00.22 — César concluye la historia del Big Bang

00.22 — CÉSAR CONCLUYE LA HISTORIA DEL BIG BANG

Roma / Veracruz / París · Noche

Hay noches en que las cosas más lejanas parecen ocurrir en habitaciones contiguas.

Después de hacer el amor, Liliana permaneció boca abajo, con una pierna fuera de la sábana. Casey recorría con dos dedos la línea de su espalda, sin intención aparente, como si todavía estuviera dibujando.

La habitación olía a tabaco, sudor y lluvia.

—¿Por qué se suicidó? —preguntó Liliana.

Casey tardó.

—Porque la vio feliz.

Ella giró la cabeza.

—Eso no explica nada.

—Tal vez sí.

La mano se detuvo entre sus omóplatos.

—Él había sufrido durante tanto tiempo que cuando por fin la vio feliz ya no pudo soportarlo. Le dolía que ella hubiera salido de aquello sin él.

Liliana permaneció inmóvil.

—Qué horror.

—Sí.

Casey volvió a acariciarla.

Liliana cerró los ojos.

No preguntó quién era ella. Tampoco quién se había suicidado. Algunas historias empeoran cuando se les obliga a proporcionar nombres.

En Veracruz, Isaac caminaba junto al mar.

La espuma llegaba hasta sus zapatos y retrocedía dejando una película negra sobre la arena. Había salido sin rumbo. A lo lejos alguien encendía cohetes y durante un segundo la luz aparecía encima del agua y desaparecía antes del sonido.

Pensó en una frase que llevaba días persiguiéndolo:

Siempre todo es lo mismo. Nunca de la misma manera.

Una ola.

Otra.

Otra.

Ninguna repetía exactamente a la anterior.

Le gustó eso.

Después pensó que quizá era una tontería.

Siguió caminando.

Horas más tarde estaba en Santa Cecilia.

La iglesia permanecía casi a oscuras. Alonso levantó el Santísimo Cuerpo y durante un instante Isaac vio solamente la hostia entre sus dedos.

Inclinó la cabeza.

No pidió nada.

Había dejado de saber qué pedir.

En una capilla lateral, la Dolorosa sostenía un cuerpo que ya no podía salvar. El rostro estaba inclinado con una paciencia que a Isaac le pareció insoportable.

Se sentó.

El organista improvisaba mientras esperaba al cantante. Una melodía aparecía, se desarrollaba durante algunos compases y desaparecía sin llegar nunca a convertirse en pieza.

Isaac escuchó.

Dentro de su cabeza entró una voz.

No la suya.

O sí.

Perfecta.

Demasiado perfecta para existir fuera.

Siempre lo mismo. Nunca igual.

Miró otra vez a la Virgen.

—¿Qué se le pide a un Dios que ha sufrido tanto?

Nadie respondió.

Isaac pensó entonces:

Y sin embargo te ha sido dado.

No supo qué significaba te.

Ni qué había sido dado.

El organista cambió de tonalidad.

Alguien encendió dos velas.

Comenzó la letanía.

—Santa Cecilia.

—Ora pro nobis.

Isaac respondió con los demás.

Por primera vez en toda la noche sintió que una frase podía repetirse sin desgastarse.

En París, César terminaba de contar la historia del universo.

Llevaba más de una hora hablando.

No del Big Bang exactamente. Había empezado allí porque toda historia necesita la ficción de un comienzo, pero se había desviado hacia estrellas que nacían de estrellas muertas, elementos fabricados dentro de hornos que nadie vería jamás, planetas, agua, moléculas capaces de copiarse.

Ahora tenía frente a él una copa casi vacía.

—Entonces no hubo explosión —dijo alguien.

César hizo un gesto.

—Hubo algo peor. Hubo un principio que no ocurrió en ninguna parte porque ocurrió en todas.

Se rio.

—Y después llevamos trece mil ochocientos millones de años intentando averiguar qué demonios significó.

No añadió nada más.

La conversación siguió sin él.

César miró por la ventana.

París estaba iluminado.

Pensó que quizá el universo no tenía necesidad alguna de significar.

Eso le pareció, por primera vez, una posibilidad tranquilizadora.

En Santa Cecilia, Casey condujo a Farid por un corredor lateral.

No había turistas a esa hora.

Sus pasos producían un eco desproporcionado.

Se detuvo frente a una lápida.

—Aquí está.

Farid leyó.

Después miró a Casey.

—¿Aquí está quién?

—Nadie.

—Muy útil.

Casey sonrió.

—Es una tumba falsa.

Farid volvió hacia la piedra.

—¿De quién?

—De un instrumento verdadero.

Eso sí consiguió interesarlo.

Casey se inclinó y pasó una mano por las letras.

—Mañana va a tocar la obra de Ángel Palermo.

—¿El instrumento?

—Supuestamente.

—¿Para quién?

Casey lo miró.

—Para la Virgen de los Peregrinos.

Farid no se rio.

Eso preocupó ligeramente a Casey.

—¿Mañana?

—Mañana.

Farid apoyó la mano sobre la piedra.

—He esperado quinientos años.

—Entonces una noche no debería ser un problema.

—Eso dicen quienes no han esperado quinientos años.

Permanecieron allí un momento.

La piedra no decía la verdad.

Pero existía.

Eso era distinto.

Casey recordó algo que Tony había explicado una vez: los occidentales miraban pinturas; ciertas imágenes más antiguas funcionaban de otra manera. Uno se acercaba creyendo observarlas y terminaba descubriendo que la dirección de la mirada estaba equivocada.

Farid pareció sentirlo también.

Apartó la mano.

—¿Qué harías? —preguntó.

—¿Qué cosa?

—Si supieras que mañana vas a morir.

Casey pensó.

—Vino en Piazza Navona.

—Eso es muy poco.

—Un cigarro.

—Peor.

Casey sonrió.

—Haría el amor con Liliana toda la noche.

Farid esperó.

—Y por la mañana no haría nada.

—¿Nada?

—Tocaría su cuerpo mientras duerme.

Farid miró hacia la nave oscura.

—Eso sí.

Casey se encogió de hombros.

—¿Tú?

Farid no necesitó pensarlo.

—Rezar.

—¿Por qué?

—Porque he tenido quinientos años para hacer todo lo demás.

Casey soltó una risa breve.

Farid no.

Del otro lado de la iglesia comenzó a sonar el órgano.

Una frase pequeña.

Tres notas.

Después silencio.

Las mismas tres notas volvieron.

No exactamente iguales.

Casey miró la tumba falsa.

Farid miró hacia la oscuridad desde donde llegaba la música.

Ninguno dijo nada.

La imagen de la Virgen estaba en una capilla cercana.

No podían verla desde allí.

Eso no significaba que ella no pudiera verlos.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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