03.11 — LA TIENDA ROJA
La tienda se mueve con el viento y por momentos parece respirar.
Estoy sentado frente a mi madre, con las piernas cruzadas sobre una alfombra que huele a polvo, sebo y resina quemada; detrás de ella cuelga la lona roja, iluminada desde abajo por una lámpara pequeña, y cada vez que sopla el aire su cara cambia un poco. Afuera los chacales empiezan a llamar desde la montaña. Los conozco desde siempre, pero esa noche no parecen animales. Vienen de más lejos, de la cueva donde nacieron los hombres, la misma donde Adán luchó contra el Rey Serpiente, si uno cree a mi madre, y yo todavía creo casi todo lo que dice.
—¿Son espíritus?
Jamil me acaricia el pelo. Sonríe primero y después deja de hacerlo.
—¿Quién puede saber lo que dicen los chacales? Parecen hablar, pero también los mercaderes de esclavos hablan y casi nunca entendemos lo que dicen.
No me río. Ella tampoco. Sé que hay un hombre afuera. Lo he visto junto al fuego: alto, apoyado en una lanza vieja, el cabello claro, una cicatriz que le cruza la cara. Llegó antes de que anocheciera y habló mucho tiempo con mi madre lejos de la tienda. No pude escuchar las palabras, sólo distinguir cuándo discutían porque él levantaba una mano y ella se alejaba unos pasos. Después mi madre regresó sola y comenzó a doblar mi ropa.
—No quiero irme.
—Ya lo sé.
—Entonces dile que no.
Sigue doblando.
—Mamá.
Se detiene y me mira. Tiene los ojos negros y cansados; cuando vuelve a acercarse me abraza con tanta fuerza que por primera vez comprendo que no estamos discutiendo una decisión.
—Escúchame, Farid. Hay algo tuyo que nadie puede comprar.
—Todo se puede comprar.
—No.
—Mi hermano sí.
Su cuerpo se endurece contra el mío.
—Tu hermano es otra historia.
—Yo también quiero quedarme.
—Precisamente por eso te vas.
No entiendo. Quiero preguntarle por mi padre, pero desde hace días su nombre hace que todos bajen la voz. Quiero preguntarle qué dijo el hombre de la lanza, cuánto dinero ofreció, si de verdad me está vendiendo; tengo doce años y conozco bastante bien la diferencia entre regalar, vender y entregar, pero esa noche las tres palabras parecen haberse mezclado.
Mi madre me toma la cara entre las manos.
—Ningún cuchillo puede tocar lo que eres.
La miro.
—¿Qué cuchillo?
Ella tarda un instante.
—Ninguno.
Ese instante lo recordaré.
—Recuerda al Rey Serpiente.
—Siempre me dices eso.
—Entonces algún día servirá.
—¿Me va a encontrar?
—Sí.
Lo dice con demasiada seguridad.
—¿Y qué hago?
Jamil mira hacia la entrada de la tienda, hacia el hombre que espera fuera.
—No tengas miedo de él.
—¿Del Rey Serpiente?
—De ninguno de los dos.
No sé qué quiere decir.
—¿Voy a matarlo?
—No sé.
—Pero dijiste que iba a derrotarlo.
—Las madres dicen muchas cosas para que sus hijos duerman.
Eso me ofende.
—Entonces era mentira.
—No.
—¿Cómo puede no ser mentira?
—Porque todavía no termina.
Los chacales vuelven a aullar. Mi madre me jala hacia ella y apoya mi cabeza debajo de su barbilla. Huelo su piel, la tela, el humo que se ha quedado en su pelo. Durante mucho tiempo no dice nada.
—Eres poeta —murmura finalmente.
—No.
—Todavía no.
—¿Y eso para qué sirve?
—Para que las palabras sobrevivan cuando nosotros no.
Esa frase tampoco la comprendo. Mucho después creeré haberla inventado yo.
Levanto la cara.
—¿Volveré a verte?
Mi madre no responde enseguida. Me besa en la frente, exactamente en el lugar donde años después un hombre moja el dedo en agua y dibuja una cruz sin preguntarme si quiero recibirla.
—Cuando tengas miedo, mira el viento.
—No se puede mirar el viento.
—Entonces mira lo que mueve.
Me parece una respuesta tramposa.
—¿Vas a estar ahí?
—Si quieres.
—Eso no quiere decir nada.
—Muchas cosas verdaderas no quieren decir nada al principio.
Afuera el Centurión golpea una vez el suelo con la lanza. Mi madre cierra los ojos.
—Duerme un poco.
—No puedo.
—Inténtalo.
Me acomodo junto a ella. Sigo oyendo los chacales, luego el fuego, luego su respiración. Quiero mantenerme despierto para que la noche no termine, pero precisamente por eso me duermo.
Cuando abro los ojos la luz entra por debajo de la lona. El Centurión está esperando. Mi madre ha preparado una bolsa con pan, frutos secos y una muda de ropa. No habla mientras me la cuelga del hombro. Tampoco habla cuando él se acerca. Me mira como si quisiera decir algo y al final sólo me ofrece la mano.
—No quiero ir contigo.
—Ya sé.
—¿Me compraste?
Mira a mi madre. Ella niega con la cabeza.
—Entonces ¿qué soy?
El Centurión mantiene la mano extendida.
—Alguien que tiene que salir de aquí.
No la tomo. Mi madre lo hace por mí: pone mi mano dentro de la suya y la cierra.
Ése es el momento que recuerdo mejor. No el caballo, ni el amanecer, ni la montaña cuando empezamos a bajar. La mano de mi madre cerrando mis dedos sobre los del Centurión.
—Llévalo lejos —dice.
Él asiente.
—Te lo prometo.
—No a los cristianos.
El Centurión vuelve a mirarla.
—Jamil.
—Promételo.
No escucho la respuesta.
O quizá la escucho y por eso la olvido.
Salimos del campamento cuando todavía hay bruma sobre el paso. Durante un rato camino; después el Centurión me sube al caballo y monta detrás de mí. Quiero volver la cabeza, pero me obligo a mirar hacia delante porque creo que mi madre sigue observándome y no quiero que me vea llorar.
Finalmente miro.
Está de pie entre las dos rocas.
Levanta una mano.
El viento mueve su vestido.
Durante años ésa será mi última imagen de ella.
Luego recordaré otras.