Farid soñaba o contemplaba. Abrió la ventana para deshacerse de aquella visión. Nicosia seguía allí, y él se resistía a preguntar a la dueña cómo llegar al monasterio, pues ya no sabía ni cómo llamarte. No había dejado de pensar en ti desde el día en que se fue en busca del alquimista. Prefirió escribir, en español, pues era un idioma que parecía de niños. Era una lengua propicia para cantar y, tal vez, para conjurar. No deseaba escribirte una carta. Quería liberarse de todo ese peso. Tal vez lo quemaría. Lo había hecho en numerosas ocasiones, intentando vaciarse de su pasado de esa manera. Escribiría este manuscrito todas las veces que fueran necesarias para regresar al monasterio vacío de sí mismo. Tan limpio como cuando su madre le pidió que cantara para ti y el padre Nicolás.