Él no era africano, era árabe de color de
mulato. Además, los cimarrones eran campesinos. Deben haberlo
despreciado, por su raza y por venir con una blanca con él.
Cimarrones les llamaban a los negros salvajes, los españoles
imaginaban que eran como animales que volvían a la selva.
Eran iletrados, no sabían latín, ni leer música. No habían
conocido al virrey ni a Pedro de Gante. Los cimarrones sabían
otras cosas como cultivar la tierra y matar cerdos. Hacían
rituales africanos para beberse a los espíritus. Ser
encantador de serpientes no sirve para comer. Farid y Mariana
vivían en barracas promiscuas. Un día estuvieron a punto de
matar a Farid. Se despertó amarrado. Un muchacho senegalés
estaba lamiendo el cuello de Mariana ahí, en la cama de
junto. Nadie hacía nada. Y a ella la hubieran violado y a él
le hubieran reventado la cabeza si no hubiera intervenido un
cimarrón enorme de piel casi azul y barba blanca que con una
mano levantó al muchacho senegalés y lo aventó al otro lado
de la barraca. Hubo una pelea. Farid y Mariana volvieron a
salir de noche del pueblo cimarrón. No había luna y en la
noche escucharon arrastrarse a La Serpiente. Corrieron, había
ramas que les azotaban la cara y cuando despertaron se dieron
cuenta que habían dormido en la sementera de un pueblo
náhuatl. Un hombre que vestía la piel desollada de otro
hombre llamó al pueblo y todavía los niños los siguieron un
tramo arrojándoles piedras. Mendigaron en Orizaba, en Xalapa
hicieron el amor. Finalmente los detuvieron en el puerto de
Veracruz. Alguien lo identificó, los identificó. Eran casi
unos niños. Eran tontos de pensar que podrían haberse
embarcado hacia ninguna parte.
MARIANA: ¿Estaba tatuado?
MARCEL: No lo sé. No hay fotos de Farid, imaginarás.
MARIANA: El nuestro, el de la película. ¿Está tatuado?
MARCEL: Si… ¡No! ¡Claro que no! Él es un objeto, ¿me
entiendes? Eso lo atormenta y lo enorgullece al mismo tiempo.
Es un objeto de lujo. Vale —y eso sí lo sé por las actas de
cabildo— el sueldo de un año de su maestro Juan Hernández. El
cabildo le ordenó a un canónigo que fuera por él. Volvieron.
Ella deshonrada, el padre habrá hecho un escándalo y la habrá
encerrado a piedra y lodo en un convento de monjas
clementinas, qué se yo. A él no le fue tan mal, era un
esclavo, pero un esclavo caro, un cantor. Queda asentado en
actas que Farid Sebastián pidió que se le tratara como cantor
profesional. Que se le diera un vestuario apropiado, una casa
propia y que le pagaran, digamos que por encima del tabulador
de la época. Mucho dinero. Porque Farid tenía ya definido su
objetivo. Quiso ir a España porque alguien le dijo que allá
un cantor profesional ganaba en oro y él quería ganar lo
suficiente para comprarse a sí mismo.
MARIANA: Tiene que pasar algo.
MARCEL: La muerte. Le sucedió la muerte de Juan Hernández. En
la ciudad había comenzado, entre los indígenas, un rumor. Que
se había aparecido Tonantzin. Y Farid cantaba y ahorraba
dinero para comprarse. A veces pasaba frente al convento de
Mariana y suspiraba. A él, ella había dejado de parecerle
importante.
MARIANA: Y ella lo miraba a él, lo miraba fuera de la ventana y la dolía en el vientre su felicidad. Le dolía recordar lo que acaba de suceder hace unos minutos, la noche que hicieron el amor por primera vez. Ella no es importante Marcel. Ni siquiera se quieren. Hoy voy a volver a casa de mi padre. Mañana, o tal vez pasado mañana, voy a largarme de mi casa