F0021 · 03.10 — EL RELICARIO

03.10 — EL RELICARIO

Hay otra playa. Esta vez quien recuerda es Hákim.

El relicario está frío cuando lo cierro en la mano. Lo robé hace horas, quizá ayer; no importa ya de dónde, sólo que durante todo el camino he sentido su peso contra el pecho y ahora, frente al fuego, parece mucho más pequeño que aquello que contiene. Paso un listón rojo por la argolla, lo aprieto entre los dedos para detener la sangre y escribo sobre la seda antes de que se seque: Sitt. Hákim. Los dos nombres quedan tan cerca que por un instante una de las letras invade la otra. Mi hermana. Mi gemela. No necesito decir nada más. Arrojo el relicario a las llamas y espero que el metal se ennegrezca, que la seda se contraiga, que nuestros nombres desaparezcan juntos; sin embargo el fuego tarda. Siempre tarda más de lo que uno desea cuando quiere que algo deje de existir.

—Si sólo fuera el destino de una persona —digo—, ¿cómo podría algo de ello llegar hasta mí?

Nadie responde. El mar está detrás y el fuego delante, y por primera vez comprendo que las dos cosas hacen exactamente lo mismo: reciben. Una no conserva la forma y la otra tampoco. Durante años me han explicado que la historia tiene una dirección, que la Da’wa prepara aquello que debe cumplirse, que una promesa pasa de un imán al siguiente como una lámpara encendida con otra lámpara. He leído a al-Nu‘man. He escuchado repetir que al-Mu‘izz no fue un término sino una transmisión, que lo recibido continúa hasta que la promesa alcanza su forma. Cuando era más joven esas frases me tranquilizaban. Ahora me parecen peligrosas. Si todo continúa, también continúa aquello que uno quisiera terminar.

Kirmani no tiene mis dudas. O no las tiene cuando escribe. Sus palabras llegan con la seguridad de quienes pueden ordenar desde lejos la vida de otro hombre: signos, correspondencias, cumplimiento, enemigo, justicia. Yo leo y reconozco mi nombre dentro de una estructura que parece haber comenzado antes de mi nacimiento. A veces vienen hombres que han viajado semanas sólo para observarme. Esperan una señal. Una frase. Un gesto. Algunos quieren al Mahdi; otros quieren que yo les diga que el Mahdi vendrá; otros han esperado tantas generaciones que ya no distinguen la promesa de la impaciencia. Hablan de reconciliar las religiones, acabar con la injusticia, derribar a los enemigos de la causa, inaugurar un orden que no necesite el miedo para sostenerse. Después me preguntan qué debemos hacer mañana con un gobernador, con una revuelta, con un precio, con un hombre que no obedece. Las grandes esperanzas siempre terminan pidiendo instrucciones muy pequeñas.

Miro otra vez el fuego. La seda ya desapareció, pero el relicario permanece reconocible. Pienso en Sitt y no consigo colocarla dentro de ninguna doctrina. Eso me enfurece. Los hombres que vienen a verme saben dónde situar a los cristianos, a los judíos, a los griegos, a los enemigos, a los herejes, a los fieles y a quienes aún no saben que lo serán; nadie ha escrito dónde poner a una hermana cuando también es aquello que uno debe abandonar. No sé si la amo porque es semejante a mí o porque es la única persona ante quien no puedo representar aquello que los demás esperan. Gemelos: durante años la palabra nos pareció suficiente para explicar la proximidad. Después dejó de serlo.

El relicario se abre dentro del fuego.

No debería poder verlo desde aquí, pero veo la pequeña tapa levantarse y durante un instante me parece que las llamas salen de dentro, no de la madera. Me pongo de pie. El metal está al rojo y aun así tengo el impulso absurdo de recuperarlo. Entonces recuerdo una frase de Sitt: no todo lo que se quema quiere desaparecer. Quizá nunca la dijo. Me sucede ya con frecuencia. Una persona pronuncia una frase y años después no puedo decidir si la escuché o si se la entregué yo para poder recordarla.

Detrás de mí alguien pronuncia mi título.

No me vuelvo.

—¿Mi señor?

—Déjalo.

—La marea está subiendo.

—Déjala también.

El hombre se aleja. El mar se aproxima al fuego con una paciencia que me parece insolente. Pienso en lo que ellos esperan de mí y por primera vez sospecho que quizá no esperan a un hombre. Esperan una abertura. Una llave, dicen algunos: aquello que abre el candado de la bendición. Misericordia, gracia, felicidad. Me han repetido esas palabras tantas veces que han empezado a perder materia. Quisiera devolverles peso. Quisiera que misericordia volviera a significar darle agua a alguien, que justicia pudiera reconocerse en una calle, que redención no necesitara cadáveres para demostrar que ha ocurrido.

El agua alcanza las primeras brasas. Silban.

La llama disminuye y el relicario reaparece entre cenizas húmedas. No se ha destruido.

Me río.

No sé por qué.

Me acerco y lo saco con una rama. El listón rojo ha desaparecido, los nombres también, pero el objeto sigue allí, ennegrecido, deformado apenas en una esquina. Lo miro y pienso que quizá ésa sea la verdadera naturaleza de las reliquias: no conservar aquello que ocurrió sino demostrar que algo resistió una destrucción incompleta.

Entonces veo al muchacho en la playa.

Está lejos, casi junto al agua. Doce años, quizá menos; descalzo, piel oscura, una túnica demasiado grande. No estaba allí hace un momento. Levanta algo del suelo y lo examina. Durante unos segundos creo que sostiene una manzana verde.

—¡Tú!

El muchacho alza la cabeza.

No me escucha.

Camino hacia él, pero la distancia no disminuye. El mar cambia de color y detrás del niño aparece una ciudad que no pertenece a esta costa: murallas, una torre turquesa, pájaros que de pronto dejan de gritar. El muchacho mira hacia otro hombre, alto, rubio, que le ofrece la mano.

Sé el nombre antes de haberlo oído.

Farid.

Parpadeo y la playa vuelve a estar vacía.

A mis pies queda solamente el relicario.

Muchos años después Farid me preguntará dónde lo encontré.

Le diré que en una playa.

—¿Qué había dentro?

—Nada.

—Entonces ¿por qué lo guardaste?

No sabré qué responderle.

Ahora lo recojo, aunque todavía quema, y vuelvo a cerrarlo en la palma.

Sitt.

Mi nombre ya no está escrito junto al suyo.

Eso no significa que haya desaparecido.

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