F1015 · 1260–1685–más allá del tiempo

1260–1685–más allá del tiempo

Palabras. ¿Cómo llegué aquí? Isaac se pregunta. Pero la lengua esconde detrás otro lenguaje, más allá de nubes y cicatrices. Soy un niño del desierto, castrado en Damasco, caminando con dolor por callejones de piedra antigua. Tengo trece años y un nombre, Isaac, que es como un suspiro arrojado al viento seco, Isaac, nombre del hijo sacrificado que no murió, nombre del esclavo mulato que será cantor en México, voz inmortal registrada en los libros polvorientos del Cabildo. Isaac, nombre repetido hasta el cansancio frente a riadas y espejos de bronce pulido en seminarios novohispanos donde anacronismos se amontonan, relojes y whiskys, plumas atómicas sobre papeles sueltos mientras cantan monjas en balcones y aroma de té verde sube lento desde las calles derrotadas.

Hay una voz, Isaac, detrás de la lengua, que dice justo antes del sí o del no, justo antes de la nada: ¿Para qué corres, si siempre van a encontrarte? Y se detiene entonces ante el encantador de serpientes en la plaza del minarete, Damasco profundo y antiguo, donde las mezquitas se alzan hacia un cielo turquesa que sentencia: tú morirás, ellos morirán, sólo el Altísimo no morirá. La serpiente baila desnuda sobre el niño mago, y todo es rojo como el tapete tejido con rezos sobre el que caen monedas lanzadas por soldados y niños absortos en la belleza terrible del caos sometido al orden del baile. Ahí Isaac comprende lo inevitable: está esclavizado frente a la imagen, frente a lo sutil enredado en lo descomunal, lo humano rendido ante la belleza de un joven dios danzante.

Palabras, olores, sabores, imágenes. Tuve un amante, dice Isaac, su boca, los pies, un beso, firmeza, desnudez y el explotar blanco que todavía hace cosquillas. ¿Quién soy? Farías, Isaac Ángel, cantor, esclavo mulato castrado en Damasco, seminarista novohispano frente al eclipse piramidal en México Tenochtitlan. Soy Sor Juana despierta, mirando lo que Octavio Paz jamás podrá comprender, porque Sor Juana no fue Mallarmé ni símbolo vacío sino la Virgen misma de la Tribulación encarnada, anti-Virgen para imbéciles, única verdadera Madre para nosotros. Sor Juana despierta y Isaac soñando en el mismo instante, unidos en el misterio del canto que pone orden al caos, palabras una tras otra que describen lo invisible, lo imposible.

Isaac canta en la catedral, nota aguda suspendida para siempre en el aire de piedra antigua. Ha muerto el cantante, dice una voz desde arriba, desde detrás de la nube, desde detrás de la lengua, desde detrás del “¿para qué?”. Y en ese instante vuelve a sonar la flauta del viejo zampoñero en la plaza del minarete, donde la serpiente besa el cuerpo del niño mago y la piel se confunde en un abrazo cósmico que redime el caos del tiempo. ¿Cómo llegué aquí? Roma, San Ejidio, campanas que anuncian tarde y muerte, cansancio y vino. Perdono a Europa, dice Isaac mirando a la Virgen de los peregrinos, imposible no perdonar, todo está bien.

Pero la herida se abre de nuevo, Isaac lo sabe, morirá, quiere morir libre. Amado mío, necesito pedirte que me devuelvas la libertad. Porque había que ir atrás, al desierto de arena y memoria, al geógrafo perdido, al niño corriendo por callejones damascenos, castrado y sangrando, al cantor esclavo en México Tenochtitlan, al joven sacerdote que viajó a Roma buscando olvidar el horror del mundo que lo estaba matando. Camino opuesto al de Cortés, camino de exilio, de cicatrices, de canto sagrado y serpientes que giran en círculos eternos.

He sufrido, padre, Isaac escribe años después, dolía tanto como el rey pescador herido en el sexo, incapaz de oficiar la Santa Misa sin sentir que quema. No sabía entonces que el dolor es cómo Dios se comunica con nosotros. Porque si no es dolor, ¿qué sería? ¿Belleza? ¿Razón? ¿Indiferencia? ¿Alegría, felicidad? Isaac lo sabe ahora: sólo el dolor revela, sólo la tribulación redime, sólo el canto verdadero trasciende.

Soy capitán de la barbaría, vengo de la frontera, Isaac canta, apropiándose del imperio decadente que cae lentamente, Estados Unidos o Roma, igual da. Somos bárbaros, Sor Juana, Gorostiza, Isaac, Farid y el niño Chimalpopoca, Martín el loco y César el vagabundo, peregrinos eternos que llevan la voz profunda de la tierra más allá de mapas y fronteras. ¿Cómo llegué aquí? Palabras flotan bajo lámparas, papeles sueltos, sabor a cigarro, botellas de vino demasiado cortas para noches demasiado largas. Dios, pensó Isaac, tiene visión de cosechador. Sabe cuándo arrancar la vid, cuándo cortar la vida.

Isaac se mira en el espejo pulido de bronce. ¿Quién soy? ¿Farías? ¿Isaac Ángel? ¿Sor Juana frente al eclipse piramidal en 1685? Soy todos ellos y ninguno. Porque la única cicatriz verdadera es saber que todos vamos a morir. Todas las otras heridas, incluso la castración, son arañazos frente a la verdad última: amado mío, también tú vas a morir. Todos vamos a morir.

¿Cómo llegué aquí? Isaac canta, pero la voz se quiebra. Moriré libre, dice. Y en ese instante, Pentecostés, desciende el Espíritu, lengua de fuego sobre cabezas de apóstoles y discípulos reunidos con María, proclamando maravillas divinas en todas las lenguas del mundo. Y entonces todo cobra sentido, palabras una tras otra. Orden donde había caos, libertad donde hubo esclavitud.

Ha muerto el cantante, Isaac lo sabe, pero su voz queda vibrando eternamente en la vieja catedral, entre campanas de monasterios romanos y mezquitas damascenas, entre pirámides derruidas y eclipses que revelan verdades demasiado grandes para poetas pequeños. Sor Juana lo entendió, Isaac lo canta: tribulación es redención, Virgen verdadera que Paz jamás comprendió, Madre antigua, Tonantzin Guadalupe, patrona del aguasal, Candelaria peligrosa, líbranos de todo mal. Palabras, imágenes, canto eterno que responde finalmente al “¿para qué?” más profundo: porque sí, porque todos vamos a morir, porque cantar es vivir aunque duela, y el encantador de serpientes siempre volverá a bailar desnudo frente a niños y soldados, bajo el cielo turquesa donde está escrito, tú morirás, ellos morirán, sólo el Altísimo no morirá.

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