Jorge y el Pantocrator
Creía en Cristo, no sólo como un profeta, había aprendido de él en las bibliotecas alquímicas de Trebisonda y estaba convencido de que el camino para conocer su deidad era el trayecto más importante del ser humano. ¿Lo era? Se detuvo de golpe y miró al cielo estrellado. Exhaló y aunque parecía estar sonriendo, en realidad estaba a punto de llorar. Ahora mismo no le importaba otra cosa que el recuerdo de Inés, de ese gemido dulce y callado. No le interesaba otra cosa que volver a tocar la suavidad de sus pechos. ¿Se atrevería a volver y pedirle que viniera con el al Nuevo Mundo? Como si huyera de sí mismo reemprendió la marcha de regreso hacia su guarida y cuando le abrió Farid, siempre puro, siempre niño, se sintió otra vez en casa. Lejos de las perturbaciones de amores que, el mismo lo sabía, sería incapaz de cumplir.
Para el primer viaje de colonización en forma se había escogido a toda clase de personalidades de la sociedad castellana. Gracias a Luis Méndez, Isaac había tenido la oportunidad de conocer a Fray Bartolomé de las Casas en diversas reuniones. No tenia oportunidad de saber, sin embargo todo lo que aquel hombre había cambiado. Estaba de vuelta en Europa porque iba y venía entre el Viejo y el Nuevo Mundo arreglando siempre asuntos relacionados con sus encomiendas y en el fraile había comenzado a crecer un sentimiento amargo, el de la doble moral. Al mismo tiempo que Isaac volvía a la casa de Luis Méndez, Bartolomé de las Casas caminaba frente a la taberna de la gitanilla que ahora platicaba con otro hombre mayor. Bartolomé no adolecía de los vicios de la vanidad o de la carne, había luchado contra ellos desde muy niño y estaba acostumbrado a despreciarlos. Toda el ímpetu sexual de un hombre con tanta entereza se iba en noches en que despertaba húmedo sin recordar nada específico, un aroma tal vez, los cabellos de una mujer que, cuando era niño había tocado jugueteando, nada más. Caminaba pues, por el puerto pensando en lo que sucedería en caso de que hiciera lo que estaba pensando hacer. Los viajes a Europa lo enfermaban. Si al principio de esta vida que, estaba convencido, Dios le había puesto, se enfermaba cada que tenía que viajar a La Española, ahora sucedía al revés. El aire de la ciudad y aún el aroma salado del Mar Mediterráneo, lejos de recordarle una infancia feliz le hablaban de polución, deshecho, algo tan intangible como esos sueños que se negaba a tratar de recordar. Sentía sucios a los españoles y la gitanilla le pareció justamente todo lo contrario que a Isaac, un ser voraz que estaba lejos de la inocencia primigenia que había creído encontrar en El Nuevo Mundo, este sitio en el que, pensaba, era posible pensar en vivir como al principio, cuando Dios creó al hombre varón y hembra y ellos podían hablar con Él cara a cara. Tenía que hacerlo, sin duda, pero habría una revolución. No sólo tenía miedo de los colonizadores de La Española, tenía miedo de sus socios y sobre todo tenía miedo de sí mismo. De ser incapaz de llevar a cabo la misión que Dios le había encomendado.