F0302 · Aunque eran pocos los colonos que habían sido aceptados para viajar…

Aunque eran pocos los colonos que habían sido aceptados para viajar al Nuevo Mundo, en los pequeños espacios del barco parecían muchos. Para llegar hasta aquel muchacho, Felipe, Miguel por entre la gente que casi todo el tiempo estaba junto a los bultos de su propiedad entretenidos en aplastar los piojos y las chinches que se dejaban prender y viendo a las cucarachas arrastrándose por sobre la madera salada por el mar.  Isaac, para olvidar el mareo que le producía el movimiento de la nave charlaba con Bartolomé quien le hablaba de Ovando, gobernador de La Española y de las conquistas de un tal Ponce quien por aquel tiempo había descubierto nuevas tierras para su majestad. Bartolomé había hecho el viaje tres veces y lo haría varias más. Por ello y porque había comenzado a vivir una extraordinaria confianza en Dios, fue el único que no se sintió muy consternado cuando llegaron noticias del capitán que avisó a los pasajeros que pasarían por una tormenta. Bartolomé tuvo incluso el buen humor de bromear y contar que en el último viaje de Colón, el genovés que había descubierto aquellas Indias Occidentales, el tal Ovando le impidió descender en La Española porque se lo había prohibido la corona. El hombre les avisó de un huracán y mandó a decir al gobernador que nunca había visto uno igual, que aquello no eran las tormentas del Mediterráneo. Ovando no cedió y Colón tuvo que refugiarse en una isla en la que casi no sufrió pérdidas. Finalmente fueron Ovando y La Española los que recibieron todo el castigo de no haber escuchado a Colón quien salió sano y salvo mientras que La Española fue auténticamente demolida por aquel huracán. Bartolomé de Las Casas no había visto nunca nada igual. La primera vez, les dijo, tampoco lo creía, sin embargo caían gotas del cielo grandes como cubetas de agua. Como Isaac se lamentaba por el destino de aquel hombre a quien admiraba, Colón, Bartolomé le dijo que no tenía por qué compadecerlo, había sido un mal hombre, dijo, uno que trataba muy mal a los nuevos súbditos de su majestad y dijo que más bien había que rezar para que Dios hubiese tenido misericordia y no hubiese decidido enviarlo al infierno.

Finalmente la tormenta comenzó a bajar de intensidad, pasó a lo lejos. Los viajeros del Santa Bárbara no tuvieron que sufrir de otra cosa que del olor del vómito y el excremento de humanos y animales. Al llegar la tarde el cielo se había abierto y el aire refrescaba la cubierta del barco. Miguel se aproximó a Farid quien había vuelto a estar triste. El muchacho le habló de aquellos en los que nadie pensaba. Los esclavos que estaban cargados de cadenas en las bodegas. En ellos nadie pensaba. Miguel los vio curtidos con la sal del agua, no hacían otra cosa que rezar. Farid le dijo que en realidad era afortunado de haber sido comprado para Isaac y Miguel se sintió consternado porque no pensó nunca que alguien pudiese agradecer la esclavitud.

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