F0149 · El Reino Cimarrón / La historia del Rey Serpiente
Al día siguiente, en la habitación superior, Farid dejó de tocar. Se acercó para mirar al señor de Aguilar. Tuvo deseos de matarlo. Hacía mucho que no tenía esa sensación. El deseo de ser libre, radicalmente libra para poder coger una almohada y lanzarla contra la boca de este hombre. En lugar de matarlo, lo cubrió para que no tuviese frío. Luego, como si lo amara, le acarició la cara. ¿Por qué lo hizo? Sonrió consigo mismo y, como si fuese un niño travieso bajó a las caballerías para cepillar a Viento del diablo, el alzan de Al-Hákim.
En esta labor ocupó un tiempo largo. Le gustaba el aroma del caballo. Sentía en él cierta nobleza. Desde que supo que estaba condenado a la esclavitud, Jamil, su madre, pensó que no debería vivir. Había tomado toda clase de elixires, pero su vientre no había podido arrojarlo. Farid en una villa en el camino de Damasco, en el desierto en que Pablo se encontró con Dios. Recordó cuando su madre le olisqueaba la cabeza. El frío de la madrugada le punzaba en la columna. Él más se hundía en el caballo. En aquel pueblo Farid había vivido los primeros años de vida junto a las otras mujeres del señor de la guerra. Recordó:
—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?
Recordó:
Muchos años atrás, Farid se miró en un espejo de plata y murmuró:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
Los sonidos del puerto eran más fuertes que la voz de Dios. Afuera los estibadores llenaban las bodegas del barco. Más tarde, cuando estuvo frente al Encantador de Serpientes repitió:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
Extrajo de su sayo una manzana verde y la comió junto a Viento del Diablo.
Durante aquella semana Florián, aunque no descuidó sus trabajos en el monasterio, dedicó su tiempo libre a las historias de Artús. Con estas pequeñas desobediencias se contentaba. Si aquellas lecturas eran veneno, pensó, un poco de veneno le endurecería el alma. Lo suficiente, al menos, para aceptar que tenía la vida ya completamente planeada, escrita desde el principio hasta el fin. Había incluso, en el cementerio del monasterio una tumba que ya llevaba su nombre.
Había llegado a la conclusión de que era feliz con la idea de separarse de Alberto. Los libros paganos que tanto disfrutaba, nadie podría quitárselos y delante de Dios no se sentía un pecador por leer aquello. Rezaba como todos, por su conversión, especialmente por encontrar la paz en la antigua música monacal. Y como era consciente de que estaba envidiando la suerte de Alberto decidió que rezaría por él. El viernes 12 de junio de 1500 por primera vez en todo el año no tuvo dificultades ni para contemplar al Santísimo ni para rezar, muy lentamente, desde el primero hasta el último misterio de su rosario. El sábado meditó en el poder de la muerte y el domingo se concentró en una frase que había repetido mil veces, pero que había concluido que no había podido asumir: el hágase tu voluntad. Igual se hará, se dijo. Y la paz, pensó, consistía justamente en no cuestionar lo que Él hará. La Providencia, el gobierno de Dios, se encargará del destino del cielo y de la tierra. Con Alberto o sin él. Con el abad, con los hermanos, con música o sin música. Con la voluntad de Jorge Isaac y su corte de herejes o sin ella. Ese mismo domingo Farid rezó especialmente por los miembros de la casa de Isaac de modo que sin saberlo, rezó por un esclavo árabe que aquel día se había despertado con la orden de preparar la Casa de Dante para recibir al nuevo huésped de su amo Jorge Isaac. Así, mientras Florián rezaba frente al Santísimo el oficio de completas, Farid, el esclavo árabe sintió que entraba por la ventana un dulce olor de madrugada. Era extraño porque el aire del Trastévere solía venir enrarecido. Farid, el esclavo, pronto tendría que comenzar a preparar la ropa de la habitación que ocuparía Alberto, de modo que no se entretuvo a pensar en el prodigio de que el aire de Roma oliese bien. Jamás hubiese descubierto, por otra parte, que aquel aroma estuviese relacionado con el hecho de que un monje santo en ese preciso momento estaba rezando por él.
F0149 · El Reino Cimarrón / La historia del Rey Serpiente
Al día siguiente, en la habitación superior, Farid dejó de tocar. Se acercó para mirar al señor de Aguilar. Tuvo deseos de matarlo. Hacía mucho que no tenía esa sensación. El deseo de ser libre, radicalmente libra para poder coger una almohada y lanzarla contra la boca de este hombre. En lugar de matarlo, lo cubrió para que no tuviese frío. Luego, como si lo amara, le acarició la cara. ¿Por qué lo hizo? Sonrió consigo mismo y, como si fuese un niño travieso bajó a las caballerías para cepillar a Viento del diablo, el alzan de Al-Hákim.
En esta labor ocupó un tiempo largo. Le gustaba el aroma del caballo. Sentía en él cierta nobleza. Desde que supo que estaba condenado a la esclavitud, Jamil, su madre, pensó que no debería vivir. Había tomado toda clase de elixires, pero su vientre no había podido arrojarlo. Farid en una villa en el camino de Damasco, en el desierto en que Pablo se encontró con Dios. Recordó cuando su madre le olisqueaba la cabeza. El frío de la madrugada le punzaba en la columna. Él más se hundía en el caballo. En aquel pueblo Farid había vivido los primeros años de vida junto a las otras mujeres del señor de la guerra. Recordó:
—¿Me cuentas la historia del Rey Serpiente?
Recordó:
Muchos años atrás, Farid se miró en un espejo de plata y murmuró:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
Los sonidos del puerto eran más fuertes que la voz de Dios. Afuera los estibadores llenaban las bodegas del barco. Más tarde, cuando estuvo frente al Encantador de Serpientes repitió:
—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar.
Extrajo de su sayo una manzana verde y la comió junto a Viento del Diablo.
Durante aquella semana Florián, aunque no descuidó sus trabajos en el monasterio, dedicó su tiempo libre a las historias de Artús. Con estas pequeñas desobediencias se contentaba. Si aquellas lecturas eran veneno, pensó, un poco de veneno le endurecería el alma. Lo suficiente, al menos, para aceptar que tenía la vida ya completamente planeada, escrita desde el principio hasta el fin. Había incluso, en el cementerio del monasterio una tumba que ya llevaba su nombre.
Había llegado a la conclusión de que era feliz con la idea de separarse de Alberto. Los libros paganos que tanto disfrutaba, nadie podría quitárselos y delante de Dios no se sentía un pecador por leer aquello. Rezaba como todos, por su conversión, especialmente por encontrar la paz en la antigua música monacal. Y como era consciente de que estaba envidiando la suerte de Alberto decidió que rezaría por él. El viernes 12 de junio de 1500 por primera vez en todo el año no tuvo dificultades ni para contemplar al Santísimo ni para rezar, muy lentamente, desde el primero hasta el último misterio de su rosario. El sábado meditó en el poder de la muerte y el domingo se concentró en una frase que había repetido mil veces, pero que había concluido que no había podido asumir: el hágase tu voluntad. Igual se hará, se dijo. Y la paz, pensó, consistía justamente en no cuestionar lo que Él hará. La Providencia, el gobierno de Dios, se encargará del destino del cielo y de la tierra. Con Alberto o sin él. Con el abad, con los hermanos, con música o sin música. Con la voluntad de Jorge Isaac y su corte de herejes o sin ella. Ese mismo domingo Farid rezó especialmente por los miembros de la casa de Isaac de modo que sin saberlo, rezó por un esclavo árabe que aquel día se había despertado con la orden de preparar la Casa de Dante para recibir al nuevo huésped de su amo Jorge Isaac. Así, mientras Florián rezaba frente al Santísimo el oficio de completas, Farid, el esclavo árabe sintió que entraba por la ventana un dulce olor de madrugada. Era extraño porque el aire del Trastévere solía venir enrarecido. Farid, el esclavo, pronto tendría que comenzar a preparar la ropa de la habitación que ocuparía Alberto, de modo que no se entretuvo a pensar en el prodigio de que el aire de Roma oliese bien. Jamás hubiese descubierto, por otra parte, que aquel aroma estuviese relacionado con el hecho de que un monje santo en ese preciso momento estaba rezando por él.
F0149 · The Maroon Kingdom / The Story of the Serpent King
The following day, in the upper room, Farid stopped playing. He approached to look at the lord of Aguilar. He wanted to kill him. It had been a long time since he had felt that. The desire to be free, radically free, to be able to take a pillow and press it against this man’s mouth. Instead of killing him, he covered him so that he would not be cold. Then, as though he loved him, he stroked his face. Why had he done it? He smiled to himself and, like a mischievous child, went down to the stables to brush Viento del diablo, Al-Hákim’s alzan.
He spent a long time at this task. He liked the horse’s scent. He sensed a certain nobility in it. Since she learned that he was condemned to slavery, Jamil, his mother, had thought he ought not to live. She had taken all kinds of elixirs, but her womb had not been able to cast him out. Farid in a villa on the road to Damascus, in the desert where Paul met God. He remembered his mother sniffing his head. The cold of the early morning stabbed at his spine. He burrowed deeper into the horse. In that village Farid had spent his first years of life beside the warlord’s other women. He remembered:
—Will you tell me the story of the Serpent King?
He remembered:
Many years earlier, Farid looked at himself in a silver mirror and murmured:
—Most High Jesus Christ, I have never believed in you, but I give you my life if you get me out of this place.
The sounds of the port were louder than the voice of God. Outside, the stevedores were filling the ship’s holds. Later, when he stood before the Snake Charmer, he repeated:
—Most High Jesus Christ, I have never believed in you, but I give you my life if you get me out of this place.
He took a green apple from his tunic and ate it beside Viento del Diablo.
During that week Florián, though he did not neglect his work at the monastery, devoted his free time to the tales of Arthur. These little acts of disobedience contented him. If those books were poison, he thought, a little poison would toughen his soul. Enough, at least, to accept that his life was already completely planned, written from beginning to end. There was even a grave in the monastery cemetery that already bore his name.
He had come to the conclusion that he was happy at the thought of parting from Alberto. No one could take away the pagan books he enjoyed so much, and before God he did not feel himself a sinner for reading them. Like everyone else he prayed for his conversion, especially to find peace in the ancient monastic music. And because he was aware that he envied Alberto’s fortune, he decided he would pray for him. On Friday, June 12, 1500, for the first time that year, he had no difficulty either contemplating the Most Holy or praying, very slowly, from the first to the last mystery of his rosary. On Saturday he meditated on the power of death, and on Sunday he concentrated on a phrase he had repeated a thousand times but had concluded he had been unable to accept: thy will be done. It will be done anyway, he told himself. And peace, he thought, consisted precisely in not questioning what He would do. Providence, God’s governance, would take charge of the fate of heaven and earth. With Alberto or without him. With the abbot, with the brothers, with music or without music. With the will of Jorge Isaac and his court of heretics or without it. That same Sunday Farid prayed especially for the members of Isaac’s household, so that without knowing it he prayed for an Arab slave who had awakened that day with orders to prepare the Casa de Dante to receive his master Jorge Isaac’s new guest. And so, while Florián prayed Compline before the Most Holy, Farid, the Arab slave, sensed a sweet scent of early morning coming through the window. It was strange, because the air in Trastevere was usually tainted. Farid, the slave, would soon have to begin preparing the linen for the room Alberto would occupy, so he did not pause to wonder at the marvel of Rome’s air smelling good. Nor would he ever have discovered that the scent was connected with the fact that a holy monk was praying for him at that very moment.