La primera noche, escuchaste dormido. Te despertó el llanto de un muchacho.
—No llores —dijo Isaac.
El muchacho dijo:
—Tengo miedo.
—Ven.
Se acostó junto a ti. Se volvieron amigos. No había nada mejor que hacer. Tener un amigo en la procesión de esclavos del imperio otomano. La noche siguiente tomaban té verde junto al fuego. Un legionario custodiaba, pero Rashid encontró la forma de acercarse a tí y te dijo:
—Ten.
Te regaló una piedrita blanca. Farid no sabía que era. Muchos años después supo que era un arete de perla. Estaba engastado en oro y había pertenecido a la Reina de Saba.
—¿A dónde vamos?
—No lo sé.
—A Venecia.
—A Chipre —dijo uno de los muchachos mayores.
Chipre. Sabor a cobre. Palacios del Véneto que disputan los
otomanos.
—Rashid.
—¿Qué?
—¿Crees en la gehena?
—Sí.
—¿Vamos a volvernos infieles?
—Un día podemos volver y peregrinar a La Meca.
—Un día.
—Tal vez.