Ahí está, exactamente ahí:
Isaac sostiene el cuaderno púrpura como quien sostiene la memoria viva, recorre las líneas del fractal con dedos que han acariciado cantos y heridas, y entiende que nada se destruye, que todo es transformación, como la voz que queda flotando tras la muerte del cantante, como la tribulación que redime, como Sor Juana viniendo por él desde eclipses antiguos, como vírgenes ortodoxas rescatando pecadores en sueños profundos.
Casey lo mira, sabiendo que ha entregado no sólo un dibujo sino un mapa del universo, del tiempo, un fractal donde habitan Farid, Atonatiuh, César y Martín, donde vive la Anti-Virgen verdadera que Octavio jamás entendió.
“Non tollitur, sed mutatur,” dice el fractal. No se destruye, sólo se transforma, como la ola que es siempre mar, como la palabra que es siempre canto.
Isaac escribe bajo el dibujo, con tinta negra, que lo que cantamos no muere, lo que escribimos no desaparece, sólo cambia de forma, como nosotros, como ellos, como todo lo que ha amado, sufrido y perdido en caminos que siempre conducen de vuelta al inicio.
Porque Isaac sabe, en esa noche suave y profunda, que él también es parte de ese fractal infinito, que la historia escrita es sólo la espuma de olas eternas que regresan una y otra vez al mar del tiempo.