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2006
Angelorum Natura — Libro XIII: El síntoma como música
La lluvia había comenzado antes del atardecer en San Miguel.
No era una lluvia fuerte, sino una especie de respiración del cielo, una llovizna que parecía venir de muy lejos, como si hubiera atravesado siglos antes de tocar las tejas rojas de la ciudad.
Isaac estaba sentado en el estudio.
Frente a él, el cuaderno azul.
En la mesa, una taza de café frío.
Y detrás, de pie junto a la ventana, Ivan Walsh observaba el jardín oscuro.
Durante varios minutos ninguno habló.
Sólo se escuchaba la lluvia.
Y a lo lejos, una música muy tenue que venía de alguna casa vecina.
Mahler.
Isaac levantó la vista.
—Mauricio —dijo.
Walsh no respondió.
Seguía mirando el jardín.
—Mauricio —repitió Isaac—, ¿sabes qué es lo que Freud nunca entendió?
Walsh se giró lentamente.
—Freud entendió demasiadas cosas —dijo—. El problema es que nosotros no entendemos lo que él entendió.
Isaac sonrió con cansancio.
—No —dijo—. Freud entendió el síntoma. Pero no entendió la música.
Walsh se sentó frente a él.
Tomó el cuaderno azul.
Lo abrió.
—Proust sí —dijo—.
Isaac asintió.
—Proust entendió que el Yo no recuerda —dijo—. El Yo resuena.
Walsh levantó la vista.
—Exacto —dijo—. La memoria no es archivo.
Es partitura.
I. La topología del deseo
Isaac comenzó a escribir.
Despacio.
Como si cada palabra tuviera que atravesar una resistencia invisible antes de aparecer en la página.
El síntoma no es una enfermedad.
Es una música que el alma inventa cuando no puede soportar el silencio.
Walsh lo observaba.
Sabía que Isaac no estaba escribiendo teoría.
Estaba escribiendo sobrevivencia.
—El problema del psicoanálisis —dijo Walsh— es que todo el mundo cree que trata sobre sexo.
Isaac levantó la mirada.
—No —dijo—.
Pausa.
—El psicoanálisis trata sobre tiempo.
Walsh sonrió.
—Explícate.
Isaac cerró el cuaderno.
Se levantó.
Caminó hacia la ventana.
—El trauma —dijo— es tiempo congelado.
Walsh lo miraba con atención.
—El síntoma —continuó Isaac— es el intento de poner ese tiempo a circular otra vez.
Walsh asintió.
—Eso es exactamente lo que hace la música.
II. Mahler
La lluvia seguía cayendo.
La música de Mahler se escuchaba ahora más claramente.
Alguien en la casa vecina había subido el volumen.
Isaac cerró los ojos.
—¿Sabes por qué Mahler duele tanto? —preguntó.
Walsh respondió sin pensar.
—Porque no promete felicidad.
Isaac asintió.
—Mahler promete dignidad.
Pausa.
—La dignidad de haber deseado.
Walsh se recargó en la silla.
—Eso es el síntoma.
Isaac volvió a sentarse.
Abrió el cuaderno otra vez.
Escribió:
Cuando llego a la cima de Mahler no encuentro placer.
Encuentro la dignidad de haber deseado sin morir de ello.
Walsh leyó.
—Eso es teología —dijo.
Isaac negó con la cabeza.
—No —respondió—.
Pausa.
—Eso es clínica.
III. El niño
La lluvia había cesado.
Ahora se escuchaba el goteo lento de los árboles.
Isaac volvió a hablar.
Pero esta vez su voz era más baja.
—El niño no desea —dijo.
Walsh lo miró.
—¿No?
Isaac negó con la cabeza.
—El niño quiere una cosa muy simple.
Pausa.
—Que alguien quiera que viva.
Walsh cerró el cuaderno.
Ahora entendía.
—Si nadie lo desea —dijo— el sujeto no aparece.
Isaac asintió.
—Exacto.
Se hizo silencio.
Luego Isaac dijo:
—Por eso escribo.
Walsh lo miró.
—¿Para que alguien te desee?
Isaac sonrió.
—No.
Pausa.
—Para que el niño que fui no desaparezca del todo.
IV. Ivan Walsh
Walsh se levantó.
Caminó hacia la mesa donde estaban los pinceles.
Tomó uno.
Lo giró entre los dedos.
—Freud pensaba que el síntoma debía desaparecer —dijo.
Isaac negó con la cabeza.
—Freud sabía que eso no era cierto.
Walsh levantó una ceja.
—¿Entonces?
Isaac respondió:
—El síntoma no desaparece.
Pausa.
—Se transforma en obra.
Walsh dejó el pincel.
—Eso —dijo— explica Angelorum Natura.
Isaac asintió.
—Exactamente.
V. Epílogo
Más tarde esa noche, Isaac escribió en el cuaderno:
No escribo para curarme.
Escribo para que el deseo no muera del todo.
Porque el deseo no se realiza.
El deseo se resucita.
Cuando terminó de escribir, cerró el cuaderno.
La casa estaba en silencio.
En la ventana todavía quedaban gotas de lluvia.
Y por un momento, muy breve, Isaac tuvo la impresión de que alguien —tal vez el niño que había sido— seguía ahí, esperando.
No pedía explicación.
Sólo pedía no ser olvidado.
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2006
El segundo movimiento del cuaderno púrpura
Ivan Walsh fue el primero en darse cuenta.
Durante semanas había estado ordenando las notas de Isaac como si fueran los fragmentos de una pintura destruida. No era un archivo, ni siquiera un manuscrito: era un mapa de resonancias.
Tres historias se repetían.
No de forma idéntica, sino como las variaciones de un tema musical.
Una ocurría en Nueva York. Otra en Cuba. La tercera en San Miguel de Allende.
Ivan levantó la vista del cuaderno púrpura y dijo en voz baja:
—Ya empezó.
Isaac, que estaba sentado en el suelo leyendo a Freud como quien hojea un misal viejo, levantó la cabeza.
—¿Qué empezó?
Ivan cerró el cuaderno.
—El segundo movimiento.
I. Nueva York — Cuatro Karpas
En el Hospital Beth Israel, Isaac caminaba por los pasillos del ala de cuidados paliativos.
Era de noche.
Los hospitales de noche tienen una acústica particular: cada paso parece más largo de lo que realmente es, cada respiración resuena como si perteneciera a otra persona.
Isaac llevaba en la mano el pequeño cuaderno donde escribía después de cada visita.
Lo había aprendido del rabino.
“Si no escribes lo que has visto en la habitación de los moribundos, el mundo lo olvidará demasiado rápido.”
Esa noche no escribió inmediatamente.
Se sentó.
Cerró los ojos.
Pensó en el rostro de Mr. J.
Pensó en la forma en que el hombre había buscado con la mano a su esposa incluso cuando ya no podía hablar.
Y pensó algo que no se atrevía a decir en voz alta:
nadie muere solo.
Siempre hay alguien más en la habitación.
Un recuerdo. Una culpa. Una promesa incumplida.
O Dios.
II. Cuba — La llegada
Esa misma semana, muy lejos de Nueva York, un avión descendía hacia el aeropuerto José Martí.
En la ventanilla, Alexandru Félix Guzmán observaba el mar.
Nunca había visto un mar así.
El Caribe parecía demasiado tranquilo para un hombre que había aprendido a vivir entre disparos.
A su lado, Saúl dormía con la cabeza contra el vidrio.
Saúl no soñaba.
O mejor dicho: soñaba demasiado.
Las voces que escuchaba desde niño parecían haberse calmado en el avión.
Tal vez porque el ruido de los motores las cubría.
Tal vez porque el destino era nuevo.
Alexandru pensó en Farid.
En la casa del jefe.
En el rifle italiano.
En las cacerías.
Y en algo que nunca decía en voz alta:
él no era un sicario.
Era un cazador.
Saúl despertó.
Miró el mar.
—¿Es aquí? —preguntó.
Alexandru asintió.
—Aquí empieza todo.
Saúl sonrió.
—Entonces está bien.
III. San Miguel — El estudio
La lluvia había terminado.
En el estudio de Ivan Walsh, el olor a óleo y café frío se mezclaba con la humedad que entraba por la ventana.
Ivan estaba de pie frente a un lienzo nuevo.
En el centro del cuadro había comenzado a pintar algo que Isaac reconoció inmediatamente.
Un árbol.
No era cualquier árbol.
Era el árbol que aparecía una y otra vez en los sueños de Isaac.
El árbol bajo el cual había comenzado el Reino Cimarrón.
—¿Por qué pintas eso? —preguntó Isaac.
Ivan siguió trabajando.
—Porque las historias necesitan un eje.
Isaac se levantó.
Se acercó al cuadro.
—¿Cuál es el eje?
Ivan respondió sin girarse:
—Dos cosas.
Hizo una pausa.
—La Virgen de la Tribulación.
Otra pausa.
—Y el cuaderno púrpura.
Isaac miró el cuadro.
Por primera vez entendió algo que lo había acompañado desde niño.
Las historias no avanzaban.
Se repetían.
Como en la música.
Como en Mahler.
Como en los sueños.
IV. El descubrimiento
Ivan volvió a la mesa.
Abrió el cuaderno púrpura.
—Mira esto —dijo.
Señaló tres páginas distintas.
En una aparecía Isaac en Nueva York.
En otra Alexandru en Cuba.
En otra Isaac en San Miguel.
Ivan habló despacio.
—Son el mismo personaje.
Isaac frunció el ceño.
—No.
Ivan negó con la cabeza.
—Sí.
Pausa.
—Tres vidas de la misma herida.
Isaac sintió un escalofrío.
—¿Cuál herida?
Ivan respondió:
—La del niño que sobrevivió.
V. Ivan Walsh
Ivan cerró el cuaderno.
Lo colocó en el centro de la mesa.
—Esto ya no es una novela.
Isaac lo miró.
—¿Entonces qué es?
Ivan sonrió.
—Es un dispositivo.
Pausa.
—Un archivo fractal.
Isaac volvió a sentarse en el suelo.
Pensó en Freud.
Pensó en Proust.
Pensó en Mahler.
Luego dijo algo que Ivan ya sabía.
—Entonces tú eres el que ordena todo.
Ivan levantó una ceja.
—Exacto.
Isaac suspiró.
—¿Y yo qué soy?
Ivan respondió sin dudar:
—La herida.
Epílogo del capítulo
Esa noche, antes de dormir, Ivan Walsh escribió una nota en el margen del cuaderno púrpura:
“Las historias verdaderas no tienen centro.
Tienen gravedad.
Y todo en este libro gira alrededor de dos fuerzas:
la Virgen de la Tribulación
y el niño que sobrevivió.”
54
El Minotauro y el diván
La lluvia seguía cayendo sobre San Miguel de Allende.
No era una lluvia violenta, sino una de esas lluvias finas que parecen escribir sobre los tejados. Isaac decía que la lluvia tenía sintaxis, y que si uno escuchaba con suficiente paciencia podía entender lo que estaba diciendo.
Ivan Walsh estaba solo en el estudio.
Había colocado sobre la mesa tres cosas:
— el cuaderno púrpura
— una reproducción del laberinto de Creta
— un viejo ejemplar de El malestar en la cultura
Encendió una lámpara.
La luz cayó sobre el cuaderno como si fuera un objeto arqueológico.
—Aquí está —dijo en voz baja.
El Minotauro.
I. El laberinto tenía nombre
Ivan escribió en el margen del cuaderno:
“El Minotauro no nació en Grecia.
Nació en los congresos.”
Freud nunca había querido un Minotauro.
Freud quería algo mucho más modesto.
Quería escuchar.
Escuchar a una mujer histérica. Escuchar a un niño que temía a los caballos. Escuchar a un hombre que soñaba con lobos.
Pero después llegaron los arquitectos del laberinto.
Quisieron ordenar el deseo.
Quisieron clasificarlo.
Quisieron explicarlo.
Y lo que Freud había dejado como misterio se volvió doctrina.
Ivan levantó la mirada.
—El psicoanálisis murió cuando comenzaron a defenderlo —dijo.
Isaac, sentado cerca de la ventana, respondió:
—Entonces murió muy pronto.
Ivan sonrió.
—Sí.
II. El monstruo
Ivan tomó una hoja nueva y dibujó un cuerpo humano.
Luego le puso una cabeza de toro.
—Freud —dijo señalando el cuerpo.
—Marx —dijo señalando la cabeza.
Isaac observó el dibujo.
—Eso no puede vivir.
Ivan respondió:
—Exacto.
Pero durante décadas intentaron hacerlo vivir.
En México especialmente.
Donde la revolución necesitaba médicos del alma.
Y los médicos del alma necesitaban una ideología.
Entonces el síntoma dejó de ser un enigma.
Se volvió un error.
Algo que debía corregirse.
Como si el inconsciente fuera una fábrica.
Ivan escribió otra frase en el margen:
“Cuando el síntoma deja de ser escuchado, aparece el Minotauro.”
III. México
Ivan caminó hasta la ventana.
La lluvia había hecho desaparecer la plaza.
San Miguel parecía una ciudad flotante.
—Aquí pasó algo extraño —dijo.
Isaac sabía a qué se refería.
Durante décadas el psicoanálisis mexicano había hablado con un solo idioma.
Un idioma de revolución.
De lucha.
De estructuras sociales.
Y sin embargo el inconsciente seguía hablando en otro.
El idioma del sueño.
Ivan volvió a la mesa.
—¿Sabes qué es lo más terrible del Minotauro?
Isaac negó con la cabeza.
Ivan respondió:
—Que no sueña.
IV. Isaac
Ivan abrió otra página del cuaderno.
En ella estaba el primer dibujo de Isaac niño.
Un niño con pijama de ositos.
Debajo había una frase.
“El síntoma es una forma de no morir.”
Ivan miró el dibujo.
—Aquí empezó todo.
Isaac se acercó.
—Eso lo escribí hace muchos años.
—Lo sé.
Pausa.
—Y sigue siendo verdad.
Ivan cerró el cuaderno.
—Freud nunca quiso curar el síntoma.
Isaac levantó la vista.
—¿Entonces qué quería?
Ivan respondió:
—Que el sujeto lo escuche.
V. El sueño del Minotauro
Esa noche Isaac soñó.
Soñó que caminaba dentro de un laberinto.
No era de piedra.
Era de libros.
Cada pasillo estaba hecho de páginas.
Freud.
Marx.
Lacan.
Fromm.
Rascovsky.
Garma.
Todos los nombres formaban paredes.
Al final del laberinto había una criatura.
No era monstruosa.
Parecía cansada.
El Minotauro estaba acostado sobre un diván.
Cuando Isaac se acercó, el animal habló.
—¿Vienes a matarme?
Isaac negó.
—Vengo a escucharte.
El Minotauro cerró los ojos.
—Entonces ya no soy un monstruo.
VI. Tres pizzicatos
Al día siguiente Ivan encontró a Isaac escribiendo.
Le preguntó qué estaba haciendo.
Isaac respondió:
—Desarmando el laberinto.
Ivan tomó el cuaderno.
Leyó las tres palabras escritas en la última página:
No. No. No.
Ivan sonrió.
—Eso es Freud.
Isaac preguntó:
—¿Por qué?
Ivan respondió:
—Porque la primera forma del deseo es negarse a ser explicado.
Epílogo del capítulo
Ivan Walsh escribió al final de la página:
“El Minotauro no muere cuando lo matan.
Muere cuando alguien decide escuchar en lugar de interpretar.”
Cerró el cuaderno púrpura.
La lluvia había terminado.
En la plaza de San Miguel las luces comenzaban a encenderse.