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En espera de la respuesta
Animado por el deseo de aventura, sintiendo que con ello se hacía un auténtico heredero de los emperadores mártires de Constantinopla y Trebisonda, Isaac comenzó a planear el viaje. Cruzaría el Nuevo Mar como había cruzado el Mediterráneo. Y aunque esperaba que al otro lado del mar se encontraría con tribus de caníbales (como todos, Isaac dudaba de la cordura de Bartolomé de las Casas) firmó un contrato con el marqué se las Salinas por el que se comprometía a ser su apoderado en La Española, vigilar los intereses de una encomienda que compraría para él y buscaría un lugar propicio para la pesca de perlas y se haría con él. El alquimista se había vuelto un cazador de tesoros reales, de los que habitan en el fondo del mar.
El primer problema al que tuvo que enfrentarse, sin embargo fue que las nuevas acusaciones de Bartolomé de las Casas y el ascenso de Cisneros al poder habían hecho todavía más difícil el viaje a América. Se presentó en la Casa de Contratación de Sevilla, la institución de la Corona encargada de cualquier asunto con los nuevos territorios de Juana, una reina a quien su padre tenía recluida en una torre. Lo entrevistó un burócrata pomposo que usaba gorguera. Le preguntó que para qué deseaba ir al Nuevo Mundo y él se presentó como descendiente de los Comneno, los emperadores de Constantinopla y Trabisonda, que había decidido invertir, junto con el marqués de las Salinas, un buen amigo del cardenal Cisneros, en una encomienda en La Española. El burócrata bostezó, pero Isaac cada vez más exaltado con sus planes le dijo que su plan era unirse a los dos mil colonizadores que trabajaban bajo el mando de Nicolás de Ovando. El burócrata bostezó, esta vez ruidosamente y preguntó:
—¿Qué sabe usted del capitán de Ovando?
A Isaac la pregunta lo tomó por sorpresa y contestó simplemente que la reina lo había nombrado para sustituir a Cristóbal Colón quien sin duda, dijo era un héroe, pero que había habido problemas… y comenzó a enredarse tanto en la historia de lo que había sucedido en La Española que de pronto tuvo la impresión de que aquel hombre más que un burócrata era un inquisidor que podía hacerlo detener por ideas contrarias a las del cardenal y la reina Juana.
La Casa de Contratación era un edificio imponente y lo único que en ese momento lo tranquilizaba era que a lo lejos se escuchaba a un grupo de muchachos que gritaban con peonzas y lanzaban maldiciones apostando con monedas de poco valor. Con respecto al capitán de Ovando, Isaac dijo lo que sabía, que era un gobernador de la reina que estaba encargado de llevar a cabo la colonización de La Española con dignidad y orden. De pronto se interrumpió y dijo:
—Yo soy un geógrafo —es necesaria la ciencia en el Nuevo Mundo.
El burócrata cerró de un golpe el archivo que contenía las recomendaciones y los papeles de Isaac, le dijo con voz calmada que llevaría al consejo todas sus credenciales, no era el momento más oportuno con el nombramiento de Américo Vespucio como capitán mayor del reino todos los puestos que dependían de este se estaban moviendo. Isaac salió. Ahí estaban los niños apostando y jugando. Se recordó a sí mismo cuando vivía en la corte de los últimos Comneno de Trebisonda y sonrió.
Cuando llegó a la casa que le había prestado el señor de las Salinas, Farid le preguntó que si quería cenar. Isaac le pidió que tocara el ud para él. Se llenó de una nostalgia feliz, recordó la Casa de Dante y miró los baúles con todas sus pertenencias, cada vez eran menos. Todo lo suyo estaba en esta habitación incluyendo este esclavo. Y todo cabía en cinco baúles con los que podrá embarcarse pronto hacia el Nuevo Mundo. Esos baúles le producían a Isaac la sensación de que era cierto que había un mundo más allá del mundo que conocía. Se sirvió un poco de vino y pidió a Farid que no dejara de cantar. Terminó borracho y se fue a dormir. Farid entonces salió después de beber un poco del vino que había dejado su señor sobre la mesa. Se quitó las sandalias para sentir en sus pies el picor de la hojarasca. Había comenzado a llover, pero era una lluvia muy ligera. A lo lejos, en la tarde, brillaban los trigales dorados y más lejos una iglesia en la que comenzaron a sonar las campanas del angelus de la tarde.